Opinión | Si votas a un payaso, te monta un circo

Algunas reflexiones sobre la guerra arancelaria 
Donald Trump.
Donald Trump.

Cuando votas a un payaso, consigues un circo, ¿les suena? Es posible que gobernar a golpe de tuit sea divertido para el gobernante, pero es una falta de respeto hacia los gobernados y agotador para los asesores legales que intentamos contrastar si la última ocurrencia, bravuconada o marcha atrás del payaso mayor del planeta (título este muy disputado, lo sé), ha entrado o no en vigor. 

La semana pasada tuve la oportunidad de ver la liquidación practicada por la Aduana estadounidense a un cliente de nuestro Despacho el pasado 26 de marzo, aplicando los nuevos aranceles del 25% a la importación de productos fabricados con aluminio. Poca broma con esto. 

¿Contraatacar con más aranceles “recíprocos” a los productos estadounidenses es la solución? Francamente, no lo creo, porque iniciar una escalada usando los aranceles como arma es un juego de suma cero. 

El orden económico mundial surgido tras la Segunda Guerra mundial, primero con el GATT en 1947 y más tarde, en 1994, con la Organización Mundial del Comercio (OMC), no se basa en la reciprocidad, sino en el multilateralismo. Gracias a este último principio, los países más poderosos renuncian a machacar económicamente a los más débiles cerrándoles los flujos comerciales, aceptando unas reglas acordadas por consenso en un marco multilateral, en beneficio de todos. Este enfoque multilateral ha propiciado una etapa de crecimiento económico y de paz sin precedentes. La OMC abarca 166 países y el 98% del comercio mundial y aunque no es perfecta, se basa en un principio de solidaridad que nos permite prosperar a todos. Por el contrario, el principio de reciprocidad propugnado por Trump se basa en la ley del más fuerte. ¿Cuándo un sistema proteccionista ha traído prosperidad a largo plazo? 

Trump tiene dos objetivos claros: acabar con el multilateralismo de la OMC, sustituyéndolo por la ley del más fuerte y doblegar a China en su guerra por la hegemonía económica mundial, tal como hemos visto en una semana en la que ha concedido una moratoria global de 90 días a los aranceles, reduciéndolos temporalmente a un 10%, excepto a China, a quien ha impuesto aranceles que ya alcanzan el 145%.  

Esta guerra comercial ha desatado asimismo una tormenta financiera que puede acabar con los Estados Unidos como refugio seguro de los inversores: con el dólar depreciándose, las bolsas en caída libre y la pérdida de confianza de los inversores en los bonos del Tesoro americano, la financiación del elevado déficit fiscal del país amenaza con imponer aún más presión a su economía. Será interesante ver qué sucede si China decide vender su cartera de bonos americanos. 

¿Y qué alternativas tiene la Unión Europea en esta guerra? 

Estados Unidos ha sido históricamente el socio preferencial de la Unión Europea. El más que generoso liderazgo de EEUU en la OTAN nos ha brindado protección, pero nos ha privado de autonomía en política exterior y esto tiene un impacto económico, pues los EEUU monitorizan, por ejemplo, dónde se exporta la tecnología de origen europeo, ejerciendo presión sobre sus aliados para que la tecnología europea no acabe en un destino que ellos consideran enemigo, lo cual implica también una limitación de nuestra soberanía. 

La Unión Europea tiene una oportunidad histórica para convertirse en una potencia económica y en referente mundial de sus valores fundacionales. Somos un mercado de casi 450 millones de habitantes frente a los 340 de EEUU, o los 144 de Rusia. Tenemos, sin la menor duda, el mejor lugar del mundo para vivir, basado en valores como socialdemocracia, respeto de los derechos humanos, libertad de pensamiento y de opinión, seguridad jurídica, respeto al medioambiente, multilateralismo y solidaridad. Nos faltan, sin embargo, varias cosas importantes para llegar a ser una potencia relevante y entre las cuales destaco tres: 

En primer lugar, la Unión Europea no tiene soberanía en política exterior. Hemos conseguido la integración económica -que no financiera- en un mercado único, con una única aduana y una divisa común, pero necesitamos avanzar hacia la integración política, ese tabú que implicaría cesiones de soberanía para permitir a la UE dotarse de una política exterior y de un sistema de defensa comunes y soberanos. Por dar solo un ejemplo: se acabaría “mendigar” a los EEUU que nos dejen sentarnos en la mesa de negociaciones con Rusia para poner fin a la guerra en Ucrania, permitiendo a la UE establecer su propio calendario de negociaciones con Rusia de manera independiente y soberana. 

Más integración europea supondría también acabar a medio plazo con el cáncer de los nacionalismos, antagonista del principio de solidaridad, que solo ha traído históricamente guerra y desequilibrio entre regiones. 

En segundo lugar, la UE necesita una reflexión profunda sobre su deriva regulatoria. No se trata de abandonar la lucha por la protección del medioambiente, que abanderamos a nivel mundial, pero la voracidad regulatoria supone un coste muy elevado para nuestras empresas y nos resta competitividad frente a otras economías. Las sumas que destinan las empresas a pagar impuestos absurdos y a cumplir con la burocracia informativa impuesta por Bruselas, podrían destinarse a innovación y a I+D, donde nuestro gasto está muy por detrás del de los EEUU. 

Por último, los ciudadanos de la UE nos hemos convertido en una sociedad blanda. Cada vez nos gusta menos trabajar duro y esforzarnos, lo que impacta en nuestra productividad, pero al mismo tiempo acatamos sin rechistar los ataques a la libertad individual y a los fundamentos del Estado de Derecho, que son la base de la democracia y tesoros preciados. Lo descubrimos dolorosamente durante la pandemia Covid y lo sufrimos cada día, sin que nadie salga a la calle a protestar. 

¿Más aranceles? No, más Europa soberana. 

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