Editorial | Vivimos peor que hace 20 años y fingimos que no pasa nada: la degradación de España
España vive una degradación lenta y silenciosa: servicios públicos peores, salarios estancados, infraestructuras abandonadas y una peligrosa normalización del deterioro.
España no se ha hundido de golpe. No ha habido un gran colapso, ni una fecha marcada en rojo en el calendario que podamos señalar como el inicio de todo. Lo que ha ocurrido —y sigue ocurriendo— es algo mucho más peligroso: una degradación lenta, constante, casi imperceptible, que hemos aprendido a aceptar como normal. Vivimos peor que hace veinte años y, lo más inquietante, fingimos que no pasa nada.
Todo funciona un poco peor. No de forma escandalosa, sino lo justo para que nos acostumbremos. Las infraestructuras envejecen sin el mantenimiento adecuado. Las carreteras muestran un deterioro impropio de un país desarrollado. Coger un tren ya no es sinónimo de fiabilidad, sino una lotería en la que no siempre sabes si llegarás a tiempo... o si tendrá un accidente o contratiempo.
La sanidad pública se atasca en listas de espera interminables, con diagnósticos tardíos y una saturación que se ha cronificado. Las ciudades están más sucias, peor iluminadas y la sensación de inseguridad ha aumentado. No de manera abrupta, sino gota a gota. Y precisamente por eso hemos dejado de reaccionar.
La normalización es el verdadero problema. Nos hemos acostumbrado a pagar más por lo básico, a que el precio de los alimentos, la energía o el combustible suba sin que los salarios acompañen. A trabajar más horas por menos poder adquisitivo.
A vivir en pisos cada vez más pequeños y más caros. A retrasar la independencia, a posponer la maternidad y la paternidad, o directamente a renunciar a formar una familia. Tener más de un hijo se ha convertido en un lujo reservado a unos pocos.
Bajamos el listón en todo: en expectativas laborales, en calidad de vida, en estabilidad, incluso en nuestras relaciones personales. Y lo hacemos convencidos de que “es lo que hay”.
"Bajamos el listón en todo: en expectativas laborales, en calidad de vida, en estabilidad, incluso en nuestras relaciones personales"
Este deterioro no es solo económico, es vital. Cada vez tenemos menos tiempo para la familia y los amigos. Las jornadas se alargan, los trayectos se complican y la conciliación se convierte en una palabra vacía.
La gente se aferra a la ropa durante más tiempo, reduce el consumo no por conciencia, sino por necesidad, y se refugia en distracciones tecnológicas que sirven más para anestesiar que para vivir. Se promete libertad, prosperidad y seguridad mientras la realidad cotidiana es la deuda, la precariedad y la incertidumbre.
España vive, en gran medida, de las rentas del pasado. De decisiones bien tomadas hace décadas, de infraestructuras planificadas a largo plazo, de una base social y económica sólida que aún resiste. Pero la inercia no es infinita.
"España vive, en gran medida, de las rentas del pasado. De decisiones bien tomadas hace décadas"
El mantenimiento no da votos, la planificación no genera titulares y el gasto necesario suele perder frente al gasto popular. Se sabía el estado de las presas, de las carreteras, de la red eléctrica o de las vías ferroviarias. Se sabía. Pero se miró hacia otro lado porque no era electoralmente rentable invertir en lo que no se ve.
La DANA fue un espejo incómodo. Personas sin agua, sin comida, sin electricidad, aisladas durante días. Cadáveres en garajes. Infraestructuras colapsadas. Una respuesta institucional lenta, descoordinada y claramente insuficiente. No fue solo una tragedia natural, fue la constatación de una fragilidad estructural acumulada durante años. Y, aun así, muchos reaccionaron con resignación: “son cosas que pasan”.
La degradación tampoco es solo material. Es institucional. Cuando las reglas se retuercen, cuando las responsabilidades se diluyen, cuando la política se vuelve cortoplacista y sectaria, el daño es profundo. No porque un país deje de funcionar de un día para otro, sino porque pierde la confianza en sí mismo y en sus instituciones. Cuando la corrupción se banaliza, cuando los escándalos dejan de escandalizar, cuando un Congreso complaciente renuncia a fiscalizar al poder, la democracia se vacía poco a poco.
Lo más inquietante es el clima de resignación. Si criticas, eres señalado. Si preguntas, molestas. Si comparas con otros países europeos donde las cosas funcionan mejor, te llaman exagerado o desagradecido. Y, sin embargo, basta con mirar con honestidad para ver que algo se ha torcido. España sigue siendo un país con enormes fortalezas, pero ninguna sociedad es inmune a la decadencia si renuncia a exigir, a comparar y a reaccionar.
"Lo más inquietante es el clima de resignación. Si criticas, eres señalado. Si preguntas, molestas"
La degradación lenta no hace ruido. No provoca manifestaciones inmediatas ni grandes titulares. Pero acaba vaciando los países por dentro. Nos convierte en una sociedad que se conforma con menos, que acepta lo inaceptable y que confunde estabilidad con estancamiento.
Fingir que no pasa nada no es una opción neutral. Es parte del problema. Porque la decadencia no llega de golpe: se instala cuando dejamos de defender los estándares que una vez dimos por garantizados.