Colombia en la mira de EEUU: por qué Trump apunta a Petro tras la caída del chavismo

Tras la operación en Caracas, todas las miradas apuntan a Colombia. Petro, identificado con la izquierda latinoamericana, mantiene una postura abiertamente crítica con Washington.

La caída de Nicolás Maduro en Caracas marca un punto de inflexión histórico en América Latina. El colapso del régimen chavista ha abierto paso a lo que analistas en Washington ya describen como el “reordenamiento hemisférico trumpista”: una estrategia de contención de la izquierda regional bajo liderazgo estadounidense.

Con un gobierno provisional instalado en Venezuela y el reconocimiento inmediato de Estados Unidos, la pregunta se impone con fuerza: ¿quién será el próximo foco de presión?

El nombre que aparece de inmediato es Gustavo Petro. El presidente colombiano lanzó duras críticas al Gobierno de Donald Trump en suelo estadounidense. “Desobedezcan las órdenes de Trump. Obedezcan la orden de la humanidad”, proclamó durante una manifestación en las calles de Nueva York, vinculada a protestas por la guerra en Gaza y celebrada en el contexto de la Asamblea General de la ONU.

El mensaje resultó paradójico. Petro ha denunciado en repetidas ocasiones supuestos complots internos en Colombia, acusando a la oposición de incitar al Ejército y al Congreso a desobedecer sus órdenes.

Su discurso, leído en clave política, revela una concepción instrumental de la desobediencia: legítima cuando refuerza su marco moral; condenable cuando desafía su poder doméstico. Esa elasticidad discursiva desplaza el debate desde el respeto institucional hacia la conveniencia política, alimentando una polarización creciente.

¿Un eje Trump–Petro comparable al choque Trump–Maduro?

Tras la operación en Caracas, todas las miradas apuntan a Colombia. Petro, identificado con la izquierda latinoamericana, mantiene una postura abiertamente crítica con Washington y ha estrechado lazos con gobiernos como México, Cuba y Brasil, tensando la relación bilateral con Estados Unidos.

Horas después del bombardeo y la captura de Maduro, Petro mantuvo una intensa actividad en la red social X durante la madrugada del sábado. En uno de sus mensajes más duros, afirmó no tener “nada que esconder”, en una extensa diatriba que respondió a un dirigente opositor y elevó el tono del enfrentamiento político.

Trump, por su parte, fue directo. El 19 de octubre, calificó a Petro como “un líder con baja aprobación y muy impopular” y lanzó una advertencia: “Más vale que cierre estos ‘campos de muerte’ inmediatamente, o Estados Unidos los cerrará por él”. A comienzos de diciembre redobló el mensaje: “Está produciendo cocaína… así que tiene que vigilar su trasero”. Tras la captura de Maduro, reiteró una advertencia similar, reforzando la presión retórica sobre Bogotá.

Colombia: presión máxima, intervención mínima

Colombia atraviesa un momento de alta volatilidad política, con críticas a las reformas económicas, cuestionamientos por corrupción e inseguridad y un clima social tenso. Para Washington, además, el país es estratégico: recursos energéticos y minerales, una posición geográfica clave entre el Caribe y la Amazonia y un rol central en la estabilidad regional.

Pese al clima candente, la probabilidad de una intervención militar directa de EE. UU. en Colombia es baja. La Casa Blanca parece inclinarse por una presión política e institucional gradual: condicionamientos económicos, estrategias mediáticas y —según analistas— interferencia indirecta en el ciclo electoral que se avecina.

El cálculo es pragmático: promover opciones políticas afines resulta mucho menos costoso que desplegar maquinaria militar en un país con décadas de experiencia en conflicto armado interno.

Trump, además, actúa como político y empresario. Desde esa lógica, el coste-beneficio favorece la influencia electoral y económica frente a una intervención abierta.

El tablero regional se reordena

En este nuevo mapa, Colombia aparece como punto de equilibrio entre los intereses de Washington y la resistencia del bloque progresista latinoamericano. La Casa Blanca parece decidida a evitar que el péndulo político regional regrese a la izquierda, mientras calibra cada movimiento para minimizar riesgos.

La historia aún se escribe. Pero el mensaje, tras Caracas, es inequívoco: América Latina vuelve a estar en el centro del tablero del poder estadounidense, y el reordenamiento en marcha promete redefinir alianzas, discursos y límites en la región.

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