Detectan un contaminante desconocido en la atmósfera y alertan del riesgo para la salud
Un equipo de investigadores de la Universidad de Utrecht y la Universidad de Groningen ha detectado una concentración mucho mayor de lo esperado de metilsiloxanos —un tipo de silicona sintética— en la atmósfera de medio mundo. El hallazgo, publicado en la revista científica Atmospheric Chemistry and Physics, abre un nuevo frente de preocupación: nadie sabe todavía cómo afecta a la salud humana.
El estudio sitúa a estos compuestos como uno de los contaminantes orgánicos más abundantes del aire urbano y, sin embargo, hasta ahora habían pasado prácticamente desapercibidos para la comunidad científica. Los metilsiloxanos son siliconas líquidas que se utilizan a diario en miles de productos: cosméticos, champús, desodorantes, detergentes, lubricantes industriales y aceites de motor. Su presencia en aerosoles, perfumes o cremas se daba por hecha. Lo que no se daba por hecho es que estuvieran flotando en la atmósfera en cantidades tan altas.
Las muestras recogidas demuestran que entre el 2 y el 4,3% de los aerosoles orgánicos atmosféricos analizados corresponden a este tipo de silicona. La cifra puede parecer modesta, pero en términos químicos es enorme: convierte a los metilsiloxanos en uno de los componentes individuales más representativos del aire que respiramos en zonas pobladas. Y los investigadores reconocen que el dato les ha pillado por sorpresa.
Un contaminante en ciudades, bosques y costas
Lo que ha sorprendido al equipo holandés no es solo la cantidad, sino la distribución. Los metilsiloxanos no aparecen únicamente en las grandes urbes. Se detectan en entornos rurales, en zonas costeras e incluso en áreas forestales remotas. Eso significa que no se quedan donde se emiten: viajan. Y viajan lejos.
Las mediciones más altas se registraron en São Paulo, con 98 nanogramos por metro cúbico de aire, una concentración propia de una megaciudad con tráfico denso e industria pesada. En el extremo opuesto se sitúa el bosque lituano de Rugteliskis, con apenas 0,9 nanogramos por metro cúbico. Entre uno y otro punto hay un gradiente que dibuja con bastante claridad cómo se mueve el contaminante por el continente: más donde hay coches, menos donde no los hay, pero presencia constante en todos los puntos analizados.
Rupert Holzinger, profesor asociado de la Universidad de Utrecht y codirector del estudio, ha reconocido al medio Meteored que «los resultados sugieren que las concentraciones de metilsiloxanos en la atmósfera son mucho mayores de lo esperado». La frase, en boca de un investigador acostumbrado a medir contaminantes atmosféricos, no es menor.
El aceite de motor, principal sospechoso
Durante años se pensó que estas siliconas llegaban al aire por una vía sencilla: la evaporación de los productos cosméticos y de limpieza que las contienen. Cada ducha, cada aplicación de crema, cada lavadora aportaría su pequeña dosis. La hipótesis tenía lógica, pero el nuevo estudio la desmonta en buena medida.
Los datos apuntan a un origen muy distinto. Más de la mitad de los metilsiloxanos detectados en la atmósfera proceden del tráfico, y de forma muy concreta del aceite de motor que utilizan los vehículos terrestres y marítimos. La huella química de estos compuestos coincide con la de los hidrocarburos de cadena larga propios de los lubricantes, lo que ha permitido a los investigadores trazar el origen con bastante seguridad.
Hay además un detalle que los preocupa especialmente. A diferencia de otros hidrocarburos, los metilsiloxanos no se diluyen ni se degradan con facilidad durante su transporte por la atmósfera. Permanecen estables. Eso explica por qué se detectan tan lejos de los focos de emisión y por qué aparecen incluso en bosques aparentemente limpios. Una vez en el aire, se mueven y se mueven mucho.
El gran interrogante: ¿qué le hace a la salud?
Aquí está la parte incómoda. Pese a que millones de personas respiran metilsiloxanos a diario, la ciencia no tiene respuestas claras sobre cómo afectan al organismo. No hay estudios suficientes. No hay valores límite establecidos. No hay protocolos de medición rutinaria. El contaminante lleva décadas entrando en los pulmones humanos sin que nadie haya cuantificado el riesgo.
Holzinger lo expone sin rodeos: «Estimamos que la dosis diaria de inhalación de metilsiloxanos puede superar la de otros componentes sintéticos, como los PFAS y los micro y nanoplásticos. Por lo tanto, recalcamos la necesidad urgente de evaluar estos impactos en la salud». La comparación es elocuente. Los PFAS —los llamados «contaminantes eternos»— y los microplásticos llevan años copando titulares y debates regulatorios en la Unión Europea. Los metilsiloxanos podrían estar, según el equipo holandés, en una concentración inhalada incluso mayor.
Posibles efectos en el clima
Más allá de la salud, hay otra incógnita sobre la mesa: el papel de estas moléculas en el cambio climático. Los metilsiloxanos tienen un peso molecular alto, y eso, en términos atmosféricos, significa que pueden modificar el comportamiento de los aerosoles en los que se incorporan. Y los aerosoles son piezas clave en procesos como la formación de nubes o la nucleación del hielo, dos engranajes esenciales del sistema climático.
El estudio no afirma todavía qué impacto tienen, pero sí abre la puerta a una hipótesis preocupante: que estos compuestos estén alterando, de forma silenciosa, dinámicas atmosféricas que la ciencia creía bien comprendidas. La investigación apunta a que serán necesarios años de trabajo de campo y modelización para responder con datos sólidos.
Un nuevo capítulo en la lista de contaminantes invisibles
El descubrimiento sitúa a los metilsiloxanos en la lista cada vez más larga de contaminantes que la sociedad emite a diario sin saber del todo qué consecuencias tienen. PFAS, microplásticos, nanoplásticos y, ahora, siliconas atmosféricas. Todos comparten un patrón común: aparecen en productos cotidianos, son persistentes y se detectan en lugares en los que no deberían estar.
El equipo holandés reclama que se incorpore esta familia de compuestos a las redes europeas de vigilancia atmosférica, hoy centradas en óxidos de nitrógeno, partículas en suspensión, ozono o dióxido de azufre. Y pide presupuesto específico para estudiar sus efectos toxicológicos. Mientras tanto, el aceite de motor —ese gesto tan rutinario de cualquier taller— se confirma como una fuente de contaminación atmosférica con muchas más capas de las que parecía a simple vista.