Opinión | El pilar energético que España prefiere ignorar
Aragón produce casi el doble de energía eléctrica de la que consume, exactamente 21.739 GWh frente a 10.543 GWh en 2024. El 89% de esa generación es renovable y exporta el 54% de su electricidad a otras comunidades. Tiene 12.368 MW de potencia instalada, el 10% del total nacional. Los datos están ahí, públicos e incuestionables. Lo que no está tan claro es qué obtiene Aragón a cambio de sostener el sistema eléctrico del país.
Porque cuando se habla de soberanía energética en España se mencionan muchas cosas: diversificación de fuentes, independencia del gas ruso, transición verde. Lo que casi nunca se menciona es que sin Aragón ese discurso se desmorona. Esta comunidad no es un actor secundario en el mapa energético español, es la columna vertebral, solo que nadie parece dispuesto a reconocerlo.
El caso del MidCat lo deja todo bastante claro. Ese gasoducto que lleva años discutiéndose para conectar España con Europa a través de los Pirineos siempre pasa por el mismo sitio, Aragón. Cuando Europa pide diversificar rutas, cuando Alemania exige alternativas al gas ruso, cuando Francia decide si acepta o no nuevas interconexiones, nuestra comunidad aparece en medio del mapa. Literalmente en medio, pero nunca en medio de la conversación.
El proyecto se canceló en 2019 y luego resucitó con la guerra de Ucrania, mutó en el BarMar submarino entre Barcelona y Marsella y ahora está en el limbo de los "proyectos de interés comunitario" que todo el mundo menciona, pero nadie financia. Mientras tanto Aragón sigue esperando, esperando inversiones que si estuvieran en Madrid o Barcelona ya serían una realidad. Esperando que alguien reconozca que ser territorio de paso debería implicar algo más que ver cómo las torres cruzan el paisaje camino de otros sitios.
Ahora llega lo mejor. Microsoft acaba de anunciar que sus centros de datos en Aragón consumirán 10.500 GWh anuales cuando estén operativos, por poner en contexto, más que toda la demanda eléctrica actual de la comunidad. Amazon ya había pedido conexión para otros 10.800 GWh. Entre los dos podrían triplicar el consumo energético regional en diez años. La pregunta obvia es, ¿y eso quién lo va a producir?
La respuesta oficial: Aragón, claro. Porque produce el doble de lo que consume, porque tiene capacidad y porque está ahí. Lo que nadie explica es qué pasa cuando una región que ya exporta el 54% de su energía tiene que generar aún más para alimentar servidores informáticos, qué pasa con los paisajes que ya están saturados de parques eólicos y fotovoltaicos, qué pasa con las comunidades rurales que ven cómo su territorio se llena de infraestructuras cuyos beneficios vuelan a fondos de inversión extranjeros.
El discurso oficial habla de liderazgo renovable, de Aragón como referente nacional. Y es verdad: 5.036 MW de potencia eólica, 2.537 MW de solar fotovoltaica, el mayor mix de energía eólica de España, pero el liderazgo sin retorno es solo una forma elegante de llamar a la extracción. Porque la energía sale, las torres se multiplican, los beneficios económicos se van y el impacto territorial se queda.
No se trata de oponerse a las renovables, sería absurdo, se trata de gestión inteligente. De exigir que si Aragón asume la carga energética del país reciba también lo que le corresponde: empleo estable y cualificado, no solo mantenimiento de parques. Reindustrialización real, no promesas. Infraestructuras que conecten el territorio en lugar de atravesarlo, centros tecnológicos, investigación, desarrollo. Y sobre todo voz en las decisiones nacionales sobre energía.
Porque lo que está pasando es bastante sencillo de entender. Aragón produce el 8,3% de toda la energía de España y el 15% de la renovable. Tiene potencial para almacenamiento energético con baterías, hidrógeno verde y bombeos hidroeléctricos además de estar en una posición geográfica estratégica para conectar la península con Europa. Pero cuando llega el momento de decidir dónde van las inversiones importantes, dónde se instalan los centros de I+D, dónde se crean los ecosistemas tecnológicos que generan empleo de futuro, Aragón vuelve a ser territorio disponible.
Las autoridades nacionales celebran cada nuevo parque renovable instalado aquí como un éxito de la transición energética española. Lo que no celebran es que esa transición se está haciendo a costa de un territorio que aporta mucho y recibe poco. Que ve cómo su paisaje se transforma radicalmente mientras los principales beneficiarios están en otros sitios, que escucha hablar de soberanía energética sin sentirse soberano de nada.
Habrá quien diga que Aragón se beneficia del empleo que generan estos proyectos, cierto. También es cierto que ese empleo es mayoritariamente temporal durante la construcción y que el mantenimiento posterior no compensa el impacto territorial a largo plazo. Habrá quien argumente que las energías renovables son necesarias para el país, cierto también, lo que no es necesario es que una sola región asuma una carga desproporcionada sin recibir la inversión estratégica correspondiente.
Porque al final el modelo es siempre el mismo. Identificar dónde hay espacio, dónde hay viento, dónde hay sol. Instalar la infraestructura necesaria. Conectarla al sistema. Exportar la energía y olvidarse del territorio hasta el próximo proyecto. España lleva décadas aplicando esta lógica extractiva con Aragón y ahora le ha puesto el nombre de transición verde para que suene mejor.
Lo curioso es que todos los informes hablan de que España necesita ser energéticamente soberana. Diversificar fuentes, reducir dependencia exterior, asegurar suministro. Pero esa soberanía se construye sobre la base de que Aragón produzca, exporte y calle. Como si el sistema pudiera funcionar sin esa pieza central, como si fuera sostenible seguir cargando sobre el mismo territorio sin compensación real.
Aragón ya ha demostrado que tiene capacidad técnica, posición geográfica y potencial para ser mucho más que un parque de generación eléctrica. Podría ser el gran nodo energético de España, el centro de almacenamiento e investigación, el territorio donde se desarrollan las tecnologías del futuro. Lo que falta es decisión política para tratarlo como lo que es, una pieza fundamental del sistema y no solo una explanada disponible.
La soberanía energética no se consigue multiplicando torres y paneles sin planificación territorial. Se consigue cuando un territorio que aporta tanto como Aragón recibe inversión estratégica, respeto institucional, voz en las decisiones y beneficio real para su población. España no será energéticamente soberana hasta que entienda que sin Aragón su sistema carece de base sólida.
Y es hora de decirlo claro. Aragón no es un pasillo energético ni una zona de extracción, es el pilar que sostiene el sistema eléctrico de un país que todavía no lo ha entendido… o que prefiere no entenderlo porque reconocerlo implicaría cambiar el reparto de poder, inversión y decisiones. Y eso, parece ser, es más complicado que instalar otro parque eólico.