El bar de toda la vida de Zaragoza con Jofy García Chopo al mando

Vinos Rubio no es solo un bar, es un patrimonio sentimental de Zaragoza, una declaración de amor a las cosas bien hechas y al sabor de siempre.

En el número 8 de la calle Santa Teresa de la Cruz, cerca de la plaza San Francisco de Zaragoza, se encuentra uno de esos rincones que parecen resistirse al paso del tiempo: Vinos Rubio. Esta taberna, que abrió sus puertas hace 65 años como despacho de vinos, mantiene intacto su espíritu castizo y auténtico, mientras atrae tanto a los clientes de siempre como a nuevas generaciones que buscan sabores tradicionales y un ambiente de los que ya quedan pocos.

El local conserva buena parte de su esencia original: la mítica nevera roja de doce puertas que antaño se enfriaba con bloques de hielo, los toneles para el vino y el vermú a granel, y una barra generosa que invita a conversar, compartir y repetir. Este es el escenario en el que Jofy García y Yolanda Terrer mantienen viva la historia desde hace tres años, cuando tomaron el relevo de manos de Juan Motero, figura histórica del establecimiento.

Desde que asumieron el timón del local, Jofy y Yolanda han sabido conservar la autenticidad de Vinos Rubio, pero también han sumado su sello personal. En la carta siguen brillando los clásicos imprescindibles: mejillones con mayonesa y picante, banderillas, gildas, pepinillos rellenos, langostillos, ensaladas, quesos y embutidos. Pero hay una estrella que se ha ganado su sitio en las preferencias del público: la banderilla de bacalao desalado con piparra y aceituna, un bocado sencillo pero lleno de carácter.

A esta propuesta tradicional se suman algunos toques personales heredados del anterior negocio de Jofy, Bocadicos, el bar que regentó en la calle Baltasar Gracián. De allí han llegado los gratinados, como el de panceta ibérica o el de jamón batido, que han encontrado un público fiel entre quienes buscan algo más caliente o contundente para acompañar el vermú o el vino.

El encanto de Vinos Rubio no está solo en su carta, sino en su atmósfera. Las paredes rezuman historia, las conversaciones fluyen con naturalidad y el tiempo parece detenerse entre sorbo y sorbo. Es una de esas tascas en las que se puede ir solo y salir acompañado, en las que los camareros saben lo que vas a pedir y donde cada cliente es parte de la historia viva del lugar.

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