El pozo más antiguo de la Península Ibérica vuelve a tener agua tras una década seco
El pozo más antiguo y profundo de la Península Ibérica vuelve a tener agua. Las lluvias caídas durante el invierno y las primeras semanas de esta primavera han logrado lo que no ocurría desde hace una década: que el nivel freático suba lo suficiente como para que el agua aflore de nuevo en el yacimiento arqueológico de la Motilla del Azuer, en Daimiel (Ciudad Real). Un pozo construido hace 4.000 años, en plena Edad del Bronce, que recupera así la función para la que fue levantado.
La noticia ha corrido rápido. Desde que el agua volvió a aparecer en la base del pozo, cientos de visitantes se han acercado al yacimiento para verlo con sus propios ojos. Y tiene sentido: contemplar ese reflejo de agua en el fondo de una estructura milenaria es, según quienes lo han visto, algo difícil de olvidar.
La recarga del acuífero, clave para entender lo ocurrido
El responsable del yacimiento, el arqueólogo Miguel Torres, lo explica con claridad: "Las lluvias han evidenciado una recarga del acuífero y la subida del nivel freático, lo que ha permitido que el agua vuelva a aparecer en la parte arqueológica del pozo." Actualmente, el agua se sitúa aproximadamente entre un metro y un metro y medio desde la base, una cantidad modesta pero suficiente para devolver al pozo su aspecto original y su significado histórico.
No es la primera vez que algo así ocurre. Hace diez años el pozo se llenó parcialmente, pero el agua desapareció poco después. Esta vez, la magnitud de las precipitaciones acumuladas durante los meses de invierno y el inicio de la primavera ha generado una recarga más sólida del acuífero subyacente. Ahora bien, habrá que esperar para saber si el agua se mantiene o vuelve a desvanecerse con el avance del verano y el calor.
Lo que no admite dudas es la excepcionalidad de la estructura. Con más de doce metros de profundidad bajo el nivel de la superficie, este pozo no tiene parangón en toda la Península Ibérica. "Tuvieron que excavar mucho para alcanzar el nivel freático", señala Torres, y eso, hace 4.000 años, sin maquinaria ni tecnología moderna, supone un esfuerzo colosal que habla de la organización y la capacidad técnica de aquellas comunidades prehistóricas.
Qué es una motilla y por qué este yacimiento es único
El término "motilla" designa uno de los tipos de asentamiento prehistórico más singulares de toda la Península Ibérica. Son montículos artificiales de entre cuatro y diez metros de altura, reforzados con varias líneas de murallas concéntricas, y su distribución se concentra casi en exclusiva en la llanura manchega, separados entre sí por distancias de cuatro a cinco kilómetros. Siempre cerca del agua: junto a ríos, lagunas y zonas palustres.
La Motilla del Azuer, situada a catorce kilómetros del municipio de Daimiel, junto al río que le da nombre, es la más conocida y estudiada de todas. Su sistema de fortificación impresiona incluso hoy: muros de mampostería que llegaron a superar los ocho metros de alzado, una torre, tres líneas concéntricas de murallas y un gran patio interior al que se accede por rampas embutidas en estrechos pasillos. Una arquitectura defensiva que, vista desde fuera, tiene más de ciudadela que de poblado rural.
Pero la fortaleza no era solo un refugio. En su interior se realizaban actividades fundamentales para la supervivencia del grupo: se almacenaba y procesaba cebada y trigo a gran escala, se producía cerámica, se guardaba el ganado. Y, sobre todo, se custodiaba el acceso al agua. El pozo no era un elemento secundario del conjunto: era su razón de ser, el recurso en torno al cual se organizaba toda la vida del asentamiento.
Una necrópolis que revela cómo vivían y morían hace 4.000 años
El yacimiento no se agota en la fortificación. La Motilla del Azuer contaba también con una necrópolis donde los arqueólogos han hallado restos humanos en posición encogida, depositados en fosas simples o en fosas revestidas con muretes de mampostería o lajas hincadas. Un detalle especialmente llamativo: en el caso de los niños, sus cuerpos eran colocados en el interior de vasijas cerámicas. Una práctica funeraria que no era exclusiva de esta zona, pero que aquí aparece documentada con notable claridad.
Estos hallazgos permiten reconstruir, aunque sea parcialmente, cómo era la vida —y la muerte— de las comunidades que habitaron la llanura manchega durante la Edad del Bronce. Gente que construyó estructuras monumentales, que organizó la producción de alimentos y la gestión del agua con una sofisticación sorprendente para la época, y que enterraba a sus muertos con rituales precisos y cargados de simbolismo.
Un yacimiento visitable que ahora vive un momento especial
La Motilla del Azuer es un yacimiento abierto al público, lo que lo convierte en una oportunidad poco habitual: la de pasear literalmente por un poblado prehistórico de hace cuatro milenios. Las excavaciones han dejado al descubierto estructuras suficientemente conservadas como para que la visita tenga un valor didáctico y emocional real.
La vuelta del agua al pozo añade ahora una capa extra de atractivo. Ver funcionar, en cierto modo, una infraestructura hidráulica de la Edad del Bronce —aunque sea gracias a las lluvias de este invierno y no a la mano de sus constructores— es una experiencia que los responsables del yacimiento esperan que ayude a poner en valor este patrimonio. "Ayuda a comprender mejor la importancia que tuvo para las comunidades prehistóricas que habitaron la zona", concluye el arqueólogo Miguel Torres.
La pregunta que queda en el aire es cuánto durará esta vez. El nivel freático de la llanura manchega ha sufrido en las últimas décadas una presión enorme por la extracción agrícola de agua subterránea, lo que ha contribuido al deterioro de ecosistemas como las Tablas de Daimiel, situadas a escasos kilómetros del yacimiento. Que el acuífero haya respondido con esta subida tras las lluvias de este año es una señal, al menos, de que algo se está recuperando.