Este hombre lleva 10 años sin bañarse ni ducharse: dice que es bueno
En una sociedad donde la higiene diaria es vista como una norma esencial y obligatoria, la historia de James Hamblin, un médico estadounidense que lleva más de diez años sin bañarse ni ducharse, ha generado una gran controversia. Mientras la mayoría de los españoles se ducha al menos cuatro veces por semana, según datos de la OCU, Hamblin ha optado por un enfoque radicalmente diferente: prescindir del uso habitual de agua, jabón, champú y desodorante. Pero, ¿puede esta práctica realmente ser beneficiosa para la salud?
En 2015, James Hamblin, doctor especializado en medicina preventiva y profesor en la Universidad de Yale, decidió empezar un experimento personal que le llevaría a renunciar a uno de los rituales más comunes en la vida diaria: la ducha. Su intención era investigar los efectos de la higiene sobre la piel y el bienestar general, buscando una mejor comprensión del equilibrio natural de la flora microbiana de la piel.
“Me encuentro perfectamente bien. Te acostumbras. Me siento normal”, ha afirmado Hamblin en varias entrevistas, refiriéndose a su nueva rutina, que se limita a utilizar agua y, en ocasiones, algo de jabón de manos. A pesar de la sorpresa que su decisión causó en su entorno y la posible incomodidad inicial de un olor corporal más fuerte, con el tiempo su cuerpo se adaptó y el mal olor desapareció, según explicó el propio doctor.
Al principio, el médico experimentó una fase de adaptación en la que el olor corporal se intensificó. Sin embargo, este cambio no fue permanente. Según Hamblin, la clave de esta transformación radica en la adaptación del cuerpo a los aceites naturales y los microbios presentes en la piel. “Nos lavamos por costumbre, porque es lo que dicta la norma social, no porque lo necesitemos desde un punto de vista médico”, ha señalado el doctor en diversas ocasiones, defendiendo su postura ante las críticas de quienes consideran que prescindir de productos de higiene es inapropiado.
A lo largo de los primeros años sin bañarse, Hamblin notó una serie de cambios en su cuerpo. La reducción de los productos de higiene fue gradual. En lugar de su ritual diario de ducharse, comenzó a espaciar las duchas y a disminuir la cantidad de jabón y champú que usaba. A pesar de las dificultades iniciales, su cuerpo fue adaptándose a esta nueva rutina de una manera que él considera completamente saludable.
La higiene: un desequilibrio microbiano
Una de las principales conclusiones que Hamblin ofrece en su libro 'Clean: The new science of skin and the beauty of doing less' (Limpio: la nueva ciencia de la piel y la belleza de hacer menos), publicado en 2020, es que el olor corporal no necesariamente está relacionado con la suciedad. Según el doctor, el olor es producto de un desequilibrio microbiano en la piel. Las bacterias que habitan sobre ella se alimentan de las secreciones oleosas del sudor y las glándulas sebáceas, produciendo ese olor característico. Cuando usamos productos de higiene como jabón, champú o desodorante, alteramos el equilibrio natural de estos microbios, lo que puede favorecer a aquellos que generan malos olores.
Hamblin argumenta que los productos de higiene convencionales, aunque eficaces en muchos casos, alteran este balance microbiano natural, lo que puede generar un desequilibrio que favorezca la proliferación de bacterias menos deseables. Al no utilizar estos productos, el cuerpo puede, según su experiencia, restablecer este equilibrio de manera más eficaz, evitando la proliferación de los microorganismos que causan los olores.
No es una práctica para todos
El experimento de Hamblin ha despertado el interés y la curiosidad de expertos en dermatología. Algunos dermatólogos consideran que este enfoque podría ser válido para personas con una piel saludable y sin afecciones dermatológicas. Sin embargo, advierten que no es una práctica aplicable a todos. Existen individuos con condiciones de la piel que requieren cuidados específicos, como aquellos que sufren de eccema, psoriasis o acné, que deben seguir tratamientos que incluyen productos de higiene tradicionales.
A pesar de esto, Hamblin asegura que su propuesta no es un rechazo de la higiene en sí misma, sino una invitación a replantearla. En sus palabras, "no se trata de evitar la higiene, sino de reducirla a lo esencial y cuestionar las prácticas que consideramos necesarias por costumbre".


