Alvise Pérez (SALF): "El sistema es anti-nosotros: anti-autónomos, anti-trabajadores..."
En una entrevista con HOY ARAGÓN, Luis “Alvise” Pérez se presenta como un actor político que rehúye las etiquetas ideológicas tradicionales y construye su relato sobre una comunidad digital que, asegura, supera los dos millones de seguidores.
Desde esa base, reivindica un método propio basado en la recopilación de información y la denuncia pública de políticos con sospechas de corrupción, al tiempo que formula una crítica estructural al sistema institucional español.
A lo largo de la conversación, el líder de Se Acabó La Fiesta desgrana su visión sobre el funcionamiento de la Unión Europea, cuestiona el papel de la OTAN, defiende una reducción drástica del aparato administrativo y justifica su salto a la política autonómica aragonesa como el primer paso de una estrategia para entrar en las instituciones, condicionar mayorías y forzar reformas que, según sostiene, los partidos tradicionales no se atreven a abordar.
PREGUNTA. De usted se ha dicho de todo, por lo menos de todo lo que yo he escuchado. ¿Usted se define como antisistema o cómo se define Alvise Pérez?
RESPUESTA. Primero, gracias por invitarme. Cuando me invitan a un medio —que son pocos o ninguno— digo que sí por defecto. ¿Cómo me defino? A mí, de verdad, las etiquetas… Sé que es algo manido porque lo hemos escuchado a políticos de todo tipo, pero prefiero que no me identifiquen o me etiqueten en base a ideas, como si todo fuera un esquema cerrado.
¿Antisistema? Yo siempre digo que es el sistema el que es “anti-nosotros”: anti-autónomos, anti-trabajadores, anti-personas que cotizamos a la Seguridad Social o en el tramo máximo de IRPF. Si eso es ser antisistema —querer volver a tener tu propio dinero en el bolsillo y que no se lo quede la maquinaria—, pues llámenos así.
Por conocerle un poco a usted, no solamente como político, sino también como personaje, ¿se considera usted una persona ideológica o más bien es alguien enviado por la intuición, el conflicto de las redes sociales y de los medios?
He leído a von Mises, a Hayek, la escuela austríaca, socialismo, socialdemocracia… y al final llego a una conclusión muy dura, quizá cínica para tener 35 años: que la ideología es para pobres, tontos y analfabetos; para catetos políticos. Lo digo tal cual.
Mientras los que nos interesábamos un poco por la política discutíamos si algo era más de izquierdas o de derechas, absolutamente todos han usado la ideología para reagruparse en lobbies de poder, llegar a las instituciones y convertir la política oficial del Estado en una mesa de póker donde se reparten el dinero los lobbies que mejor se organizan.
Por eso, por ejemplo, el lobby de Irene Montero tiene más de 500 millones de euros de presupuesto y, en cambio, las ayudas al suicidio juvenil en Aragón son minúsculas. A esos lobbies la ideología les importa poco; les importa el dinero público y en qué bolsillos acaba.
Sin entrar en etiquetas, sí que muchos de sus seguidores le consideran algo así como justiciero. ¿Qué parte de esto hay de verdad y qué parte de esto está en su manera de hacer política?
¿Ha visto El Club de la Lucha? ¿Cómo consigo yo la agenda de un ministro del Gobierno de España? Porque por muy rico y poderoso que seas, no lo eres en el vacío: lo eres con personas. Con el chófer, el taxista, quien te limpia el despacho, quien está alrededor.
Esa gente, cuando ve cómo literalmente nos saquean durante años, coge información de su día a día laboral y me la pasa, por la impotencia de estar trabajando para gente que vive a costa de ellos. Yo esa información la recojo, hago acopio, la analizo y vemos opciones de judicialización.
