Opinión I Una oportunidad para la libertad en Venezuela; por Francisco Javier Artajona
No nos engañemos. Las relaciones internaciones han funcionado siempre bajo el signo del pragmatismo o la Realpolitik. No es el momento ahora para juzgar la teleología de Donald Trump.
Pocas veces la historia ofrece un giro de guion tan abrupto como el que acabamos de presenciar. Lo que parecía un régimen inamovible, petrificado en el poder, sostenido por alianzas exteriores y la tibieza de occidente, se encuentra al borde de su caída.
La captura de Nicolás Maduro ha roto el statu quo que ha amordazado a Venezuela durante 26 años. Hoy, Venezuela se encuentra ante una oportunidad inédita que obliga a reconfigurar las posiciones del tablero geopolítico de inmediato. De momento, no parece que las democracias occidentales estén dispuestas a dar el paso que esperan los venezolanos, sino a seguir evadiéndose en banalidades sobre la ruptura de la legalidad internacional, la agresión exterior ilegítima o la fractura del derecho internacional, como si esto no haya sido siempre una costumbre arraigada en las relaciones internacionales.
No nos engañemos. Las relaciones internaciones han funcionado siempre bajo el signo del pragmatismo o la Realpolitik. No es el momento ahora para juzgar la teleología de Donald Trump, quien persigue sus fines y utiliza sus medios de acuerdo a su lógica. Pero, sería un error de análisis político reducir la Operation Absolute Resolve a unaexcentricidad del neoyorquino. Como bien señalan expertos diplomáticos, esta intervención no es fruto de la improvisación, sino el desenlace de una sólida construcción jurídica y de inteligencia iniciada por la justicia estadounidense en 2020.
Que Trump, actuando bajo la lógica de sus propios intereses, —ya sean de seguridad nacional, capital político o reafirmación hegemónica— ha ejecutado una acción cuestionable desde la óptica del derecho internacional es, para el pueblo venezolano, irrelevante. Tanto si Trump ha actuado en su propio interés, como en el de los estadounidenses, como si lo hubiere hecho por Venezuela, lo cierto es que ha entregado en bandeja de plata la cabeza de su líder a los venezolanos y, atención: también a la comunidad democrática internacional.
Y sobre los medios elegidos, propongo que sean elevados a un debate general donde se juzguen todos los medios, incluidos los que ha utilizado el “chavismo” para reprimir al pueblo venezolano, o el “putinismo” para invadir Ucrania. El “daño colateral” que ha provocado Trump al descabezar al régimen de Maduro, ha generado —deliberadamente o no— una externalidad positiva: la posibilidad real de desmantelar el sistema de expolio y servidumbre que ha secuestrado a Venezuela durante décadas.
La principal esperanza de los venezolanos es la misma que tenía la oposición antifranquista en los primeros años de la dictadura cuando, ante la oportunidad que se abría tras la victoria de los aliados, esperaban una contundente respuesta contra el franquismo que nunca llegó. Mientras los líderes europeos miraban hacia otro lado, para Estados Unidos, Franco pasó de ser un enemigo residual a un 'mal necesario' y, finalmente, a un aliado estratégico.
Es cierto que la principal responsabilidad recae en la sociedad civil venezolana. Pero para organizarse necesita sentir, tener el apoyo formal más allá de la retórica de la comunidad democrática internacional. Las democracias occidentales deben exigir la expulsión inmediata del chavismo de las instituciones y su ocupación por el actor al que le pertenecen: el pueblo venezolano. Lo demás es perder el tiempo y dejar que el chavismo se recomponga del golpe. Sin ese apoyo, el monopolio de la violencia seguirá estando en manos de una organización estatal criminal, que hace inviable cualquier movimiento de la oposición que no acabe en una masacre.
Venezuela no necesita una transición. Decir esto es tanto como negar el fraude electoral de las elecciones legislativas de mayo de 2025 y no reconocer a Edmundo González como el vencedor legítimo de las presidenciales de junio de 2024. Venezuela no es una autocracia formalizada legalmente como lo fue el franquismo; es un régimen democrático bajo fraude electoral, cuyas instituciones democráticas deben ser ocupadas por quien legítimamente le corresponde por decisión soberana del pueblo venezolano.El mismo presidente legítimo de Venezuela, Edmundo González, ha manifestado su decisión de volver al país el 10 de febrero y reclamado el apoyo de la comunidad internacional para facilitar el cambio democrático.
¿Estará el mundo occidental a la altura para responder a favor de la democracia y consumar la caída del chavismo en Sudamérica? Resulta una trágica ironía. En estos días, hemos escuchado más condenas sobre la actuación de Trump que condenas al régimen de Maduro.
La opinión pública y diversos líderes del mundo occidental no pueden estar más escandalizados por las formas que han propiciado la caída de un dictador, que por las décadas de crímenes de lesa humanidad, torturas sistemáticas y éxodo masivo que ha perpetrado.
La historia no juzgará si se respetaron los protocolos diplomáticos de un sistema internacional inoperante, sino si el mundo libre tuvo el coraje de aprovechar esta brecha para ayudar a Venezuela a recuperar su soberanía, o si prefirió, una vez más, mirar hacia otro lado.
*Francisco Javier Artajona es analista y asesor de políticas públicas