Por qué ningún empresario aragonés quiere entrar en el Real Zaragoza: la pregunta incómoda que nadie responde
El comunicado que el Real Zaragoza publicó este domingo, apenas consumado el descenso a Primera RFEF, incluía una frase que no era nueva. "Nuestro accionariado está abierto a la entrada de aficionados o empresarios aragoneses con arraigo en Aragón, con el objetivo común de ayudar en el proyecto para regresar al fútbol profesional", escribía el Consejo de Administración.
Una declaración de intenciones que, según fuentes conocedoras de las conversaciones mantenidas en los últimos meses, lleva tiempo sobre la mesa sin haber encontrado respuesta positiva.
Juan Forcén, el único accionista aragonés dentro de la actual estructura de propiedad del Real Zaragoza, ha sido el principal impulsor de esa iniciativa.
Según las mismas fuentes, Forcén ha tanteado durante los últimos meses a decenas de grandes patrimonios y familias empresariales aragonesas con el objetivo de abrirles la puerta del accionariado del club. El resultado, hasta la fecha, ha sido el mismo en todos los casos: ningún empresario aragonés ha dado el paso de forma clara ni ha mostrado un interés decidido por entrar en la propiedad del club. El descenso consumado este domingo no simplifica ese escenario. Al contrario.
Aragón tiene capacidad económica para sostener un proyecto deportivo de envergadura. La comunidad cuenta con un tejido empresarial sólido, con grandes patrimonios familiares y con una tradición industrial y agroalimentaria que ha generado fortunas considerables en las últimas décadas.
El problema no es el dinero
El dinero, en abstracto, no es el problema. Aunque, eso sí, el montante total por el que se valora el club no es pequeño: unos 60 millones de euros para adquirir la totalidad de las acciones. Un valor societario que, con la pérdida del fútbol profesional, está por revaluarse a corto plazo.
El problema es lo que se compra con ese dinero. Y lo que ofrece el Real Zaragoza en este momento —un club que acaba de descender a Primera RFEF, con una gestión deportiva que ha pasado por nueve entrenadores en cuatro años, sin una parcela deportiva consolidada y con una Ciudad Deportiva en estado de deterioro— no es precisamente el activo más atractivo para un inversor que pone en juego su nombre, su reputación y su capital.
Como mucho, está la participación en la sociedad Nueva Romareda SL que está ejecutando las obras de la Nueva Romareda, un activo que en su construcción cuesta en torno a los 150 millones de euros y se prevé su comercialización con los usos terciarios aún por definir. Fuentes conocedoras de esta situación apuntan que los posibles usos estarán relacionados con viviendas de flex living o residencia hotelera de media y larga temporada.
Pese a ello, entrar en el accionariado de un club de fútbol no es solo una decisión financiera. Es también una decisión de imagen y de exposición pública. En Aragón, donde el zaragocismo impregna buena parte de la vida social y cultural, asociarse al Real Zaragoza en el momento de su mayor fracaso histórico tiene un coste reputacional que muchos empresarios no están dispuestos a asumir.
Fuentes conocedoras de las conversaciones describen un escenario en el que el interés por el club existe a nivel emocional —prácticamente todos los empresarios aragoneses contactados son zaragocistas— pero no se traduce en disposición real a invertir. La razón que se repite en esas conversaciones es siempre la misma: la falta de un proyecto deportivo claro y la ausencia de una estructura de gestión que genere confianza.
Un empresario aragonés que entra en el accionariado del Zaragoza no solo pone dinero: también pone su nombre en un proyecto que, hasta ahora, no ha sabido definir con claridad adónde va, quién lo dirige deportivamente ni con qué modelo quiere construir un equipo competitivo. Mientras esas preguntas no tengan respuesta, la apelación a la vinculación emocional con el club no es suficiente para cerrar una operación de este tipo.
El círculo vicioso del atractivo perdido
Hay un factor adicional que complica la ecuación. El Real Zaragoza de hoy no es el club que era hace veinte años. No es el de la Recopa de Europa, el de los campeones del mundo en plantilla, el de las semifinales de Copa. Es un club que lleva casi quince años alejado de la élite, que ha perdido parte de su identidad deportiva y que, a ojos del mercado, ha dejado de ser la potencia que justificaba el interés inversor.
Los clubes que atraen inversión privada local son los que ofrecen una combinación de arraigo emocional, proyecto deportivo creíble y perspectiva de revalorización. El Real Zaragoza tiene el primero en abundancia. Le faltan el segundo y el tercero. Y sin ellos, la apelación al zaragocismo de los empresarios aragoneses no cierra la operación.
El círculo es difícil de romper: el club necesita inversión local para mejorar su proyecto, pero sin un proyecto mejorado no consigue atraer esa inversión. Juan Forcén lo ha comprobado en primera persona en los últimos meses.
El descenso como punto de inflexión
La incógnita ahora es si el descenso a Primera RFEF cambia algo en ese escenario. Hay dos lecturas posibles. La primera, la más pesimista: un club en tercera categoría es aún menos atractivo para un inversor que un club en Segunda División. El descenso aleja más el proyecto de cualquier horizonte de rentabilidad o de visibilidad.
La segunda lectura es más matizada: el descenso puede actuar como un electroshock que obligue a una reestructuración real del club, con cambios en la gestión deportiva, mayor transparencia y un proyecto más claro. Si eso ocurre, el escenario para atraer inversión aragonesa podría mejorar. No de forma inmediata, pero sí a medio plazo.
Lo que está claro es que el comunicado de este domingo, con su llamada a empresarios y aficionados aragoneses, no funcionará por sí solo. Ya se ha lanzado antes ese mensaje, en distintos formatos y contextos, y la respuesta ha sido siempre la misma. Para que algo cambie, tendrá que cambiar primero algo dentro del club.



