Zacarías Fievet, pastor de alta montaña: "Todo el mundo debería vivir una soledad elegida"
Desde el Pirineo a los Alpes, Zacarías Fievet explica con palabras —y no solo con imágenes— cómo es una vida marcada por la montaña, el rebaño y una soledad elegida. Parte de su historia se recoge también en Taste the Altitude, la plataforma que divulga personas y oficios que dan vida a los territorios de altitud.
Zacarías Fievet tiene 29 años y es pastor de alta montaña desde los 18. Se crio entre ovejas desde pequeño y hoy sigue viviendo de un oficio que conoce desde dentro, aprendido primero en casa y después en la montaña. Como contó en una entrevista con El País, “la soledad en nuestra sociedad está mal vista”, una reflexión que atraviesa su manera de vivir: para él, esa soledad no es ausencia, sino compañía constante del rebaño y de sus perros.
Sus padres, urbanitas de origen, llegaron al campo a través de las escuelas de pastores. Aquella decisión marcó su infancia. “Pasé los veranos entre montañas, en casas de ganaderos, viendo la pasión que transmitían”, recuerda en varias entrevistas. El vínculo se hizo definitivo el día que empezó a trabajar como pastor. “Vi que era una vida que me daba tranquilidad, relajación, y que me permitía ser yo mismo, sin fachadas.”
La montaña como forma de vida
Para Zacarías, la montaña no es solo un lugar donde trabajar: es origen y responsabilidad. La define con una palabra: pureza. Allí nacen los ecosistemas y desde allí se condiciona lo que ocurre aguas abajo. Por eso insiste en la importancia de cuidarla con una buena gestión forestal y con pastoreo. “La montaña todavía es un lugar donde existe la esperanza del buen hacer”, afirma.
También habla de autosuficiencia: aprovechar los pastos, la madera, crear comunidad entre vecinos y mantener vivos territorios que, sin actividad, se vacían.
Un día cualquiera con el rebaño
Su rutina cambia a lo largo del año, pero nunca es igual. Desayuna, prepara la mochila del pastor y va a las ovejas. Cura heridas, atiende a las enfermas y decide dónde pasará la noche el rebaño.
Durante el día, las ovejas pastan en libertad, más o menos reunidas, y él observa, descansa, identifica plantas y piensa. Al caer la tarde, encierra el ganado, vuelve a la cabaña, cena y se acuesta. Lejos de la imagen de monotonía, insiste en que en la naturaleza todo cambia constantemente.
La soledad, una elección
Zacarías distingue claramente entre soledad impuesta y soledad elegida. La suya es una decisión consciente. “Creo que todo el mundo debería vivir una soledad elegida alguna vez”, afirma, convencido de que ayuda a estar bien con uno mismo y a construir relaciones más sanas después. No se siente solo: sus perros, Sempa y Lima, son su compañía diaria. “Realmente no estoy solo”, repite.
Defensor de la ganadería extensiva, explica que el pastoreo favorece la biodiversidad, mejora los suelos y ayuda a la gestión del agua.
El movimiento del rebaño transporta semillas, regenera zonas degradadas y mantiene una cubierta vegetal que protege el terreno y permite retener la nieve y el agua. “En extensivo, todo está equilibrado”, sostiene.
Ese equilibrio, añade, también se traslada a la alimentación y al bienestar animal.
Vivir los ciclos en pocos meses
En alta montaña, el calendario se acelera. En tres o cuatro meses se concentran primavera, verano y otoño. En junio explota la hierba; en pleno verano el ganado busca las crestas y el aire; en septiembre llega el cambio, con menos calidad de pasto y la necesidad de bajar altitud. “Es vivir muchas estaciones en muy poco tiempo”, resume.
Aunque su historia se ha hecho visible en distintos espacios, su día a día apenas ha cambiado. Sigue subiendo a la montaña, cuidando del rebaño y defendiendo un oficio que considera esencial. Para Zacarías Fievet, ser pastor no es nostalgia: es presente y, sobre todo, futuro para quienes quieran vivir del territorio sin renunciar a ser ellos mismos.