La Quinta Julieta, la villa de recreo de la élite zaragozana por la que pasearon Galdós y Sender
A finales del siglo XIX y principios del XX, Zaragoza era una ciudad pujante que no paraba de crecer. Se abrían nuevas calles y avenidas, se preparaba la Exposición Hispano Francesa, los edificios modernistas comenzaban a levantarse para dar un aire de modernidad a la ciudad… Dentro de ese dinamismo tuvieron mucho que ver la burguesía industrial y comercial de la ciudad, deseosa de mostrar al mundo su riqueza y su estilo de vida.
Además de construir fábricas, abrir tiendas y levantar edificios donde vivir, la burguesía también necesitaba espacios de ocio donde disfrutar de sus momentos de asueto y relacionarse con la gente de su clase. Y si había un espacio único dedicado al ocio, y que estaba considerado como un auténtico paraíso, ese era la Quinta Julieta.
En el lugar que hoy ocupa la casa de ejercicios espirituales, a finales del siglo XIX se situó uno de los espacios más maravillosos que nunca han existido en la capital aragonesa. Con cascadas, canales y espectaculares jardines, por la Quinta Julieta pasó la crema y nata de la sociedad del momento, con figuras de la talla de Benito Pérez Galdós, Jacinto Benavente o Emilia Pardo. También el escritor Ramón J. Sender estuvo allí, y tituló como ‘La Quinta Julieta’ una de las partes de sus Crónicas del alba.
En esta obra, Sender narra que «En una de aquellas excursiones matinales con mi hermana buscando aventuras nos alejamos bastante canal arriba y encontramos un barco mucho mayor que mi lancha, todo blanco y en forma de cisne. Cabrían en él unas veinte personas y lo conducía un caballo blanco también que tiraba de él mansamente a lo largo de la verde orilla. Concha se había puesto mi gorra.
En la obra, Sender define la Quinta Julieta como “un lugar paradisíaco. Un verdadero rinconcito del cielo, repleto de paseos, glorietas, césped, cenadores románticos, rincones floridos, rosaledas. Ya te digo, un paraíso. Y es público. Bueno, se paga una peseta por el viaje en la góndola y por la entrada, todo junto”.
EL ORIGEN DE LA QUINTA JULIETA
La Quinta Julieta era propiedad de Enrique Sagols y Ferrer, un hombre polivalente que fue mecánico ingeniero, suscriptor de patentes, perito tasador de tierras o director industrial, entre otras muchas cosas. En 1889 compró la que serían la primera finca de las dos que formarían la Quinta Julieta. Y llamó así a esos terrenos en honor de su esposa, doña Julia Rodrigo Coutens.
Tras unos años plantando especies y árboles de todo tipo, Sagols creó un lugar paradisiaco a orillas del Canal Imperial de Aragón inspirándose en el Monasterio de Piedra. El espacio abrió sus puertas al público en 1897, y para acceder al interior de la quinta, había que comprar una entrada.
Entre los elementos, construyó una cueva con una cascada artificial y un estanque repleto de peces de colores. También había preciosos parterres, pagodas orientales para acoger los aseos, plaza de toros, un coqueto comedor, animales exóticos, palomares, puentes de madera… Hasta esos espacios acudían las clases más acaudaladas de la Zaragoza de Basilio Paraíso a dar paseos, pero también a merendar, a celebrar fiestas, banquetes y verbenas.
Estos espacios no solo sirvieron para que se reuniera la alta burguesía, también se celebraron espectáculos taurinos, juegos acuáticos e incluso certámenes de tiro. Tampoco faltaron los homenajes y fiestas en honor a personajes ilustres.
Hasta esta zona de recreo era común llegar en barcas por el Canal Imperial desde la playa de Torrero. Entre todas las barcas, destacaba especialmente una góndola que tenía forma de cisne, gracias a la figura tallada en la proa. Esta embarcación, estaba bautizada realmente con el nombre de Santa Cecilia, en honor de la hija mayor de los Sagols.
EL FINAL DE LA QUINTA JULIETA
Lamentable, esta ciudad no sabe conservar sus tesoros por maravillosos que sean. Y el final de la Quinta Julieta se produjo cuando Sagols decide trasladarse a San Sebastián, y vendió la Quinta Julieta en 1917 a los padres Jesuitas. Ya un poco antes de la venta, por la finca dejó de manar el agua que se desviaba desde el Canal Imperial.
Con el cambio de propietarios, la Quinta Julieta se transformó en un lugar para rezar y realizar ejercicios espirituales. Y con el paso del tiempo, la Guerra Civil y la posguerra, los jardines fueron decayendo, perdiéndose con el tiempo su patrimonio paisajístico y ornamental. Parte de la finca incluso fue invadida para construir el Tercer Cinturón en 2002. En 2004 aún desapareció el “castillo”, el edificio principal de la vieja Quinta Julieta.
De ese pequeño paraíso, queda todavía la una de las grutas de la que manaba agua camino del estanque repleto de peces de colores. El año pasado, con motivo de la tormenta que anegó Parque Venecia, la Asociación Cultural Anteayer Fotográfico Zaragozano inspeccionó la zona de la Z-30, y descubrieron que en el interior de esa gruta artificial se encontraba uno de los dos leones que custodiaban la zona. Un triste final sin duda para una de las zonas de ocio más hermosas que Zaragoza ha visto jamás y que ha caído en el olvido sin remedio.