El día que Pedro III desafió al Papa Martín IV y Francia casi conquista la Corona de Aragón
El 21 de marzo de 1283, el papa Martín IV excomulgó oficialmente al rey Pedro III el Grande de Aragón, privándolo de todos sus derechos como monarca y permitiendo a sus súbditos desobedecerle sin incurrir en pecado. Una decisión de enormes implicaciones en la Europa medieval, donde el poder del papado aún era incuestionable y la excomunión equivalía a la muerte civil y espiritual.
Pero, ¿cómo se llegó a una situación tan extrema? La respuesta nos lleva al complejo tablero geopolítico del Mediterráneo del siglo XIII, donde convergían los intereses de la Corona de Aragón, el papado, el Imperio bizantino y el incipiente poder francés en Italia.
Sicilia, el eje del conflicto
Hijo de Jaime I el Conquistador, Pedro III heredó una corona ya sin grandes posibilidades de expansión peninsular: las Baleares y Valencia ya formaban parte de Aragón, mientras que Murcia estaba controlada por Castilla. La única vía de crecimiento para su reino era entonces el Mediterráneo, clave comercial y político del momento.
Allí se encontraba Sicilia, gobernada hasta hacía poco por Manfredo I, de la dinastía Hohenstaufen, cuya hija, Constanza, estaba casada con el propio Pedro III. El papado, enfrentado históricamente a los Hohenstaufen, había apoyado a Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia, para que tomara el control de Sicilia, cosa que consiguió tras matar a Manfredo y proclamarse rey.
Sin embargo, Pedro III no renunció a sus aspiraciones. Con apoyo del Imperio bizantino y exiliados sicilianos en Cataluña, comenzó a planear su entrada en la isla. El detonante llegó el 30 de marzo de 1282, cuando estalló en Palermo una revuelta popular conocida como las Vísperas Sicilianas, que acabó con la vida de unos 2.000 franceses. Aunque presentada como espontánea, todo apunta a que fue orquestada desde la distancia por el monarca aragonés.
Con Sicilia en rebelión, los isleños reclamaron la ayuda de Pedro III, quien, convenientemente cerca en las costas africanas, desembarcó poco después y fue coronado en Palermo. Su derecho al trono venía avalado por su esposa Constanza, última heredera legítima de Manfredo.
La respuesta del Papa Martín IV y el peso de la excomunión
Roma y Francia no tardaron en reaccionar. El nuevo papa, Martín IV —también francés—, excomulgó a Pedro III y ofreció la Corona de Aragón a los Capetos franceses, provocando incluso una invasión a los territorios aragoneses peninsulares. Sin embargo, las tropas aragonesas lograron rechazar a los invasores, incluyendo al propio Luis IX de Francia, que fue derrotado en el condado de Barcelona poco antes de la muerte de Pedro en 1285.
A pesar de su victoria, Pedro III murió excomulgado, símbolo del pulso que había sostenido contra el papado. Tan relevante fue su enfrentamiento que Dante Alighieri lo incluyó en La Divina Comedia, esperando junto a su enemigo Carlos de Anjou a las puertas del purgatorio.
Aunque no pudo ver consolidado su dominio, la Corona de Aragón logró mantener Sicilia, que durante generaciones estaría gobernada por una rama de la dinastía aragonesa. Fue el inicio de la proyección mediterránea del reino, preludio de su posterior expansión por Cerdeña, Nápoles y más tarde el Reino de Sicilia unificado, ya en el siglo XV.
La historia de Pedro III refleja la ambición de la Corona de Aragón y también la tensión entre los poderes temporales y espirituales en una Europa marcada por el peso de la Iglesia. Su excomunión, lejos de acabar con su poder, reforzó su imagen de rey audaz y decidido, dispuesto a desafiar incluso al papa por la hegemonía mediterránea.



