El pueblo que era el más rico de Aragón está hundido y su esperanza se llama 'Catalina'

La rapidez con la que se desmanteló la central térmica y la ausencia de un plan estratégico para la reconversión industrial dejaron una profunda huella en la comarca.

La localidad turolense de Andorra, antaño centro neurálgico de la minería y sede de una de las últimas centrales térmicas alimentadas con carbón en España, lleva años enfrentándose a un éxodo demográfico y un creciente escepticismo. Desde el cierre de la central eléctrica de Endesa en 2020, las oportunidades laborales han disminuido drásticamente, y el padrón municipal refleja un descenso alarmante: más de un 14% de su población ha abandonado la comarca en la última década. Sin embargo, en medio de este panorama desolador, el Proyecto Catalina surge como una posible solución, aunque no exento de dudas.

Un gigante del hidrógeno verde en ciernes

El Proyecto Catalina, liderado por Copenhagen Infrastructure Partners (CIP), uno de los fondos de inversión en infraestructuras más importantes del mundo, representa una iniciativa ambiciosa que podría transformar Andorra y sus alrededores. Con una inversión inicial estimada en 1.900 millones de euros, ampliable hasta los 4.300 millones en fases posteriores, el proyecto se propone convertir la región en un referente europeo en la producción de hidrógeno verde.

La planta de electrólisis, ubicada cerca del solar que ocupaba la antigua central térmica, tendrá una capacidad inicial de producción de 500 MW anuales, que se espera incrementar hasta 2 GW en 2030. Este proceso permitirá generar 84.000 toneladas anuales de hidrógeno en su primera fase, alcanzando las 336.000 toneladas en menos de una década.

El proyecto contempla, además, la construcción de siete plantas fotovoltaicas y siete parques eólicos distribuidos por una docena de municipios del Bajo Aragón y el entorno de Andorra. Estas infraestructuras de generación renovable abastecerán de energía limpia a la planta de hidrógeno. Un gasoducto de 39 kilómetros conectará la planta con las redes de distribución estatales, pasando por municipios clave como Alcañiz y Caspe.

El escepticismo de una comarca castigada

A pesar de las promesas de revitalización, el Proyecto Catalina se enfrenta a un clima de escepticismo en la comunidad local. La rapidez con la que se desmanteló la central térmica y la ausencia de un plan estratégico para la reconversión industrial dejaron una profunda huella en la comarca. Desde el cierre, múltiples iniciativas empresariales anunciadas han quedado en el aire, generando un hartazgo palpable entre los habitantes de Andorra y sus alrededores.

“El historial de promesas incumplidas nos hace ser cautos”, comenta un vecino de Andorra. Muchos habitantes reconocen que los proyectos industriales anteriores generaron grandes expectativas que nunca se materializaron, lo que ha llevado a la comunidad a adoptar una postura más prudente frente a nuevos anuncios.

Impacto económico y social

Los números asociados al proyecto son impresionantes. Según CIP, durante la fase de construcción se crearán 2.874 empleos anuales, y la fase de operación generará 824 empleos directos permanentes, con salarios por encima de la media provincial. Esta inyección laboral podría revertir la tendencia migratoria de la zona, ofreciendo nuevas oportunidades para los jóvenes que actualmente ven en la emigración su única opción.

Además, el proyecto promete dinamizar la economía local, no solo por los empleos directos, sino también por el impacto en sectores auxiliares como la logística, la construcción y los servicios. El consumo de agua, estimado en 4,2 hectómetros cúbicos anuales, será clave para el proceso de electrólisis, lo que ha generado cierto debate sobre la sostenibilidad del uso del río Guadalope, fuente principal del recurso.

Viabilidad y retos por delante

El Proyecto Catalina ha sido declarado Plan de Interés General de Aragón (PIGA), un paso que agiliza su tramitación administrativa y permite al Gobierno autonómico tomar un papel activo en su desarrollo. Sin embargo, aún quedan varios obstáculos por resolver. La concesión del agua por parte de la Confederación Hidrográfica del Ebro es fundamental para garantizar la viabilidad del proyecto. Además, el gasoducto proyectado deberá superar los procesos de evaluación ambiental y social, dado su impacto en las comunidades por las que pasará.

Por otro lado, el éxito del proyecto dependerá también de la capacidad del mercado europeo para absorber la producción de hidrógeno verde y del marco regulatorio que defina la Unión Europea en los próximos años. La creciente demanda de fuentes de energía limpia y el interés de sectores como la industria pesada y el transporte ofrecen un escenario favorable, pero la competencia en el mercado global del hidrógeno será feroz.

Una esperanza para Andorra y el Bajo Aragón

A pesar de las dudas, el Proyecto Catalina representa una oportunidad única para Andorra y su comarca. Si se materializa según lo planeado, no solo cambiará el panorama económico y social de la zona, sino que también colocará a Aragón en la vanguardia de la transición energética en Europa. La creación de empleos, el desarrollo de infraestructuras renovables y el potencial para atraer nuevas inversiones son motivos de esperanza para una comunidad que lleva años enfrentándose al declive.

El éxito del proyecto dependerá en gran medida de la capacidad de las administraciones y los inversores para ganarse la confianza de la población local, garantizar la sostenibilidad de los recursos y cumplir con los ambiciosos objetivos planteados. Por ahora, el futuro de Andorra parece estar ligado al hidrógeno verde, y el Proyecto Catalina podría ser la chispa que encienda una nueva etapa de prosperidad para esta comarca turolense.

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