Juan de Ávalos: el republicano con carné del PSOE que dio forma al Valle de los Caídos para Franco
El nombre de Juan de Ávalos (1911–2006) permanece inevitablemente ligado al Valle de los Caídos, uno de los monumentos más controvertidos de la historia reciente de España. Lo que muchos desconocen es la paradoja que hay detrás de esas esculturas colosales: el artista que modeló los evangelistas, las Virtudes y el gran Cristo de la basílica fue, durante la II República, militante socialista y republicano convencido.
Su biografía desmiente cualquier caricatura sencilla. No fue un escultor “orgánico” del régimen franquista, ni un ideólogo del monumento, sino un creador con pasado depurado que acabó trabajando para la dictadura por una mezcla de talento, contexto político y pragmatismo personal.
Un socialista con carnet número 7
Nacido en Mérida, Juan de Ávalos fue, literalmente, uno de los primeros socialistas de su provincia. Se afilió al PSOE y llegó a tener el carnet número 7 en Mérida, símbolo de su temprana implicación en el movimiento obrero y republicano. Durante la República se mueve en círculos progresistas y desarrolla su carrera artística con un lenguaje clásico pero expresivo, muy lejos de cualquier estética propagandística fascista.
La Guerra Civil y la posterior victoria franquista lo colocan en el lado perdedor. En 1944, como a tantos otros, se le abre un expediente de depuración ideológica que, en la práctica, le cierra las puertas a los encargos oficiales y a buena parte de la actividad profesional. No se trataba solo de una sanción administrativa: en aquel contexto, sin encargos públicos y con un sello de sospechoso político, un escultor tenía muy difícil sobrevivir.
Ante ese bloqueo, Juan de Ávalos termina marchándose a Portugal. Es una especie de exilio discreto, más económico que mediático: lejos del foco, intenta rehacer su vida y seguir trabajando como puede. No será hasta 1950 cuando regrese a España con la intención de retomar su trayectoria.
Del exilio discreto al concurso del Valle de los Caídos
Ese mismo año ocurre el giro inesperado. El régimen convoca un concurso para elegir al escultor encargado de las grandes figuras del Valle de los Caídos, el gran proyecto monumental de Franco en la sierra de Madrid. Contra todo pronóstico, Juan de Ávalos se presenta… y gana.
La elección provoca un auténtico escándalo entre sectores franquistas. Sobre la mesa del ministro de la Gobernación empiezan a llegar cartas denunciando que el artista elegido había sido republicano y militante del PSOE. ¿Cómo podía encargarse a un socialista depurado las esculturas del gran monumento del régimen?
Para despejar dudas, el ministro organiza un encuentro cara a cara entre el escultor y el propio Francisco Franco. Juan de Ávalos, que no tenía ni siquiera chaqué, tiene que alquilar uno para la cita. Lleva consigo bocetos y maquetas de su propuesta escultórica.
Su planteamiento es claro: quiere hacer un conjunto religioso, no belicista. Nada de soldados, nada de escenas de combate, nada que glorifique la guerra. Evangelistas, virtudes, cristos… figuras que remitan a la espiritualidad y, en cierta medida, a una idea de reconciliación bajo la cruz. La condición de Franco es otra: las esculturas deben ser colosales, “grandes y potentes”, a la altura del gigantesco proyecto arquitectónico que se está levantando en Cuelgamuros.
Para sorpresa de muchos jerarcas del régimen, el dictador da su visto bueno. A partir de ahí, por encima de recelos y denuncias internas, se impone un criterio práctico: el artista elegido es técnicamente brillante y su propuesta encaja con la imagen grandiosa que se quiere proyectar.
Las esculturas más controvertidas del siglo XX español
Entre los años 50 y 60, Juan de Ávalos trabaja en las esculturas que definirán para siempre el perfil del Valle de los Caídos. En la base de la cruz —con 152 metros de altura, una de las más altas del mundo— se alza el grupo de los cuatro evangelistas, figuras de unos 18 metros, equivalentes a un edificio de seis plantas. A ellos se suman las Virtudes, las grandes tallas del Cristo y los relieves que enmarcan la entrada a la basílica excavada en la roca.
Técnicamente, el conjunto es impresionante: proporciones ajustadas, rostros de gran fuerza expresiva, pliegues de las túnicas trabajados con una mezcla de clasicismo y dramatismo. Son obras pensadas para ser vistas a gran distancia, para imponerse al paisaje y transmitir una sensación de poder y solemnidad.
Pero la recepción dentro del régimen no es unánime. Artistas franquistas afines, como Juan Adsuara o Fructuoso Orduna, no le perdonan su pasado republicano y airean su militancia socialista de juventud. Lo consideran un intruso ideológico en un proyecto que sienten como propio. El estigma llega hasta el punto de que, según se ha contado en numerosas ocasiones, ni siquiera se le invita a la inauguración oficial del Valle de los Caídos, pese a ser el autor de su iconografía principal. Es la gran paradoja de su carrera: el monumento que más marcará su nombre en la historia se inaugura sin él en la tribuna.
Un escultor mucho más allá de Cuelgamuros
Aunque la historia haya fijado para siempre su nombre al Valle de los Caídos, Juan de Ávalos tuvo una trayectoria muy amplia y diversa. Trabajó tanto en escultura religiosa como civil, en encargos públicos y privados, y para clientes muy distintos ideológicamente.
Modeló bustos, figuras y monumentos para empresarios, artistas y personalidades conocidas: desde el bailarín Antonio hasta Rocío Jurado y Ortega Cano, pasando por figuras de la realeza y del mundo económico como Fabiola de Mora y Aragón, Tita Thyssen o Juan Abelló. Su fama traspasó fronteras: el sha de Persia, Reza Pahlevi, le encargó una estatua ecuestre para Teherán, que le llevó a frecuentar durante años la residencia invernal del monarca en St. Moritz.
Siempre se movió en un lenguaje figurativo, monumental, de corte clásico, ajeno a las vanguardias abstractas que dominaban otros circuitos artísticos europeos. Eso le permitió mantener una clientela amplia, en un país y una época en los que la escultura pública tenía aún un fuerte componente académico.
El artista en la zona gris de la historia
¿Fue Juan de Ávalos un escultor del régimen o un republicano que acabó trabajando para la dictadura? Seguramente, ni una etiqueta ni la otra bastan para describirlo.
Fue, ante todo, un artista de oficio, con un pasado político incómodo para el franquismo, que supo moverse en la zona gris de la posguerra: la de quienes, tras ser depurados, decidieron quedarse, adaptarse y seguir creando. Aceptó encargos que hoy se miran con enorme carga simbólica, pero reivindicó siempre que su intención en el Valle de los Caídos fue religiosa y no propagandística, levantando figuras de evangelistas y cristos allí donde muchos esperaban soldados y cañones.
Su biografía obliga a mirar con matices una época que muchas veces se simplifica en blanco y negro. Como tantos artistas que trabajaron bajo dictaduras, habitó la contradicción: un socialista que modeló el gran monumento de Franco; un depurado que firmó una de las obras más poderosas del siglo XX español; un creador que, aun cargando con la losa del Valle de los Caídos, dejó mucho más que un icono polémico en la historia del arte español.