Si es judicializable, la judicializamos nosotros. Y si no lo es, entablamos conversaciones con UCO, UDEF, UDYCO o los cuerpos que correspondan para lo que en una investigación se llama una pre-investigación: antes de que haya un informe que llegue al juez. Nosotros aportamos cosas que a lo mejor ellos no pueden por falta de capacidad o recursos.
El ejemplo de Koldo y Ábalos puede ser el más claro: detectar movimientos, presentar fotografías, vídeos, acompañantes, vínculos en puestos de libre designación, en ministerios o en empresas con contratas públicas. Con eso se puede ayudar a iniciar investigaciones.
¿Ser justiciero? Yo no sé si soy justiciero. Yo, al final, soy la cara que ve la gente, con un equipo detrás y una comunidad de más de dos millones de personas que está harta de que se rían de ellos.
Por intentar conocerle a usted, querría hablar de sus miedos o de su mayor miedo político. ¿Tiene miedo a institucionalizarse o a decepcionar a sus votantes?
Yo de aquí seguro que soy el más tonto, porque me han engañado todos: el PP… y también Podemos. Yo era un chaval cuando escuchaba en el 15M hablar de los privilegios de los políticos, de la nula separación de poderes, de la partitocracia, del CGPJ y de la justicia, y esa música sonaba bien. Luego ves lo que ha sido Podemos.
Y vas a otros partidos “nuevos” y te das cuenta de que han estado años en la Unión Europea sin denunciar ni una décima parte de lo que hemos visto nosotros nada más entrar. Yo, en mi tercer día como eurodiputado, recibí más de 15.000 euros por tres días. Y cuando ves lo que entra en la cuenta, entre salario y dietas, hablamos de cantidades enormes al mes. ¿Cómo es posible que por firmar dos o tres días cobre más de lo que cobraba mi madre limpiando ancianos?
Lo que me dolió no es denunciarlo yo, sino que otros se institucionalicen y no lo denuncien. ¿Por qué no lo denunció Podemos? ¿Por qué no lo denunció Buxadé cuando entró?
¿Mi miedo? El miedo a institucionalizarse es el miedo al cambio: que cuando entras en las instituciones te cambie algo por dentro. Creo que cambia mucha gente de fuera que entra y, como no tiene alternativa laboral u oficio, se aferra a eso: a lo que le paga la vida, la hipoteca, el colegio de los niños.
Mi origen es distinto: yo tengo independencia económica. No depender del sistema para vivir me permite entrar en el sistema para cambiarlo sin sufrir esa “neuroquímica” de la política de clase.
“La ideología es para pobres, tontos y analfabetos políticos”
Me ponía el ejemplo de que usted ha construido una comunidad, con dos millones de personas que están detrás suyo. ¿Dónde cree usted que debe ponerse el límite entre señalar y perseguir a periodistas, empresarios, políticos, jueces?
Es una diatriba que yo mismo me hago, porque hay veces que siento que he pasado esa línea y, aun así, no siento el remordimiento que quizá debería sentir. Me hago debates morales sobre lo que hago.
Perseguir hasta rozar el acoso a alguien como Ábalos incluso en vacaciones porque sé que en República Dominicana o Guinea Ecuatorial puede entrar en una sucursal bancaria y eso lo puedo relacionar con movimientos de dinero… ¿hasta qué punto es acoso? ¿Hasta qué punto es persecución ilegítima a un alto cargo público?
Yo espero que si no hubiera hecho ciertas cosas, muy seguramente la UCO no habría tenido pruebas prejudiciales para incoar una investigación. ¿Hasta qué punto se justifica? Si con eso consigues que quienes roban cientos de millones paguen, estás hablando de hospitales, de colegios, de que una persona no pase ocho horas esperando en urgencias.
Tengo esa diatriba. A veces soy duro y a veces me paso, sí. Pero estamos en un momento de crisis nacional de corrupción y partitocracia que, temporalmente, me justifica hacer lo que debería hacer un cuerpo de seguridad bien dotado. Y si lo hago yo es porque, como me dicen, “no tenemos recursos”. Yo soy un mal necesario. Ojalá pudiera dedicarme a otra cosa.
