Opinión | De espaldas al mundo

Inteligencia artificial
Inteligencia artificial
Cómo la perspectiva nos obliga a actuar

Vivimos tiempos convulsos, con cambios que se despliegan a velocidades de vértigo y nos arrastran casi sin darnos cuenta. Seguimos de cerca lo que pasa al otro lado del charco, en ese nuevo escenario que sacudió las reglas con la llegada de Trump, y nuestra primera tentación a menudo es juzgarlo, criticarlo o escandalizarnos. Sin embargo, lo que este entorno macro—Estados Unidos, Europa y el mundo— nos está gritando, con o sin aspavientos, es que debemos ponernos las pilas.

Porque nuestro bolsillo lo nota: la inflación sigue devorando nuestros ahorros, la devaluación del euro frente al dólar y hay una inestabilidad global que no deja de crecer. Está claro que no podemos esperar a que otros, sean los de siempre o los de turno, nos arreglen la papeleta con más impuestos o con debates estériles en los pasillos burocráticos. Cada vez que encendemos la televisión, parece que los representantes públicos están más enfrascados en su pelea de “y tú más” que en darnos soluciones reales.

Pero, ¿y nosotros? ¿Las empresas y la gente de a pie? ¿Podemos quedarnos con los brazos cruzados, esperando la enésima promesa electoral? No. Y mil veces no. Porque la magia, la de verdad, está en la acción, en pasar del discurso a la práctica. Si algo nos enseña la historia es que solo a través de la determinación y el trabajo constante se forjan las transformaciones de calado.

¿Y por dónde empezamos? Por la productividad. Por mejorar lo que hacemos, no por reducirlo ni por repartirlo en rebanadas más finas. Porque si trasladamos la idea de que trabajaremos menos horas y seremos igual de felices —o incluso más—, nos estamos contando un cuento que, a la larga, pasa factura. Repartir horas sin sentido no genera riqueza ni prosperidad; solo parchea el problema y nos hace creer que hemos avanzado cuando en realidad estamos quietos.

La clave, como siempre, comienza mirándonos el ombligo, sin tapujos. Se trata de analizar nuestros procesos, de aplicar la lógica de Pareto y cambiar ese 20% de tareas que generan el 80% de impacto en el negocio. Y sí, eso implica priorizar de verdad, desterrar la frase “siempre se ha hecho así” y apostar por la mejora continua.

Aquí entra en escena la tecnología y, más concretamente, la inteligencia artificial. Todos hablando de si Deepseek o Chat GPT, nadie de poner en marcha casos de uso que vayan más allá de textos insulsos o imágenes chorras.

Porque el potencial es enorme, desde sistemas de automatización que liberan al equipo de tareas repetitivas hasta soluciones que procesan montañas de datos en segundos para tomar decisiones basadas en evidencias, no en corazonadas. Ya no hablamos de un futuro lejano: esto es presente. Y claro que se destruirán puestos de trabajo, del mismo modo que sucedió cuando se acabó con la labor de los copistas o con las hileras de personas que cargaban piedras. No es cruel, es evolución. Y oponernos a ella es un billete directo a la irrelevancia.

¿La conclusión? Que el cambio empieza en nosotros, en las empresas y en las personas que comparten la visión de un futuro más próspero, realista y globalizado. No podemos depender de lo que otros (gobiernos, organismos o instituciones) decidan. Podemos exigir, sí, pero sobre todo debemos movernos, emprendiendo, innovando y contribuyendo a un ecosistema productivo fuerte y actualizado.

Porque no se puede vivir de espaldas al mundo. Ignorar lo que sucede fuera de nuestras fronteras o creer que “el Status Quo” es la receta perfecta para el estancamiento. El primer paso es tomar conciencia de dónde estamos; el segundo, actuar con decisión. Solo así, de la mano del conocimiento, la tecnología y el coraje, construiremos un futuro que merezca la pena. Y ese futuro, créeme, no vendrá solo; lo escribimos nosotros, día tras día, con cada una de nuestras acciones.

Comentarios