El país que durante décadas limitó los hijos por ley ahora paga por tenerlos: el giro demográfico de China
Durante décadas, China multaba a las familias que tenían más de un hijo. Hoy las paga por tenerlos. El giro es tan radical como el problema que lo explica: la población china lleva cuatro años consecutivos cayendo, la tasa de natalidad marcó un mínimo histórico en 2025 y Pekín se enfrenta a un envejecimiento acelerado que amenaza con descarrilar su modelo económico.
Para frenarlo, el Gobierno ha anunciado un plan que bautiza como la construcción de una "sociedad favorable a la natalidad" y que movilizará este año alrededor de 180.000 millones de yuanes —unos 25.800 millones de dólares— en incentivos, subsidios y coberturas sanitarias.
Es uno de los mayores esfuerzos de ingeniería demográfica que se han visto en el mundo moderno. Y parte de un punto de partida especialmente difícil: el propio Estado chino pasó décadas suprimiendo activamente la natalidad con su política del hijo único, vigente entre 1980 y 2015. Las consecuencias de aquella decisión están llegando ahora con toda su fuerza.
El embarazo gratis y los subsidios por hijo
Las medidas concretas del plan son ambiciosas. La más llamativa es el compromiso de que en 2026 las mujeres no tengan "gastos de bolsillo" durante el embarazo: todos los costes médicos, incluida la fecundación in vitro, serán reembolsables en su totalidad por el fondo nacional de seguro médico. Es una apuesta directa por eliminar uno de los frenos más citados por las familias chinas para no tener hijos: el coste económico del proceso.
A eso se suma la subvención nacional por hijos, introducida por primera vez el año pasado, que el Gobierno mantendrá y ampliará. También se extenderán los servicios de cuidado infantil subvencionados y se reforzarán las políticas de educación preescolar gratuita. El plan contempla además aumentar la oferta de plazas en la enseñanza secundaria y fijar un gasto público en educación superior al 4% del PIB.
En paralelo, el Gobierno se ha comprometido a mejorar el apoyo a la vivienda para las familias con hijos y a "fomentar actitudes positivas hacia el matrimonio y la maternidad". Esta última medida, de naturaleza más cultural que económica, apunta a uno de los fenómenos que más preocupa a las autoridades chinas: la creciente proporción de jóvenes —especialmente mujeres con estudios superiores— que rechazan activamente el matrimonio y la maternidad como proyecto de vida.
El envejecimiento que viene
El otro lado del problema demográfico chino es el envejecimiento. Para 2035, se prevé que el número de chinos mayores de 60 años alcance los 400 millones, una cifra equivalente a las poblaciones combinadas de Estados Unidos e Italia. Cientos de millones de personas abandonarán la población activa en un periodo muy corto, en un momento en que los presupuestos de pensiones ya están sometidos a una presión creciente.
Para hacer frente a ese escenario, China ya ha dado un paso que genera tensión social: ha aumentado la edad de jubilación. Los hombres trabajarán ahora hasta los 63 años, frente a los 60 anteriores. Las mujeres, hasta los 58, frente a los 55. Es un ajuste modesto comparado con el de otros países europeos, pero en China supone un cambio cultural de calado en una sociedad que ha construido su modelo de vejez sobre la jubilación temprana y el cuidado familiar intergeneracional.
El Gobierno ha anunciado también el desarrollo de lo que denomina "economía plateada": un conjunto de políticas orientadas a las personas mayores de 60 años que incluye nuevos servicios de atención, mejoras en la financiación de pensiones y medidas específicas para las zonas rurales, donde el envejecimiento es más severo y los servicios más escasos.
Un problema sin solución rápida
Los economistas y demógrafos son escépticos sobre la capacidad de los incentivos económicos para revertir tendencias de natalidad estructuralmente bajas. Corea del Sur, Japón y varios países europeos llevan décadas gastando cantidades ingentes en políticas pronatalistas con resultados limitados. La evidencia disponible sugiere que, una vez que una sociedad adopta el modelo de familia pequeña, resulta muy difícil revertirlo con subsidios.
China parte además de una situación agravada por sus propias decisiones históricas. La política del hijo único no solo redujo la natalidad durante décadas: también generó un desequilibrio de género —con más hombres que mujeres en edad fértil— y una cultura familiar en la que la idea de tener dos o tres hijos resulta ajena para buena parte de la población joven.
Los 25.800 millones de dólares que Pekín destinará este año son una señal de que el problema se toma en serio al más alto nivel. Si serán suficientes para cambiar la tendencia es, de momento, una pregunta sin respuesta.