¿Cómo es el votante o el seguidor de SALF? Es una persona antisistema, que se mueve en la abstención, que ha votado a partidos indistintamente del momento...
El votante de SALF es según a quién le preguntes. Si le pregunta al señor Óscar Puente dirá que somos “gentuza”. Si pregunta a ciertos medios, dirán que somos perfiles muy estereotipados. Si pregunta al CIS, le dirán otra cosa.
Pero si viene a nuestros eventos verá diversidad: gente que viene de votar PSOE, Podemos, PP, Vox, y gente que no ha votado en 40 años porque no se cree la legitimidad del sistema desde la Transición. Hay gente de toda ideología, condición, edad y sexo.
Y hay gente que está harta de tener que pagar más de la mitad de lo que gana en burocracia sin ver que eso se convierta en servicios públicos reales.
Usted es eurodiputado, pero su discurso sigue siendo plenamente nacional. Querría saber: ¿cuál es el mayor logro que ha conseguido usted como eurodiputado estos dos años que lleva?
En términos institucionales, haber conseguido junto a colegas humanistas una moción de censura contra von der Leyen, que no apoyó ningún partido político español. Para mí fue un éxito por lo complicado que es llevar una moción así al plenario de Estrasburgo.
Y en términos políticos y mediáticos, hacer ver a una parte de la población española lo que considera el circo de la Unión Europea y lo que realmente se decide allí. Cuando yo era joven me hablaron de una UE que iba a industrializar más a España, a ampliar mercados, a mejorar la clase media.
Y la realidad, décadas después, es otra: desindustrialización con la connivencia del PP y del PSOE, y un modelo en el que el eje franco-alemán se lleva industrias y condiciona políticas.
Y sobre todo: mostrar que la Comisión Europea no es democrática en la práctica. Yo, con casi un millón de votantes, no tengo capacidad de iniciativa legislativa: no puedo presentar una ley. Solo puedo debatir lo que la Comisión manda a las comisiones y de ahí al plenario. ¿Qué democracia es esa?
Más allá de la denuncia que usted proclama y constata en sus palabras, quiero que me describa esa España idílica de un votante medio de SALF, incluso de usted mismo, dentro de 10 o 15 años si su proyecto llega a triunfar. ¿Cómo sería esa España? Dígame tres o cuatro ideas.
Una España segura, primero. Con un sistema penal y penitenciario duro con la delincuencia reiterada y, sobre todo, con la corrupción. Sin seguridad, no hay nada más. Si implantas seguridad y una justicia ágil y bien financiada, lo demás viene después: inversión, empleo y mejora de calidad de vida.
Segundo, una administración pública mucho más reducida. No tiene sentido —dice— la dimensión del aparato político y de asesores. Con automatización e inteligencia artificial cree que se podría reducir estructura sin afectar el servicio público y ahorrar decenas de miles de millones para reforzar sanidad, educación y servicios reales.
Tercero, una política anticorrupción en la que determinados delitos no prescriban y en la que quien robe y no devuelva lo robado no tenga beneficios. Él vincula la corrupción con un deterioro material de los servicios: hospitales, listas de espera, recursos.
Y cuarto, una España industrializada, con vivienda accesible y futuro laboral para que los jóvenes no tengan que emigrar. Defiende recuperar capacidad productiva y que el país produzca más que empleo precario en sectores de bajo valor.
Y si mañana tuviera capacidad real de gobierno, ¿qué ministerio eliminaría sin dudarlo y cuál reforzaría?
Con cinco o seis ministerios podemos gestionar un país. Eliminaría el de Igualdad por sentido común: ese dinero puede ir a reducir masivamente los impuestos que pagamos los autónomos. El sistema está lleno de burocracia “imposible de cumplir” y eso genera arbitrariedad: pagas IVA por adelantado, te da miedo meter gastos por si viene un inspector y, como es tan difícil cumplirlo todo, si le caes bien no te pilla y si le caes mal te pilla. Eso produce corrupción.
