El "grifo del agua caliente" que puede fundir la Antártida: lo que revela un estudio de Cambridge

Investigadores combinan datos de boyas robóticas e IA para detectar un cambio que los modelos climáticos llevaban años prediciendo

Un estudio liderado por la Universidad de Cambridge ha confirmado, por primera vez con datos observacionales, que una masa de agua cálida llamada agua profunda circumpolar se ha desplazado hacia la plataforma continental antártica durante las últimas dos décadas. El hallazgo, publicado en la revista Communications Earth & Environment, amenaza directamente las plataformas de hielo que contienen los glaciares del continente y tiene implicaciones para el nivel del mar en todo el planeta.

La investigación, que ha tardado décadas en construirse, no es un estudio cualquiera. Combina mediciones históricas tomadas por barcos oceanográficos con datos continuos recogidos por una red global de boyas autónomas —el programa Argo— y los procesa mediante aprendizaje automático para reconstruir instantáneas mensuales del océano durante los últimos cuarenta años. El resultado es el registro más completo jamás obtenido del Océano Austral, ese anillo de agua que rodea la Antártida y que regula buena parte del clima global.

Qué está pasando en las profundidades del Océano Austral

Hasta ahora, las observaciones directas del Océano Austral se limitaban a transectos realizados por barcos aproximadamente una vez por década. Útiles, pero insuficientes para detectar tendencias de largo plazo. Con el nuevo método, los investigadores —entre ellos científicos de la Institución Scripps de Oceanografía y la UCLA— han podido ver algo que los modelos climáticos venían advirtiendo desde hace años: el agua profunda circumpolar, una masa de agua relativamente cálida que circula a cientos de metros de profundidad, se está expandiendo y acercando cada vez más al borde continental de la Antártida.

"Es algo que los modelos climáticos habían predicho debido al calentamiento global, pero no lo habíamos visto en los datos", afirmó Joshua Lanham, autor principal del estudio e investigador del Departamento de Ciencias de la Tierra de Cambridge. Ahora sí se ve. Y lo que se ve no es tranquilizador.

La explicación más intuitiva la ofreció la profesora Sarah Purkey, del Instituto Scripps de Oceanografía: "Antes, las capas de hielo estaban protegidas por una masa de agua fría que impedía su derretimiento. Ahora parece que la circulación oceánica ha cambiado, ¡y es como si alguien hubiera abierto el grifo del agua caliente!". La metáfora es gráfica, pero también precisa. Más del 90 % del exceso de calor generado por el calentamiento global se almacena en los océanos, y el Austral absorbe la mayor parte de ese calor de origen humano.

Por qué el deshielo antártico importa más allá del Polo Sur

Las plataformas de hielo antárticas no son solo masas de agua congelada flotando en el mar. Actúan como muros de contención de los glaciares y capas de hielo del interior del continente. Cuando se debilitan o se fragmentan, el hielo terrestre avanza hacia el océano con mayor facilidad, se derrite y eleva el nivel del mar. Las estimaciones son escalofriantes: el hielo almacenado en la Antártida contiene suficiente agua dulce como para subir el nivel del mar en torno a 58 metros si se derritiera por completo. No sucederá de golpe, pero cada décima de grado cuenta.

El mecanismo que describe el estudio es claro: la producción de agua fría y densa —que normalmente se forma cerca de los polos cuando el agua superficial se enfría y se hunde— está disminuyendo en la Antártida. Esa agua fría ejercía de barrera natural frente al avance de las aguas profundas más cálidas. Al reducirse, el agua circumpolar más cálida ocupa ese espacio y avanza hacia el continente. Es física básica, pero con consecuencias de primera magnitud.

El profesor Ali Mashayek, otro de los autores principales del Departamento de Ciencias de la Tierra de Cambridge, subraya que las implicaciones van más allá del deshielo: "El océano Austral desempeña un papel fundamental en la regulación del calor global y el almacenamiento de carbono. Los cambios en la distribución del calor en esta región tienen implicaciones más amplias para el sistema climático global". En otras palabras, lo que ocurre en las profundidades del océano antártico afecta a las corrientes oceánicas de todo el planeta, incluida la Circulación de Vuelco Meridional del Atlántico, la famosa AMOC, cuyo debilitamiento está siendo ya objeto de intensa investigación.

De los modelos a la realidad: un umbral cruzado

Uno de los aspectos más relevantes de este estudio es precisamente ese salto: pasar de la predicción modelizada a la evidencia observacional. Los modelos climáticos del IPCC llevaban años señalando que el calentamiento global y el aporte de agua dulce procedente del deshielo reducirían la formación de agua fría y densa, abriendo paso a las masas de agua más cálidas. El estudio de Cambridge es la primera confirmación empírica de que ese proceso ya está en marcha.

"Ahora podemos ver que este escenario ya se está manifestando en las observaciones", dijo Lanham. "No se trata solo de un posible escenario futuro sugerido por los modelos; es algo que está sucediendo ahora mismo". La diferencia entre una predicción y una constatación no es menor en ciencia del clima. Significa que los tiempos se acortan, que los márgenes para actuar son más estrechos de lo que algunos modelos sugerían.

Eso sí, los investigadores son cautelosos al proyectar velocidades de cambio. El estudio no cuantifica cuánto hielo se perderá ni en qué plazo, sino que establece la tendencia. El paso siguiente es integrar estos datos en modelos más refinados que permitan estimar con mayor precisión las consecuencias sobre el nivel del mar y la circulación oceánica global.

De momento, el mensaje que llega desde Cambridge es inequívoco: el grifo lleva abierto al menos veinte años, y el agua se está calentando.

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