Joaquín Sabina se hace inmortal en su (primera) despedida de Zaragoza
La primera noche de Sabina en Zaragoza reunió a casi 7.000 personas en el Príncipe Felipe, en un emotivo concierto de su gira de despedida 'Hola y Adiós'
Zaragoza no dijo adiós, dijo gracias. Y lo hizo a coro, con el alma en la garganta y el corazón en la mano, frente a un Joaquín Sabina que, este jueves, convirtió el Príncipe Felipe en una cápsula del tiempo donde los años no pasan. Casi 7.000 personas fueron testigos de una de esas noches que no se olvidan y que se escriben en presente aunque sean despedidas.
Era la primera de las dos citas del de Úbeda en la capital aragonesa, dentro de su última gira 'Hola y Adiós', y no hubo ni un segundo que no supiera a homenaje. A Sabina, claro, pero también a una ciudad que lo ha querido siempre sin condiciones. "¿Cómo iba a faltar Zaragoza?", preguntó al empezar el concierto.
Antes de dejarse ver, su figura ya se notaba entre los versos de 'Un último vals', proyectado en las pantallas como prólogo perfecto. Y enseguida, el bombín más famoso del país apareció entre aplausos. Sentado en su ya habitual banqueta, y vestido de negro, arrancó con 'Lágrimas de mármol'.
Zaragoza respondió desde el primer acorde. Había algo de reencuentro y algo de despedida en el pabellón. Sabina no ocultó la edad, pero eso no importa cuando lo que se dice se dice con verdad. "Aquí he tenido amigos que ya no están", recordó. "En Aragón hay tres cosas que no cambian de chaqueta: Buñuel, Goya y la voz de Labordeta". Y, entonces, no hubo aplausos, hubo ovación.
'Lo niego todo', 'Mentiras piadosas', 'Ahora qué' y una celebradísima 'Calle Melancolía' mantuvieron el pulso alto, entre guitarras y un público que cantaba y acompañaba como quien no quiere que se acabe la noche. "¡Qué maravilla de coro!", dijo él en más de una ocasión con una sonrisa.
A sus 76 años, Sabina ya no juega a engañar. Se muestra como es. Pero aunque la voz acuse el tiempo, el carisma sigue intacto. No hace falta más que una guitarra y un verso del ubetense para que todo el pabellón se quede en silencio. Eso pasó con '19 días y 500 noches', y volvió a pasar con '¿Quién me ha robado el mes de abril?'.
El protagonismo cambió de manos con la entrada de Mara Barros, su inseparable corista, que bordó 'Camas vacías'. Tras ella, Jaime Asúa cogió el testigo con un 'Pacto entre caballeros' que retumbó como cañón. Y con su bombín negro, Sabina volvió al escenario para entonar 'Donde habita el olvido' y 'Peces de ciudad'.
EL ADIÓS
El tramo final fue una sucesión de himnos. 'Una canción para la Magdalena', 'En el bulevar de los sueños rotos' (con dedicatoria a su Chavela Vargas), y ese juego de espejos que es 'Y sin embargo', tras la copla castiza que interpretó de nuevo Barros.
'Noches de boda' y la inevitable 'Y nos dieron las diez' marcaron el cierre, pero todos los presentes sabían que no era aún el final. Y entonces llegó 'Princesa'. Pocas veces un tema tan conocido ha sonado tan a primera vez.
"Ha sido una noche inolvidable en Zaragoza. Ustedes han sido mis cómplices más maravillosos", dijo Sabina. Y se despidió con un "hasta siempre". El sábado repetirá ritual, con entradas también agotadas. Pero lo que pasó este jueves ya no se borra. Porque Joaquín Sabina, aquí en Zaragoza, no se despidió. Se hizo inmortal.