Bajar gasto político y bajar impuestos genera mercado. En vivienda, regular alquileres es un error: en Barcelona ha traído menos oferta, menos seguridad jurídica y precios más altos. Nadie dice que más del 30% del precio de la vivienda son impuestos ni propone eliminar el 100% de impuestos a la primera vivienda.
Además, España no tiene un “presidente” real: tiene un coordinador de comunidades autónomas y 17 centrales de compra para todo; así es más fácil negociar comisiones. Mi eslogan en Aragón: “O ellos o nosotros. O parásitos o trabajadores. La ideología aquí no tiene cabida”.
“Sin seguridad no hay nada: ni derechos, ni inversión, ni futuro”
Usted no prevé tener una mayoría absoluta, así que le pregunto en un escenario electoral de aquí a pocos meses, un escenario electoral nacional: ¿con quién no podría pactar nunca, con quién sí, y si podría ser Feijóo presidente del Gobierno con el apoyo de SALF?
Con el PSOE lo veo muy difícil: yo al PSOE solo quiero verlo en los tribunales. No me creo las encuestas y digo a mis seguidores que oculten su voto; no quiero que Indra tenga datos de dónde somos más fuertes. Me genera desconfianza lo del voto por correo y ciertas grabaciones y hechos que están judicializados.
En Aragón es bastante real que seamos llave si sacamos por Zaragoza; ahí es mucho más plausible hablar con el PP que con el PSOE. Si el PP quiere gobernar, tendrá que sentarse.
Y a nivel nacional, ¿usted pactaría con Feijóo para hacerlo presidente?
Feijóo tiene el defecto de Pablo Casado: cree que con estar quieto va a ver pasar el cadáver y será presidente. No me veo como vicepresidente suyo y lo comparo con un “Joe Biden español”. Pero me cuesta atacarle porque no quiero “complejos de oposición venezolana”: egos y divisiones mientras el mal enfrente crece.
Yo no quiero que España sea Venezuela. Intentaré entenderme para que el PP haga lo que no se atreve a hacer y que me echen a mí la culpa: reforma de pensiones, endurecimiento del Código Penal y de prisiones, equiparación salarial de Policía y Guardia Civil. Si aceptan un contrato electoral de reformas, se les apoya; si no, no.
Usted ha afirmado recientemente que cree que España debería salir de la Unión Europea. Quiero preguntarle si mantiene esa postura y preguntarle también si cree que España debería salirse de la OTAN.
He dicho tres cosas: que esta UE no es la que prometieron, que “vivir arrodillado es morir en vida” y que no soy súbdito del eje franco-alemán ni de un lobby militar. Si es relación entre socios, debe notarse; si es vasallaje, no me interesa. España tiene más que ver con Hispanoamérica que con quienes nos desindustrializan y nos empujan a guerras que no son nuestras.
Sobre la OTAN, cuestiono que sea “defensiva” y digo que la “legislación internacional” es un cuento si no hay fuerza que la haga cumplir. Aclaro: “Yo no quiero que nos vayamos de la Unión Europea”; quiero advertir que, si siguen ignorándonos, habrá un referéndum para redefinir la relación. Los fondos europeos no son maná: “es deuda, emisión de deuda”. Y digo que no somos esclavos: “los españoles somos libres”.
¿Qué representa Aragón para usted políticamente? Es la primera vez que hace una incursión autonómica con su formación. ¿Por qué Aragón sí y Extremadura no?
En Extremadura intenté actuar de buena fe para no dividir el voto y evitar que gobernara la izquierda. Hablé con los equipos del señor Feijóo y del señor Abascal y la respuesta fue escupirme en la mano.
