La taberna de Zaragoza que tiene las '3B' y donde manda Nacho López

En la barra de Nacho conviven embutidos y quesos, bravas, calamares, huevos rotos...

Hay lugares que no necesitan carteles luminosos ni grandes campañas de marketing para hacerse un hueco en el corazón de sus clientes. Basta con la sencillez, la honestidad y, sobre todo, una atención que te hace sentir en casa desde el primer minuto. Así es El Pequeño Cascanueces, un restaurante diminuto en tamaño, pero gigante en carácter, donde Nacho López y su equipo convierten cada cena en una experiencia cercana, sabrosa y entrañable.

Con apenas unas mesas y una barra siempre viva, El Pequeño Cascanueces es uno de esos sitios que, sin proponérselo, se convierten en referencia. El secreto: una cocina casera sin artificios, una carta tan variada como asequible y el inconfundible carisma de su dueño, José Ignacio, o mejor dicho, Nacho, como acaba llamándolo todo el mundo antes de los postres.

De Casa Juanico a su propio rincón

Nacho no es nuevo en esto. Atesora más de 40 años de experiencia tras la barra, buena parte de ellos en el mítico Casa Juanico, donde aprendió los secretos de la tapa zaragozana bien hecha. Allí nació, por ejemplo, una de sus creaciones más celebradas: el ba-con chorreras, una versión personal y sabrosa de una tapa clásica que sigue haciendo las delicias de quienes visitan su actual local.

En El Pequeño Cascanueces, Nacho ha volcado su experiencia y su forma de entender la hostelería: sin pretensiones, pero con muchísimo oficio. Su propuesta combina tapitas variadas, montaditos, raciones tradicionales, guisos del día y un ambiente que se resume en una frase repetida por los clientes: “Nos trató como de su familia”.

En la barra de Nacho conviven embutidos y quesos, bravas, calamares, huevos rotos, verduras con foie o incluso madejas para los más castizos. Las raciones abundantes y los precios razonables son otra de sus señas de identidad. Y si el picoteo no es lo tuyo, también puedes optar por el menú del día, donde hay un protagonista indiscutible: el cocido de los miércoles, del que hablan maravillas quienes han tenido la suerte de probarlo.

Cada plato está elaborado con mimo en cocina por la esposa de Nacho, que maneja los fogones con la misma pasión que él pone en la sala. Juntos forman un tándem que convierte la visita en algo más que una comida: una experiencia de barrio con sabor de verdad. Y por esto se dice con claridad que tiene las 3B: bueno, bonito y barato.

Los clientes lo describen como “coqueto”, “acogedor”, “un sitio sin grandes alardes pero donde se cena muy bien”. El ambiente es relajado, el vino de la casa —un Ribera joven— acompaña perfectamente y el trato es tan cercano que cuesta levantarse de la silla.

Hay quien llega por primera vez y se marcha prometiendo volver. Como unos madrileños que, tras una noche de risas y migas, declararon haber encontrado su sitio en Zaragoza: “Ya tiene a unos fijos en su casa cada vez que visitemos la ciudad”.

Eso sí, conviene reservar con antelación. El local es pequeño, y su buena fama hace que se llene con facilidad, sobre todo en fines de semana.

El Pequeño Cascanueces no busca premios ni estrellas. Pero si existiera una guía que midiera el afecto, la autenticidad y la capacidad de fidelizar con una sonrisa, sin duda estaría en lo más alto. Nacho López y su equipo hacen lo que mejor saben: dar bien de comer y tratar mejor aún. Porque cuando lo pequeño se hace con alma, no hay mesa más grande que la del buen trato.

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