Opinión | Líneas rojas en fuga
El discurso político siempre ha sido un vivero de palabras y expresiones pegadizas con las que se intenta impregnar el lenguaje cotidiano de ideario o argumentario.
Con la llegada de la llamada “nueva política” y de Podemos se popularizó el término “casta”, con el que identificaban a los políticos ajenos a su órbita ideológica. Pronto comprobamos cómo ellos mismos se convertían en esa casta que tanto criticaban. También introdujeron los “escraches”, una forma de presión callejera agresiva que aplicaban, sobre todo, a dirigentes del Partido Popular. Lo bautizaron como “jarabe democrático” hasta que comenzaron a recibirlo en carne propia; entonces, pasó a ser acoso del de toda la vida y lo denunciaron. Ciudadanos, por su parte, puso de moda el “sorpasso”, con el que expresaban su ambición de superar al PP. Y que término, sin embargo, en estrepitoso batacazo y posterior desaparición, palabras que ya todos conocíamos.
Pero si hay una expresión que ha marcado titulares en los últimos años, esa ha sido la de las “líneas rojas”, presentadas como extremos infranqueables que pronto descubrimos eran simples límites móviles, desplazables a conveniencia.
Así, Pedro Sánchez proclamó que pactar con Bildu era una línea roja. Poco después la corrió unos metros para aclarar que no pactaba con ellos, sino que solo apoyaban sus medidas. Más tarde la movió un poco más para formalizar acuerdos, y finalmente la desplazó del todo ensalzándolos como más patriotas que la derecha.
Lo mismo ocurrió con otra línea roja: la amnistía. Se dijo que la Constitución no la permitía, pero aquella frontera también se fue moviendo hasta llegar a Bruselas, donde un President en funciones acudió a un Puigdemont amnistiado para suplicarle oxígeno político.
La financiación autonómica constituye otro ejemplo. El cupo catalán, al estilo del vasco o navarro, era, según el propio Gobierno, un límite imposible de cruzar. Sin embargo, la debilidad derivada de la corrupción obligó a redibujar esa nueva línea roja para satisfacer las exigencias de los separatistas y resistir un día más.
La corrupción misma, que en su momento le sirvió a Sánchez como palanca para llegar a su presidencia, ha ensanchado también sus márgenes de tolerancia. De la obligación de dimitir ante una simple sospecha se pasó a exigir la imputación y, más tarde, a la consigna de resistir a toda costa. Así se quebró también otra de esas líneas rojas: la del respeto a la justicia. Lo que antes se afirmaba, aunque fuera con la boca pequeña, hoy se diluye en acusaciones de que los jueces hacen política.
Y de ahí saltamos a la última palabra de moda: el “fango”. Ese fango que ya no solo mancha, sino que se acumula en La Moncloa, creciendo en profundidad y reduciendo el margen de maniobra de Sánchez. Con cada nuevo escándalo, ya sea familiar o gubernamental, el nivel sube un poco más, asfixiando sus posibilidades de sacar la cabeza y respirar.
La pregunta es evidente: ¿hasta cuándo podrá mantenerse a flote antes de que las líneas rojas, tantas veces desplazadas, acaben borradas bajo el fango?