Zaragoza: Un mobiliario urbano que la haga especial
El urbanismo y el mobiliario urbano ayudan a crear marca de ciudad. Las barandillas de la playa de la Concha de San Sebastián, las hermosas farolas de Barcelona o de Valencia, la señalética del metro de París, o del de Madrid, el empedrado de las aceras lisboetas… son elementos fácilmente representativos que nos trasladan hasta esas ciudades en cuanto vemos una imagen de ellos.
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Algo similar ocurre con la plaza Sinués, justo detrás del Principal, en su confluencia con la calle Jaime I. Allí se acumula el monumento al propio José Sinués (integrado con poco acierto en el conjunto de la plaza), un cartel de gran formato, motos por doquier, y en frente de la iglesia de San Gil, contenedores de basura, un quiosco de castañas… ¿Tan complicado es planificar un poco el espacio urbano para que no parezca un pastiche? Por lo visto, en esta ciudad sí.

Sigamos... Ahora nos vamos a la cercana Plaza de Santa Cruz. Una plaza que podría ser preciosa, tranquila… pero de la que también es mejor salir corriendo. Para empezar, se permitió construir hace unos cuantos años un edificio de ladrillo horrible situado en la trasera de la iglesia de Santa Cruz que afea el entorno.
"Las plazas del Casco Antiguo son un buen ejemplo de ello, empezando por la del Pilar. Plazas duras, frías, embaldosadas y sin una pizca de verde"
Y luego, en el centro de la plaza, un triste parterre rodea la Cruz de la que cuelgan unas farolas frías y feas. ¿A nadie se le ha ocurrido arreglar los jardines, poner una fuente en torno a la cruz, y cambiar esas feas luminarias por unos faroles bonitos?

Con poca inversión, la plaza podría dar un cambio tremendo. Imaginad por un momento estar sentados en esa plaza escuchando el susurrar del agua de una fuente en una noche de verano… Ese tipo de detalles es lo que hace una ciudad sea especial.
Esa dejadez urbanística se traslada también a las calles. Calles como Cinco de Marzo son un erial por el que no apetece pasear.
El Coso, en dirección a San Miguel, además de ser una calle fea que merece una reforma urgente, tiene una larga línea para aparcar motos que estropean por completo el ya de por sí pobre paisaje urbano de esta céntrica y maltratada calle.

Y en el caso del mismo Coso, aunque en el tramo reformado a su paso por el Palacio de Sástago, ¿no echáis en falta unos maceteros de madera o de metal con unos arbustos separando la zona peatonal de la zona de paso del tranvía? Esta vía, con unas farolas más bonitas y ese toque verde, daría un salto estético tremendo.

De la reformada plaza de Eduardo Ibarra, mejor nos hablamos. Al margen de gustos estéticos, esta plaza es un sinsentido urbano lleno de parterres, estanques y quioscos que dividen el espacio rebajando la importancia de este espacio urbano.
Esta plaza, en la que se sitúa el Auditorio, se merecía jardines, grandes fuentes frente al Auditorio para reforzar su monumentalidad, esculturas (quizás de músicos de talla mundial como Mozart, o quizás de tenores o de músicos aragoneses).
Pero dejando de lado el estado de calles y plazas, y al margen de reformas estructurales correctas y coherentes, en la ciudad faltan detalles que la hagan especial, como en tantas y tantas ciudades europeas.
En Zaragoza faltan maceteros y flores que hagan más agradables las calles, faltan esculturas, faltan farolas bonitas… no puede ser que en calles comerciales del centro como la calle Zurita las luminarias sean las mismas que pondríamos en un polígono industrial.

A muchos seguro que el tema de poner una farola fea en una calle comercial del centro les parece una tontería, una frivolidad… pero al final, se trata de poner un poco de sentido común aderezado con una pizca de belleza cuando hablamos de reformar nuestros espacios urbanos.
Se trata de pensar, meditar y crear un estilo de ciudad en la que den ganas de vivir, y de la que sentirse orgulloso con calles y plazas bonitas y con vida, en las que se cuiden los detalles y en los que no dé la sensación de que los elementos han sido tirados al azar.
Y mi desesperación es que desde hace muchos años, con cada reforma que se hace (salvo honrosas excepciones, que también las hay), indudablemente se va a peor (y además, te da igual el color político del alcalde que las impulsa).
La Plaza de la Seo dejó de ser un precioso espacio urbano para convertirse en una plaza fría y resbaladiza. La reforma de la Plaza Paraíso se cargó una fuente espectacular de la que en Zaragoza no estamos sobrados precisamente, para dar paso a un espacio anodino que es un simple distribuidor del tráfico peatonal. La reforma del Paseo de las Damas pasó sin pena ni gloria, la fachada del Balcón de San Lázaro perdió la oportunidad de ser un espacio urbanístico de referencia para ser una zona empedrada con 4 fuentecillas y un catafalco que esconde las ruinas de un monasterio que nadie visita… y así podríamos seguir con reformas que empeoran la ciudad sin solución de continuidad.
En muchas ciudades europeas se nota que cuidan la puesta en escena urbanística. La ciudad es como un gran teatro en el que todos los elementos cuentan, y por eso, se esmeran en seleccionar el mobiliario urbano adecuado, se afanan en crear espacios urbanos meditados. Pero aquí, en nuestra querida Zaragoza, se nota desde hace décadas que no hay ambición ni pretensión por hacer una ciudad bonita y con un urbanismo cuidado.
"La ciudad es como un gran teatro en el que todos los elementos cuentan, y por eso, se esmeran en seleccionar el mobiliario urbano adecuado"
Y es un completo error, porque al crear una ciudad anodina, estás invitando a los ciudadanos a no cuidar el espacio urbano, a no tener flores en los balcones, a no cuidar los veladores de las terrazas, a no iluminar las fachadas de los edificios, a no crear escaparates espectaculares… es como una cadena que debe comenzar en el propio Ayuntamiento.
Un Ayuntamiento que en su fachada tiene un claro ejemplo de su falta de gusto estético, con unos maceteros que rompen la simetría y los cánones de belleza situados en sus soportales.

Al final, se trata de tener un poco de imaginación, tener un poco de gusto y del sentido de la estética, y aprovechar los viajes que se hacen para observar las soluciones urbanísticas que se dan en otras ciudades.
Puede a que mucha gente este tipo de cosas les parezcan una banalidad, un derroche, algo que poco importa en el día a día. Pero crear una escena urbana agradable y cuidada, además de hacernos más felices al vivir en espacios bonitos, ayuda a reforzar la autoestima colectiva de las urbes, refuerza la marca de ciudad, y a la larga, proyecta una imagen de ciudad atractiva que permite recibir más turismo, y por extensión, también más inversión.
Y más en este momento de cambio socioeconómico en el que las ventas online se han disparado, y tenemos que hacer las ciudades más bonitas y competitivas que nunca para que los ciudadanos sigan paseando y comprando aquí, y no en internet, o en los grandes centros comerciales de la periferia. Al margen de la estética, de factores como estos depende que nuestra ciudad siga teniendo vida y escaparates iluminados.