Opinión | ¿Hacia un Aragón a la gallega?; por Luis Valer
Cuando uno observa con detenimiento las encuestas que semana tras semana se publican de cara a las elecciones autonómicas aragonesas, es inevitable detenerse en un elemento clave que invita a una reflexión profunda sobre la política regional en Aragón: la moderación y el acuerdo.
Todos los sondeos coinciden en un punto fundamental: el Partido Popular obtendría una victoria clara e incontestable, aunque no histórica, ya que previsiblemente no superaría por escaso margen los resultados récord logrados por Luisa Fernanda Rudi en 2011, cuando el PP marcó su techo histórico alrededor del 39–40 % de votos imponiéndose a Marcelino Iglesias. Si bien el bloque de la derecha en su conjunto sí que alcanza su techo histórico con una suma de PP y VOX que superaría el 53% de los votos, según encuestas de esta semana.
Más allá del triunfo de la formación popular, el Partido Socialista de Aragón de Pilar Alegría se encamina hacia un resultado discreto, en torno al 25 % de los votos. Sin ser sus peores cifras históricas (ese suelo se alcanzó en 2015 con Javier Lambán en un contexto bien diferente), el denominado “efecto Alegría” no parece haber conseguido el objetivo marcado desde Ferraz de disputar seriamente la presidencia de Aragón a Jorge Azcón. Tampoco la suma del PSOE y las fuerzas a su izquierda, muy fragmentadas en estas elecciones y con un espíritu poco aglutinador, sería suficiente como en otras elecciones para conformar una mayoría que superara al bloque de la derecha.
En este escenario aparece VOX como el principal beneficiado del adelanto electoral y, de manera inequívoca, también como corresponsable del mismo. Su retirada del gobierno de coalición, quebrando la lealtad institucional dentro de lo que representaba un amplio espacio del centro-derecha, evidenció que no es un socio fiable de gobierno. La formación de Abascal tiene clara su estrategia: pensar en clave nacional, discurso simple, disputar el liderazgo de la derecha al Partido Popular y tratar de fagocitar a su electorado más conservador, algo que, sin duda alguna, debería hacer saltar las alarmas en Génova.
Capítulo aparte merece el progresivo empequeñecimiento, hasta casi la desaparición de las Cortes de Aragón (no así del territorio en ayuntamientos y comarcas) del Partido Aragonés (PAR). De liderar un aragonesismo moderado de centro-derecha con un máximo del 28 % de los votos en 1987, ha pasado a poco más del 2 % en 2023. La pregunta es evidente: ¿han abandonado los aragoneses la moderación? ¿Se ha diluido el aragonesismo político? ¿Qué ha pasado en realidad?
Es aquí donde conviene detenerse, pues este es un espacio político fundamental en Aragón que ha facilitado y apuntalado la gobernabilidad a izquierda y derecha durante décadas. Más allá del aragonesismo estrictamente ideológico que defienden formaciones como Chunta Aragonesista o el propio PAR, existe un aragonesismo cultural o sociológico, transversal en términos políticos, que no se refleja exclusivamente en la suma electoral de estas opciones. Ese sentimiento permea especialmente en los partidos que se mueven en el entorno del centro del tablero político, fundamentalmente entre PP y PSOE.
En este punto es interesante establecer, salvando las distancias, una comparación con Galicia. Allí, las sucesivas mayorías absolutas del Partido Popular con Fraga, Feijóo o Rueda, han compartido un denominador común: un PP “regionalizado”, amplio, moderado y centrípeto, que ha sabido integrar el regionalismo dentro de un proyecto de centro-derecha sólido. Ese modelo ha dejado sin espacio político relevante a los regionalismos en ese espectro y ha funcionado, de facto, como una gran coalición estable y con experiencia de gobierno acreditada.
