Terremoto, ciclón y tormentas: el 'apocalipsis' llegó a Zaragoza hace 100 años

Muchos ciudadanos llegaron a hablar, sin exagerar demasiado, del "fin del mundo".

El 10 de julio de 1923, Zaragoza vivió una de las jornadas meteorológicas más impactantes de su historia reciente. En apenas unas horas, la capital aragonesa fue sacudida por un temblor de tierra, azotada por un ciclón y arrasada por una serie de tormentas que dejaron un reguero de destrucción y desolación. Los medios locales de la época no dudaron en calificar los acontecimientos como "los elementos naturales en furia" y muchos ciudadanos llegaron a hablar, sin exagerar demasiado, del "fin del mundo".

A las seis de la mañana se registró un leve movimiento sísmico. Lo que en un primer momento se describió como "una suavísima oscilación", terminó percibiéndose con intensidad, provocando incluso que las campanas de iglesias y conventos repicaran solas. Apenas ocho horas después, sobre las dos de la tarde, un ciclón barrió la ciudad, arrancando árboles, derribando chimeneas como las de la fábrica Galletas Patria y causando cuantiosos daños materiales.

Pero lo peor aún estaba por llegar. Aquel día se encadenaron hasta siete horas de tormentas intensas. Rayos, truenos y granizo del tamaño de piedras grandes convirtieron la tarde en un caos absoluto. En el barrio de San Juan de Mozarrifar, el desbordamiento de cauces dejó hasta tres metros de agua. Treinta y tres casas se derrumbaron y decenas de personas tuvieron que ser rescatadas en barca. Las comunicaciones con el barrio quedaron interrumpidas durante más de 15 horas.

En otros puntos de la ciudad, como Torrero, la falta de suministro eléctrico se prolongó durante días. En el paseo de Sagasta, todos los cristales de las fachadas orientadas al oeste estallaron bajo la fuerza del pedrisco. En el paseo de Pamplona, una tapia entera se vino abajo, y los árboles cayeron desde Ruiseñores hasta Montemolín.

El fenómeno se completó con la crecida de los ríos Jalón y Jiloca, lo que provocó graves pérdidas en localidades como Daroca, Alfajarín, Luna, Aguarón y Cuarte de Huerva. La huerta zaragozana también sufrió un duro golpe, con cultivos arrasados y caminos intransitables.

Los diarios de la época narraban los hechos con un sorprendente lirismo pese a la gravedad: "Unos nubarrones bajos y cárdenos hacían tan espesa la cerrazón que en las habitaciones interiores fue preciso encender las luces". Se relataba cómo "volaron persianas y toldos, se golpeaban puertas y balcones con gran estrépito, y hubo balcones de los que fue preciso retirar, pasada la tormenta, hasta ocho kilos de piedra acumulada".

Cien años después, este episodio sigue vivo en la memoria colectiva de los zaragozanos, como uno de los peores temporales registrados en la ciudad. Una jornada para la historia en la que la naturaleza impuso su ley sin previo aviso.

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