Tras las europeas, con casi un millón de votos, volví a ofrecer acuerdos dejando claro que no buscaba cargos, sino que esto funcionara. Me despreciaron de nuevo. Aun así, insistí.
Mis enemigos son tres, y en este orden: Pedro Sánchez y la trama que le rodea, la corrupción y la partitocracia. Si tengo que sacrificar mi proyecto político para acabar con eso, lo haré.
He llegado a la conclusión de que aquí funciona la zanahoria y el palo. Si no aceptan la mano, ofreceré el palo: entrar en las instituciones, empezar por Aragón y demostrar que somos un movimiento civil de trabajadores hartos. Cuando tengamos fuerza, volveré a ofrecer acuerdos.
Dígame tres decisiones estructurales que tomaría SALF si tuviera capacidad de gobierno en Aragón.
Cuando vengo a Aragón digo lo mismo que digo en toda España, y eso es una garantía. No vengo a prometer subvenciones, pisos ni plazas públicas. Eso ya lo hacen otros y sabemos cómo acaba.
No vengo a prometer nada. Vengo a decir que nadie va a recuperar su libertad ni su calidad de vida esperando que los políticos le salven. Hay que reducir el poder del Estado y de los partidos y devolver el dinero a quienes lo producen.
Por eso no prometo cifras vacías. Vengo a eliminar todos los impuestos que sea capaz de eliminar para que el dinero deje de estar en manos de sátrapas y pase a estar en manos de los aragoneses.
En los últimos días se ha planteado una propuesta de financiación autonómica pactada con el nacionalismo catalán y rechazada por muchas comunidades. ¿Qué haría usted respecto a Aragón?
Si se lee la letra pequeña, es un café para todos. Cuando el PSOE decide dar 40.000 o 45.000 millones más a Cataluña, ese dinero no sale del aire: se socializa su deuda y la pagamos todos, también Aragón.
Cataluña ha gastado miles de millones en separatismo, en TV3 y en embajadas inútiles, y ahora se nos pide que le paguemos la fiesta. Mientras tanto, Aragón envejece, pierde población y no tiene condiciones para que las familias tengan hijos.
La solución no es importar población, sino que los aragoneses puedan formar familias. Y eso no ocurre si no hay vivienda ni seguridad laboral, cuando más del 30% del precio de una casa son impuestos.
Mi planteamiento es sencillo: a cada uno lo suyo. ¿Cuánto produce Aragón? Eso es lo que le corresponde. Si cada comunidad tuviera lo que genera, habría más responsabilidad y menos reproches cruzados.
Si no obtiene representación en Aragón, ¿lo interpretará como un error estratégico o cuestionará la limpieza del proceso electoral?
Yo soy mi peor juez. Pero hablamos de un partido con menos de medio año de vida, más de 8.000 afiliados y miles de personas llenando actos por toda España. Detrás hay un equipo sólido y cualificado, no una aventura personal.
Dicho esto, mis denuncias sobre fraude electoral no dependen de los resultados. Ya hablé de irregularidades incluso cuando obtuvimos 800.000 votos.
Por eso hemos desarrollado Escrutinio 2.0, un software propio que ofrecemos a todos los partidos para contrastar actas electorales. Vamos a documentarlo todo: fotografías, grabaciones y verificación independiente.
Invito a cualquier demócrata, vote a quien vote, a colaborar. Yo asumiré el resultado que arroje la comparación entre las actas reales y los datos oficiales.
“El votante de SALF es gente harta de pagar más de la mitad de lo que gana sin ver servicios reales”
Han aparecido informaciones que cuestionan la financiación de Se Acabó La Fiesta. Explíqueme de forma sencilla cómo se financia su partido en estas elecciones.
En España la financiación ilegal de los partidos es algo habitual. Todos los partidos se financian ilegalmente; el único que se ha financiado legalmente soy yo, y curiosamente soy el único imputado en el Supremo por ello.
