Media España habla de esta mujer de Zaragoza por First Dates: Reyes (65) y masajista jubilada
La noche temática de First Dates dedicada a las fiestas de pijamas dejó este jueves un nombre propio con sello aragonés: Reyes, 65 años, masajista jubilada, vecina de Alloza (Teruel) y con cuatro décadas vividas en Zaragoza. Apareció en el restaurante de Cuatro con un look llamativo, mucho desparpajo y una idea clara: “En mi vida me dedico a disfrutar”.
Una “mañica” sin filtros
Desde que cruzó la puerta, Reyes dejó claro que de vergüenza, poca. Se presentó ante Carlos Sobera con naturalidad y sentido del humor: recordó que hace “muchas fiestas de pijama” con sus nietos y que el color de pelo que llevaba no es el habitual: “Normalmente lo llevo azul, pero tenía que venir conjuntada”.
Jubilada y masajista de profesión, explicó al presentador que su etapa vital pasa por exprimir el tiempo: “He tenido suerte en el amor. He estado casada 40 años y llevo cinco sola. No he conocido a nadie porque tengo una vida muy ocupada”.
Tras separarse, dejó la ciudad para instalarse en un pequeño pueblo de 600 habitantes, en la casa de sus abuelos, de cinco plantas, en pleno Teruel frío. Su hija fue quien la animó a apuntarse al programa “para que disfrute”. Y Reyes, desde luego, estaba dispuesta: buscaba un hombre “divertido y atrevido con cualquier cosa”.
Mario, el “asalvajado” de la sierra
La cita de Reyes fue Mario, maquinista jubilado de 67 años, procedente de Sax (Alicante). Se definió como un hombre de campo, amante de la naturaleza y de la vida sencilla: “Vivo en la sierra, asalvajado, en medio del campo. Mi forma de vida no le gusta a todo el mundo, sin lujos”.
Nada más verse, el flechazo, sin ser de película, fue evidente. “De primera impresión, no está nada mal”, reconoció Reyes. “Se ve muy bien, con muchos colores”, comentó él, aludiendo al estilo vistoso de la aragonesa.
Durante la cena, Reyes dejó claro su origen: “Soy de Zaragoza, mañica de pura cepa”, aunque ahora viva en Teruel. Bromeó con el clima: “Hace mucho frío. Si vienes a mi casa, tendrás que dormir en la misma habitación que yo, por el calor humano”.
Mario contó su plan de futuro: comprarse una caravana y viajar todo lo que no ha viajado hasta ahora. Lejos de asustarla, la idea entusiasmó a Reyes: “No necesito grandes cosas. Una caravana te da la oportunidad de moverte”.
La conexión fue creciendo a medida que avanzaba la conversación. “Somos afines, eh”, apuntó ella. “Reyes es un huracán”, admitió él, sorprendido y divertido por la energía de su cita.
Un masaje en el restaurante… y promesa de “séptimo cielo”
Reyes ya había avisado a Sobera al llegar: “Soy masajista y se lo voy a ofrecer a mi cita”. Y cumplió. Después de la cena, le dio a Mario un masaje de espalda allí mismo.
“Yo te descargo la espalda y luego pasamos a la parte de delante”, le dijo con picardía. Mario salió encantado: “Muy bien, se nota que es masajista y bastante experimentada”. Con ese clima, el desenlace casi estaba escrito. En la decisión final, Mario se mostró claro: “Yo con Reyes creo que tendría una segunda cita. Te voy a llevar al séptimo cielo. Te voy a dejar como nueva”.
Reyes, fiel a su estilo directo, no se anduvo con rodeos: “La cosa ha fluido muy bien. ¿Y si lo intentamos?”.
La respuesta fue un sí compartido… y un beso para sellar el acuerdo. En una noche de fiesta de pijamas televisiva, la protagonista fue una mañica que, a los 65 años, demostró que el amor —o al menos las ganas de vivirlo— no entiende de edades ni de códigos postales.





