¿Te acuerdas del Texas? El bar del Tubo de Zaragoza que cerró por jubilación y nadie ha reabierto

Fundado en 1946 en la calle Cuatro de Agosto, el Texas fue durante décadas el último reducto del Tubo auténtico, con sus bravas, sus madejas y su decoración inclasificable
El bar Texas por dentro, con sus bravas y fritos nada más entrar al local / HOY ARAGÓN
El bar Texas por dentro, con sus bravas y fritos nada más entrar al local / HOY ARAGÓN

En la calle Cuatro de Agosto, número 13, hay un local cerrado. Las pizarras aún se recuerdan en el imaginario colectivo. Los reclamos pintados sobre el cristal también. Pero el Texas lleva años sin abrir, desde que Juan Lería se jubiló y bajó la persiana por última vez. Nadie ha vuelto a ocupar ese espacio.

El bar que fue fundado en 1946 y que durante décadas se ganó la fama de ser el alma del Tubo zaragozano se ha convertido en uno de esos huecos que las ciudades tardan en cicatrizar, si es que alguna vez lo hacen.

El Texas no era un bar fácil de explicar a quien no lo había pisado. La pulcritud no era su fuerte. Las raciones tampoco eran generosas. Pero había algo allí que los bares nuevos, con sus azulejos de metro y sus ginebras de autor, no han conseguido replicar. Las paredes moradas. Las matrículas americanas. Las pegatinas de divisiones aéreas.

Los cuadros de vaqueros, los cencerros, los azulejos con refranes, el cartel de los granjitos. Una decoración que no respondía a ningún criterio estético reconocible y que, precisamente por eso, era perfectamente coherente consigo misma.

Sus características paredes moradas eran uno de los rasgos más distintivos / HOY ARAGÓN
Sus características paredes moradas eran uno de los rasgos más distintivos / HOY ARAGÓN

Detrás del mostrador-plancha estaba Juan, que empezó a trabajar en el Texas con catorce años y no se marchó hasta jubilarse. Él marcaba las madejas y contaba una a una las patatas que componían la ración de bravas, que eran —y siguen siendo, en la memoria de quien las probó— motivo de peregrinaje.

En la barra principal, entre gritos y golpes de cencerro, atendía su propietario junto a una imponente nevera de madera. La carta no tenía misterio: frituras clásicas. Lechecillas, madejas, croquetas, torreznos, morro, boquerones. No salías saciado, pero salías con algo que no tenías al entrar.

El Texas era también uno de los últimos bares del Tubo que conservaba la vivienda encima, esa tipología urbana que hace treinta años era la norma y hoy es casi una rareza. Un bar con vida propia arriba y abajo, con historia acumulada en cada grieta de las paredes moradas.

Hoy el local está vacío. Las pizarras ya no anuncian tapas que ya nadie sirve. Y el Tubo sigue siendo el Tubo, pero con un hueco en la esquina de la calle Cuatro de Agosto que todavía no ha encontrado quién lo llene.

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