El paje favorito del Rey Melchor en Zaragoza llega a First Dates y se lleva un regalo inesperado
Fran, 64 años, lleva 11 años recogiendo cartas de niños en Zaragoza. En el especial de Reyes de First Dates conoció a Teresa, 69, y la noche terminó con una segunda cita.
La noche del 5 de enero no es una noche cualquiera. Mientras media España apura la cena con prisas, prepara agua para los camellos y deja los zapatos listos, en un plató de televisión también se viste de gala. First Dates abrió su restaurante para un especial de Reyes. No llegaron Melchor, Gaspar y Baltasar —demasiado trabajo—, pero sí apareció alguien que, de algún modo, los acompaña todo el año: un paje.
Se llama Fran, tiene 64 años y entró con la serenidad de quien está acostumbrado a repartir ilusión sin pedir nada a cambio. Frente a Carlos Sobera, contó una historia que empieza con un golpe seco: un accidente laboral, una incapacidad, el final abrupto de una vida “normal” de trabajo. Y, sin embargo, su relato no sonaba a derrota, sino a reinvención.
“Llevo 11 años siendo el paje de Melchor”, explicó. “Estoy todo el año esperando a que llegue la Navidad para hacer este trabajo”. No lo dijo como si fuera un hobby, sino como quien habla de un oficio que da sentido. Porque para Fran, el traje de paje no es solo una capa: es una identidad.
Un paje en Zaragoza, todo el año en el mismo sitio
El detalle que convirtió su historia en algo muy concreto fue el escenario: Zaragoza. Fran trabaja como paje sentado en un centro comercial, recogiendo las cartas de los niños. Lo cuenta sin grandilocuencia, pero con una certeza que desarma: “Creo que soy el paje favorito porque me siento muy querido, doy mucha ilusión y me lo transmiten los niños”.
Hasta se deja la barba para encajar mejor en el personaje. No por estética, sino por coherencia: si vas a sostener la fantasía, hay que hacerlo bien. En esa frase —“me transmiten los niños”— se escondía el secreto de su papel: Fran no solo entrega ilusión, también la recibe.
Llega Teresa desde Barcelona
Por la puerta entró Teresa, 69 años, jubilada y residente en Barcelona. A veces First Dates parece un juego de azar; otras, un cruce de biografías que encajan por pura humanidad. En la mesa, el tema fue el trabajo: lo que hicieron, lo que dejaron de hacer, lo que les tocó aprender cuando la vida cambia de guion.
Y Fran soltó otra sorpresa: “Soy figurante y actor. Trabajo en películas, series… Por mi perfil doy para hacer de juez, cura, medieval…”. Incapaz para su empleo habitual, sí, pero no para la vida. Había encontrado la manera de seguir en movimiento, incluso de convertirse en otros durante unas horas.
El baile como prueba mínima
Hubo un momento de tensión pequeña, doméstica, casi simpática: Fran no bailaba. Y Teresa, que esperaba un compañero con ritmo, mostró cierta desazón. Esas cosas que en una cita pesan más de lo que deberían, porque no se discute el baile: se discute la disposición.
En el reservado, Fran hizo lo que hacen los pajes y, en realidad, lo que hace la gente que quiere que algo funcione: cedió un poco. Aceptó dar unos pasos “por ella”. No fue un número perfecto, pero sí una señal.
Segunda cita, regalo inesperado
Al final, ambos aceptaron tener una segunda cita. Y la escena cerró con esa sensación que encaja especialmente bien en Reyes: la de un regalo que no esperabas.
Fran había pasado años ayudando a Melchor a repartir ilusión. Esta vez, en un comedor de televisión y con luces de gala, pareció que la ilusión le volvía a él. Porque hay noches en las que los Reyes no llegan al restaurante… pero dejan algo igualmente.