A cien metros de la catedral de Jaca había un bar que no se parecía a ningún otro. Ya no está
Había un bar en Jaca que olía a vino desde la calle. No de manera desagradable, sino de esa forma en que los lugares que llevan décadas siendo lo mismo acaban impregnar hasta las piedras.
El letrero, en letras rojas sobre la fachada, lo decía sin rodeos: Bar Miguel. Dentro, fotos amarillentas en las paredes, vasos con historia encima y Miguelito detrás de la barra con el trapo en la cintura, como había estado su padre antes que él y como había estado Eusebia, su madre, desde el primer día. Más de 65 años abriendo la misma puerta. Luego un día no volvieron a abrirla.
El Bar Miguel estaba a cien metros de la catedral de San Pedro, primera gran construcción románica de la Península. Esa cercanía no le contagió el turismo. Mientras la ciudad cambiaba de cara con cada temporada de nieve, el bar seguía siendo el mismo: sin carta de vinos, sin música de fondo, sin ninguna concesión a los tiempos.
Eusebia sacaba croquetas, empanadillas y boquerones desde la cocina. Miguelito llenaba los vasos. El vermú era el vermú de siempre, ese que en Jaca llamaban guasillo y que tenía la virtud inexplicable de ponerte alegre antes de que te dieras cuenta.
Hay objetos que resumen un lugar mejor que cualquier descripción. En el Bar Miguel era la barra: una sola pieza, curvada, construida por el mismo artesano que hizo la del bar Equiza de Zaragoza, ese otro que tampoco aguantó. Alguien que supiera de carpintería la habría valorado de inmediato. Alguien que no supiera también, porque había en ella algo que iba más allá del oficio. No se sabe dónde acabó cuando cerraron.
Rockero en otra vida, Miguelito había regentado el local de música más desaforado del Pirineo antes de quedarse definitivamente detrás de esa barra. Conocía Jaca mejor que nadie y lo sabía. Su conversación podía empezar en cualquier punto y llegar a cualquier otro, y la clientela que reunía era de las que no se planifican: vecinos de toda la vida, viajeros que repetían, gente que había entrado por casualidad y ya no encontraba el momento de marcharse. En el comedor del fondo, con reserva previa, Eusebia ponía sopa, fritos y carne de la zona.
Jaca tiene la catedral. Tuvo el Bar Miguel. Las dos cosas no se parecen en nada y sin embargo, quien conoció las dos sabe que una ciudad se mide también por lo que pierde.
