El plan de Juan Carlos Bandrés y el cluster CICA para revolucionar la construcción en Aragón ya está en marcha
La construcción aragonesa se enfrenta a una paradoja: nunca se le ha exigido tanto —más vivienda, más rehabilitación, más obra pública y más eficiencia energética— y, sin embargo, pocas veces ha tenido tan claro que el modelo tradicional ya no da. Falta mano de obra, los plazos se tensan, los costes se disparan y la presión por descarbonizar el sector crece.
En ese contexto, la apuesta por el Clúster Industrial de la Construcción de Aragón (CICA) no es un gesto corporativo más: es un intento de ordenar el sector, ganar músculo y acelerar una transformación que, en la práctica, decide si Aragón podrá o no responder a su propia demanda de vivienda e infraestructuras.
Esa es la lectura de Juan Carlos Bandrés, presidente de CICA, que ha planteado el clúster como una herramienta para convertir un sector históricamente fragmentado en un ecosistema coordinado. La idea de fondo es simple y ambiciosa a la vez: pasar de la competencia aislada a la cooperación inteligente en ámbitos donde el beneficio es colectivo —innovación, formación, digitalización, industrialización— y donde cada empresa, por sí sola, avanza demasiado lento.
Industrializar para construir más y mejor
Bandrés sitúa la industrialización como la gran palanca del cambio. No es solo prefabricar o modular; es rediseñar procesos para ganar productividad, reducir incertidumbre y mejorar calidad. Aragón, con una demanda creciente de vivienda y un mercado tensionado por la falta de oferta, necesita que el sector sea capaz de producir más sin sacrificar estándares. Y ahí, el modelo clásico —obra muy artesanal, dependiente de disponibilidad de cuadrillas y con márgenes de error altos— muestra límites evidentes.
La industrialización también conecta con otro objetivo: atraer talento. Un sector que se percibe como duro, poco tecnológico y con trayectorias laborales inestables tiene dificultades para incorporar perfiles jóvenes. Convertir la obra en un proceso más planificado, con más trabajo en taller y menos improvisación a pie de obra, no solo mejora tiempos: cambia la imagen de la construcción como salida profesional.
Digitalización y datos: del “oficio” al proceso
La segunda pieza del cambio es la digitalización, entendida no como comprar software, sino como introducir método: BIM, trazabilidad de materiales, planificación avanzada, control de costes y gestión de calidad. Bandrés plantea que el salto no será completo si la digitalización se queda en la capa superficial. El objetivo es un sector capaz de trabajar con datos, anticipar problemas y reducir sobrecostes, justo en un momento en el que cualquier desviación presupuestaria puede hacer inviables promociones enteras.
Esa visión es especialmente relevante en la obra pública y en los grandes proyectos de rehabilitación, donde la eficiencia en la contratación y el control de ejecución se ha vuelto clave. El clúster aspira a convertirse en un espacio donde esas prácticas se compartan y se escalen.
Sostenibilidad: rehabilitación como oportunidad (y desafío)
La tercera gran línea es la rehabilitación y la eficiencia energética, que en los próximos años marcarán parte del negocio. Europa empuja, las normativas aprietan y el parque de vivienda envejecido exige actuaciones masivas. Bandrés interpreta este campo como una oportunidad histórica, pero también como un riesgo: si no se estructura una cadena de valor potente (materiales, empresas, instaladores, financiación, tecnología), Aragón se quedará sin capacidad para ejecutar al ritmo necesario.
Aquí, el papel del clúster es actuar como catalizador: identificar cuellos de botella, impulsar proyectos de innovación y ayudar a que la rehabilitación deje de ser un conjunto de pequeñas obras dispersas para convertirse en un mercado profesionalizado.
El gran problema: recursos humanos
El punto más delicado —y quizá el más urgente— es la falta de mano de obra. Bandrés lo plantea como un reto estructural: no basta con “buscar gente”, hay que reconstruir el atractivo del sector, mejorar formación, ordenar perfiles y conectar necesidades reales con FP, universidades y programas de recualificación. En un horizonte de crecimiento de proyectos, la escasez de trabajadores puede convertirse en el freno principal incluso por encima del precio del suelo o del crédito.
El clúster, en esta visión, no es solo un foro: es una plataforma para diseñar soluciones compartidas en formación y empleo, en coordinación con administración, centros tecnológicos y colegios profesionales.
2026 y 2027: consolidación con resultados
Bandrés insiste en que el siguiente ciclo debe ser el de la consolidación: menos discurso y más proyectos. Con una base de socios en crecimiento, CICA busca convertir su estructura en un motor de iniciativas concretas, capaces de traducir la cooperación en ventajas competitivas reales para el sector aragonés.
La clave será si el clúster logra algo que en construcción siempre ha costado: alinear a actores muy distintos —promotores, constructoras, industria auxiliar, ingeniería, arquitectura, administración— bajo un marco común de innovación y productividad. Si lo consigue, Aragón puede ganar velocidad en un momento en el que construir no es solo levantar edificios: es sostener vivienda, empleo, inversión y competitividad.
En el fondo, la apuesta de Bandrés es una: que la construcción deje de ser un sector que reacciona tarde y empiece a comportarse como una industria que planifica, innova y atrae talento. Y esa, para Aragón, es una discusión que ya no admite demora.

