Una familia de cien personas construye un edificio de quince plantas para vivir todos juntos

Más de cien miembros del clan Zhou, de la provincia de Fujian, comparten un edificio de 22 apartamentos que levantaron con sus propios ahorros

En la aldea de Zhuyuan, en la provincia china de Fujian, hay un edificio que no encaja. Quince plantas de altura, dos sótanos de aparcamiento y 22 apartamentos que se alzan por encima de los tejados bajos del pueblo y los campos que lo rodean. No es un bloque de promoción pública ni una inversión inmobiliaria.

Es la casa común de cuatro generaciones de la familia Zhou: más de cien personas que decidieron juntar sus ahorros, sus derechos de suelo y sus ganas de no separarse para levantar, hace casi diez años, su propio rascacielos familiar.

La historia se ha hecho viral en las últimas semanas a través del portal AsiaOne y de medios locales chinos. Y no es difícil entender por qué.

Veinte familias, un solo edificio

Todo empezó con un problema de espacio. Las unas veinte familias del clan Zhou que viven en el área de Quanzhou querían construir casas nuevas e independientes para sustituir las antiguas. Pero el terreno disponible no daba para tanto. Fue entonces cuando uno de los mayores de la familia, hoy de setenta años, propuso una solución distinta. "Solicitamos al ayuntamiento unos cientos de metros cuadrados de terreno para construir un edificio compartido", explicaba en declaraciones recogidas por medios locales.

La idea prosperó. Las familias demolieron sus casas antiguas, pusieron en común dinero y derechos de suelo y levantaron lo que hoy conocen en la zona como el "gran edificio dorado". La planta baja se destina a usos comunes y almacén de alimentos. Las dos plantas subterráneas son aparcamiento. Y las plantas superiores albergan 22 apartamentos de unos 200 metros cuadrados cada uno, con dos viviendas por planta.

En el día a día viven allí entre veinte y treinta personas, sobre todo mayores y niños. La mayoría de los jóvenes trabaja en otras ciudades y vuelve en vacaciones. En esas fechas, el edificio se llena de maletas, pasillos con olor a comida casera y reuniones en cada puerta. El anciano lo resume con una imagen que ha dado la vuelta a las redes: para sus nietos, ese bloque es su "castillo de la infancia". No solo hormigón y ladrillo. Memoria familiar condensada en vertical.

Un edificio que ya no se podría construir igual

El "gran edificio dorado" se levantó en un momento en que las normas locales todavía permitían ese tipo de altura en vivienda rural. Hoy ya no sería posible. Un responsable de la oficina de tierras de la zona reconoce que actualmente no se aprueban construcciones tan altas en ese entorno, aunque el inmueble se considera legal porque obtuvo su permiso en su día. Es, en cierto modo, el último de su especie en ese paisaje.

Detrás de la viralidad hay, también, una pregunta de fondo que no es menor: ¿cómo encaja un rascacielos familiar de quince plantas en el debate sobre vivienda sostenible, consumo de suelo y emisiones de carbono?

Menos suelo, más hormigón: el dilema ambiental

En teoría, concentrar a cien personas en un solo bloque tiene ventajas ambientales claras respecto a levantar veinte casas dispersas por el campo. Menos suelo urbanizado significa más tierra agrícola conservada, menos infraestructura viaria y menos desplazamientos en coche para las visitas familiares.

La Agencia Internacional de la Energía advierte de que el sector de la edificación genera más de un tercio de las emisiones globales de CO2, contando tanto el uso de los edificios como los materiales empleados para construirlos. El diseño de las viviendas que se levantan hoy condicionará esas emisiones durante décadas.

Ahora bien, un edificio de quince plantas exige grandes cantidades de cemento y acero, dos materiales con huella de carbono elevada. Solo la industria del cemento representa entre el 7 y el 8% de las emisiones globales de CO2. Y en un pueblo de casas bajas, una estructura tan alta plantea además problemas de integración paisajística, sombra sobre las viviendas colindantes y nuevas necesidades de infraestructura, desde el suministro eléctrico para los ascensores hasta el mantenimiento de las zonas comunes.

Hay otro matiz. El edificio está sobredimensionado para su ocupación habitual. Si solo viven allí unas treinta personas la mayor parte del año, el consumo energético por cabeza puede dispararse si los sistemas de calefacción, refrigeración y ascensores no se ajustan bien a esa ocupación real.

Un experimento que se parece al cohousing

Este rascacielos rural tiene algo en común con los modelos de cohousing y vivienda multigeneracional que se estudian en Europa y América del Norte. En esas fórmulas, cada hogar mantiene su espacio privado pero comparte cocina comunitaria, lavandería, zonas de ocio y, en algunos casos, vehículos.

Un estudio del Cohousing Research Network indica que estas comunidades consumen de media un 30% menos de energía por persona que la vivienda convencional, en parte porque se reducen los electrodomésticos duplicados y se optimiza la climatización.

En el edificio de los Zhou no hay datos públicos sobre consumos energéticos, pero sí hay pistas de organización. Los gastos de mantenimiento de las zonas comunes y del ascensor se reparten de forma privada entre los familiares, sin administrador externo. Compartir aparcamiento, ascensor y servicios reduce costes y puede reducir también emisiones, especialmente si se compara con varias casas dispersas, cada una con su propio tejado, su caldera y su coche en la puerta.

Lo que hace singular este caso no es solo la escala. Es que una familia lo decidió sola, sin promotora, sin arquitecto estrella y sin subvención. Juntaron el dinero, pidieron el permiso y construyeron. El resultado es un edificio que, según cómo se mire, es una rareza pintoresca o un modelo de organización familiar que dice algo relevante sobre cómo queremos vivir.

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