Kilómetro 1 del brote: así es el laboratorio IRTA-CReSA, bajo la lupa por su especialización en peste porcina

Este instituto trabaja precisamente con enfermedades que afectan a suidos, entre ellas, la peste porcina africana.

El centro que ahora concentra buena parte de la atención, el IRTA-CReSA, se encuentra a escasos cientos de metros del punto donde se localizaron los primeros jabalíes infectados. Este instituto trabaja precisamente con enfermedades que afectan a suidos —entre ellas, la peste porcina africana— como parte de sus líneas habituales de investigación.

La sede principal del IRTA está situada en el campus de la Universitat Autònoma de Barcelona y es uno de los referentes europeos en sanidad animal. Desde allí se coordinan cerca de un millar de profesionales distribuidos en casi una veintena de centros y fincas experimentales repartidos por Cataluña. Según los indicadores internacionales que cita la propia institución, forma parte del 20% de organizaciones científicas más influyentes del mundo en materia de I+D+i y transferencia de conocimiento.

Cómo funciona su sistema de bioseguridad

El IRTA-CReSA opera con un nivel de biocontención 3 —el segundo más alto existente—, lo que permite manipular virus vivos que no supongan riesgo hemorrágico para humanos, pero sí patógenos de elevada contagiosidad en animales. Desde la dirección, encabezada por Josep Usall i Rodié y bajo la coordinación científica de Jordi García-Mas, se gestiona un presupuesto anual que supera los 71 millones de euros, financiado por aportaciones de la Generalitat, proyectos públicos competitivos y contratos con empresas del sector agroalimentario.

Entre sus objetivos estratégicos figuran la digitalización del campo, la optimización del uso del agua en agricultura y la mejora de la salud animal en un contexto de reducción de antibióticos. En este marco se enmarca también la investigación en peste porcina africana, disciplina en la que el centro ha sido especialmente activo durante el brote detectado esta semana.

La instalación es una de las pocas del país capaces de trabajar con virus de elevada transmisibilidad gracias a un estricto sistema de presiones negativas y filtrado de aire que impide la salida de material biológico al exterior.

Para acceder al área de máxima seguridad es obligatorio un protocolo que incluye desvestirse completamente, pasar por un doble acceso sellado, equiparse con material específico y ducharse obligatoriamente al salir. Ni animales ni muestras abandonan estas instalaciones: todo es destruido mediante incineración o digestión química.

Coincidencias, teorías y desmentidos

La proximidad del laboratorio al foco de la infección hizo que muchos señalaran esta “casualidad geográfica” desde el primer momento, aunque la hipótesis dominante hasta hace unos días era la conocida como teoría del bocadillo: restos de comida contaminada que habrían sido ingeridos por un jabalí en la zona de Collserola.

Tras el informe europeo que apunta a un genotipo empleado habitualmente en ensayos experimentales, la atención ha regresado al laboratorio, aunque el propio centro ha negado de forma categórica cualquier fallo interno. Joaquim Segalés, veterinario e investigador del IRTA-CReSA, aseguró esta semana que, tras la revisión exhaustiva de los protocolos de los últimos meses, no se encontró “ninguna anomalía que apunte a una fuga”. Recordó además que la arquitectura del edificio, con su sistema de presión negativa, está diseñada precisamente para impedir cualquier salida accidental de patógenos.

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