El Tribunal de Cuentas da dos o tres meses para presentar facturas. Los partidos calculan cuánto pueden recibir en subvenciones y, aunque gastan mucho menos, inflan facturas con proveedores habituales para justificar el resto. Lo sé porque he gestionado campañas y porque proveedores me han explicado cómo funciona el sistema.
En mi caso, publiqué todos mis gastos electorales y renuncié voluntariamente a las subvenciones europeas que me correspondían, más de un millón de euros. Fue un compromiso público y lo cumplí.
Entonces, ¿cómo se financia exactamente SALF?
El 100% con las cuotas y donaciones de nuestros afiliados, que ya superan los 8.000.
Es decir, actos, desplazamientos, alquiler de espacios o megafonía se pagan con ese dinero.
Todo lo que es campaña lo paga el partido. Lo personal lo pago yo. Tengo muy separadas mis tres facetas: eurodiputado, actividad privada y presidencia de SALF. Si hago algo personal, lo asumo yo.
No usamos recursos públicos ni mezclamos gastos. Todo se financia con aportaciones voluntarias de españoles, sean afiliados o no.
En su trayectoria política, ¿qué errores reconoce públicamente como propios?
He cometido muchos errores. Uno de ellos fue despedir al 70 u 80% del personal cuando llegué a las Corts Valencianas. Lo hice porque veía a técnicos bien pagados sin trabajar y quise gestionar la administración como una empresa: con fiscalización y resultados.
Funcionábamos mejor con menos gente y ahorramos mucho dinero público. El error fue no entender entonces cómo funcionaban las cuotas internas de partido. Descubrí que muchos puestos no se ocupaban por mérito, sino por pactos internos: tú me colocas a alguien y yo te coloco asesores.
Ahí fui ingenuo. Pensé que la gente estaba donde estaba por valía propia, y no entendía la lógica real de los partidos. Entrar en política es un máster acelerado de psicología humana.
Ya como presidente de SALF, ¿qué ha aprendido de esos errores a la hora de formar su propio equipo?
He aprendido que priorizar currículums, títulos o idiomas no sirve de nada. Lo que importa es la valía moral, la experiencia real y haber vivido en primera persona el sistema que se quiere cambiar.
Prefiero a alguien que haya sido autónomo, trabajador o camarero durante 30 años y esté harto del sistema, antes que a alguien con veinte títulos. La calle enseña más que cualquier máster.
Por eso buscamos personas con vocación de servicio y compromiso real, como nuestra candidata por Zaragoza, directora de un colegio público y dedicada toda su vida a los demás.
¿Qué es lo más impopular que defiende, aun sabiendo que le cuesta votos?
El derecho a la vida. Soy provida y lo diré siempre. Me han pedido que no lo diga porque me quita votos, porque me llaman radical o ultraconservador.
Pero lo sostengo: asesinar a un bebé en el vientre de su madre es un asesinato. Lo llame como lo llame quien quiera. Y me quite los votos que me tenga que quitar.
Para terminar, ¿por qué un votante de Aragón debería confiar en Se Acabó La Fiesta?
Convencer a alguien no es fácil. Después de 30 o 40 años votando a los mismos, es normal preguntarse quién soy yo y por qué debería confiar en mí.
Por eso no pido que me voten porque les guste lo que digo, sino que analicen la motivación. Por qué alguien con millones de seguidores y una alta facturación decide parar su vida profesional y meterse en política sin necesidad personal.
La respuesta es sencilla: porque creo que España y Aragón hay que amarlos sin esperar nada a cambio. No busco beneficios personales, sino que este país vuelva a funcionar.
Quiero un Aragón con personalidad propia, libre, gobernado por gente de Aragón, donde los jóvenes no tengan que marcharse para tener futuro. Ese es el Aragón en el que creo y por el que pido confianza. Y si no, que voten a quienes llevan 45 años viviendo de la política.