Es uno de los museos españoles más importantes y el edificio fue idea de un aragonés
El paseo del Prado de Madrid se ha convertido en uno de los grandes ejes artísticos del mundo gracias a la presencia de tres museos de nivel mundial como son el Museo del Prado, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.
La presencia aragonesa en esta zona de Madrid es importante, gracias a la presencia de obras de autores como Francisco de Goya en el Museo del Prado (incluyendo una escultura del pintor aragonés en el exterior de la pinacoteca), o de Antonio Saura en el Reina Sofía.
Pero lo que poca gente sabe es que el Museo Thyssen-Bornemisza está alojado en un edificio que tiene orígenes aragoneses, ya que fue construido por el Duque de Villahermosa.
LOS ORÍGENES ARAGONESES DEL EDIFICIO SEDE DEL MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA
El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza posee una ubicación privilegiada en el centro de Madrid, en la esquina de Paseo del Prado y la Carrera de San Jerónimo. Situado a un paso del Museo del Prado, del palacio de las Cortes, o del Hotel Palace. Hasta el siglo XVI esta zona de Madrid estaba todavía sin urbanizar, pero todo cambió cuando tras el traslado definitivo de la corte a Madrid en 1561, Felipe II ordenó edificar un 'cuarto real' de reposo (posteriormente, sería conocido como palacio del Buen Retiro) junto a la Iglesia de San Jerónimo, mientras también se reformaba el actual Paseo del Prado.
De esa manera, desde comienzos del siglo XVII; los solares colindantes al actual museo comenzaron a ser ocupados por algunas de las familias aristocráticas más importantes. El terreno del Museo pasó por varias manos, hasta que fue adquirido por el aragonés Juan Pablo de Azlor-Aragón, duque de Villahermosa. El palacio se convirtió así en otra de las propiedades de la familia, sumándose a otros palacios como el ya existente en Pedrola.
Aragón-Azlor, descendiente de Juan II de Aragón, formaba parte de una de las grandes familias de la aristocracia aragonesa, y por extensión, española, ya que el emperador Carlos V les concedió la grandeza de primera clase en 1520.
En 1763, Aragón-Azlor había sido nombrado agregado de la embajada de España en París. En la capital francesa frecuentó los salones ilustrados y comenzó a reunir una importante biblioteca y una amplia colección de estampas.
En 1769 el duque de Villahermosa contrajo matrimonio con María Manuela Pignatelli. hija del embajador español en París. El duque aragonés encargó en 1785 las primeras reformas del palacio, y en 1778 Aragón-Azlor fue nombrado embajador español en Turín.
Tras la muerte del duque, sería su esposa, María Manuela Pignatelli quien en 1790 mandó una importante ampliación. Las obras, ejecutadas por Antonio López Aguado, desarrollaron las dimensiones y las fachadas del palacio que conocemos hoy, siguiendo los gustos neoclásicos del momento. A los dos años del comienzo de las obras, la duquesa aragonesa ya pudo estrenar las primeras estancias de su nuevo palacio.
Situado en el Paseo del Prado, principal eje de renovación de la ciudad a finales del siglo XVIII, el palacio de Villahermosa fue testigo de grandes acontecimientos de la historia del siglo XIX. En su portada norte, todavía puede verse el escudo de la familia de Villahermosa con la inscripción en latín: "En este lugar, María Manuela, duquesa de Villahermosa, concertó la perfección del arte y el deleite de la naturaleza"
Lamentablemente, la duquesa no pudo disfrutar del palacio demasiado tiempo. En 1808 estalló la Guerra de la Independencia, y María Manuela de Pignatelli tuvo que huir del palacio de forma repentina y alojarse en una modesta casa residencia de la viuda de un antiguo contador de la casa. El palacio, fue uno de los primeros en ser saqueados por las tropas francesas que ocupaban la capital.
Uno de los hijos de la duquesa falleció en los Sitios de Zaragoza. El segundo hijo, José Antonio, fue apresado y conducido a Nancy durante cinco años. Tras la Guerra, la duquesa volvió al palacio de Villahermosa en 1810. Pero tras la guerra, y con las tragedias familiares que había vivido, solo tuvo fuerzas para adecentar su alcoba, el oratorio y unas pocas habitaciones contiguas, donde residió hasta su muerte.
A su fallecimiento, el heredero, José Antonio de Aragón-Azlor, XIII duque de Villahermosa, volvió a Madrid en 1814, siendo un destacado defensor de Fernando VII. En 1823, el duque de Villahermosa acogió en el palacio de Villahermosa a Luis Antonio de Borbón y Saboya, duque de Angulema, llegado a Madrid junto a los llamados Cien Mil Hijos de San Luis para poner fin al Trienio Liberal y devolver el poder a Fernando VII. Posteriormente, el duque fue nombrado embajador en Portugal y, más tarde, en París.
A su vuelta a Madrid, Aragón-Azlor pidió tasar la propiedad y comenzó a arrendar ciertas zonas del palacio e incluso llegó a vender parte del jardín. De hecho, durante la década de 1840, el palacio de Villahermosa acogió algunos de los más populares bailes de carnaval de la capital.
Además, de la mano del Liceo Literario y Artístico, y como antesala de sus usos museísticos actuales, el palacio vivió una época dorada como centro de la vida cultural de la capital, con conciertos como el que en 1844 ejecutó el pianista y compositor húngaro Franz Liszt. Esa etapa dorada concluyó en 1851, cuando el Liceo no pudo competir más con la programación con otras instituciones como el Teatro Real. Al año siguiente, murió el duque.
Sus sucesores mantuvieron la vida cultural del palacio, aunque a una escala mucho menor. El palacio de Villahermosa siguió siendo propiedad de la familia hasta la Guerra Civil española, aunque durante algún tiempo fue sede del Sindicato Nacional del Combustible. En los años 50, llegó a ser alquilado parte del edificio al Banco Comercial Transatlántico.
En 1971 el conjunto del palacio fue vendido a la Banca López Quesada, que encargó su reforma integral a Fernando Moreno Barberá. Y tras la quiebra de la entidad, el palacio paso a manos de titularidad estatal. Entre sus posibles destinos, se llegó a barajar que fuera sede de la ampliación del Museo del Prado. Finalmente, se ofreció al barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza para que pudiera exponer su colección en Madrid. Una colección que todavía permanece, para alegría de los amantes del arte.