El PP gallego, que reivindica la identidad, la cultura, la lengua y la historia de una nación histórica como Galicia, ofrece un espejo en el que podría mirarse su homólogo aragonés. Durante más de cuatro décadas de elecciones autonómicas, el Partido Aragonés ha sido para el PP su principal competidor y, al mismo tiempo, su socio recurrente de gobierno, ese “clavico del abanico” imprescindible para articular mayorías. Hoy, con el PAR debilitado, cabe preguntarse dónde ha ido a parar ese electorado moderado y profundamente arraigado al territorio. Y sobre todo, con qué fuerzas políticas se deben articular mayorías ahora que se ha demostrado la estrategia de VOX habiendo pasado ya por la experiencia fallida de gobierno.
El hecho de que estas elecciones no acompañen unas municipales, al PAR le hace mucho daño, pues se vota muy en clave nacional en una especie de demostración de rechazo al “Sanchismo político” que representa el PSOE de Alegría. La respuesta por tanto parece obvia, salvo la base fiel que aún respalda a la formación de Alberto Izquierdo, buena parte de ese espacio ha sido absorbido por un Partido Popular que ha sabido interpretar, modular y equilibrar el sentir regionalista desde una lógica pragmática y de gobierno. Un fenómeno independiente del relevo histórico desde Alianza Popular al PP, pero no desligado de él: el PP ha ido ocupando progresivamente ese espacio de identidad, moderación y arraigo territorial que nunca quedó huérfano, pero sí necesitaba un proyecto amplio que lo integrara. En este proceso no puede olvidarse el papel, hoy residual, de Ciudadanos, cuya irrupción supuso un seísmo político que drenó votos a izquierda y derecha, así como al propio PAR, especialmente en el ámbito municipal.
Hoy, el Partido Popular de Aragón representa un espectro político amplio en el que confluyen distintas sensibilidades del centro-derecha, incorporando elementos de aragonesismo moderado (“Aragón por encima de todo”, como rezaba el lema de Azcón en 2023) y armonizándolos con la estrategia nacional del partido. Aquí reside, sin embargo, uno de sus principales riesgos: un uso excesivo del marco nacional puede desviar el foco del debate de los problemas reales y urgentes de Aragón y convertir las elecciones autonómicas en una mera prolongación del eje Sanchismo-antisanchismo.
El PP debe ser consciente del amplio espacio que representa y evitar quedar escorado por un VOX radicalizado, que ya ha demostrado su falta de fiabilidad como socio y su voluntad de tensionar el tablero hacia posiciones más extremas. La batalla electoral se libra tanto en el centro como en la derecha, y descuidar cualquiera de ambos frentes puede tener consecuencias.
Volviendo a la referencia inicial, así como en Galicia el regionalismo moderado encontró acomodo dentro de un Partido Popular amplio, arraigado y claramente mayoritario, el PP de Aragón tiene ante sí una oportunidad histórica, pero también una responsabilidad política de primer orden. La oportunidad de consolidarse como el gran partido del centro-derecha aragonés, capaz de integrar sensibilidades diversas (desde posiciones más centralistas hasta un aragonesismo moderado y sereno) y de representar a una mayoría social amplia que demanda estabilidad, gestión y arraigo territorial. Y la responsabilidad de hacerlo sin diluir la identidad propia de Aragón ni subordinar el debate autonómico a dinámicas nacionales que poco tienen que ver con los problemas reales de los aragoneses.
El modelo gallego demuestra que es posible articular un proyecto de centro-derecha fuerte, hegemónico y duradero cuando se entiende el territorio, se reivindica la identidad propia y se gobierna desde la moderación. Caer en la imitación de discursos radicales, prestados o ajenos al sentir mayoritario, no solo sería un error estratégico, sino una renuncia a ese espacio central que hoy el Partido Popular ocupa casi en exclusiva en Aragón. Si el PP de Aragón aspira a ser algo más que un ganador coyuntural de elecciones, debe asumir que su futuro pasa por parecerse menos a un eco de la confrontación nacional y más a ese PP gallego que supo convertirse, elección tras elección, en el punto de encuentro natural de una sociedad plural, moderada y profundamente orgullosa de su identidad.