Opinión | Las pinturas “intocables”; por Marisancho Menjón

Que me digan cómo se puede pretender borrar la catalanidad por el hecho de trasladar a su lugar de origen unas pinturas; ¿así de frágil es?
Detalle de las pinturas murales del Monasterio de Sijena expuestas en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), a 29 de mayo de 2025, en Barcelona, Catalunya (España). / EP
Detalle de las pinturas murales del Monasterio de Sijena expuestas en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), a 29 de mayo de 2025, en Barcelona, Catalunya (España). / EP

Hace diez años, cuando el juzgado de Huesca ordenó la ejecución provisional de la sentencia que ordenaba la devolución de las pinturas murales de Sijena a su lugar de origen, el MNAC de Barcelona y la Generalitat tocaron a rebato y encargaron varios informes a distintos expertos (en su mayoría, de organismos catalanes) que dieran fe de la mala situación de conservación que presentaban estas pinturas y de su extrema fragilidad, para convencer a la jueza que llevaba el caso de que reconsiderara su orden y la dejara sin efecto. Era la primera vez que se sacaba la artillería para centrarse en este asunto, el de la imposibilidad de su traslado.

Durante el juicio, la cuestión del estado de conservación de las pinturas y los riesgos que corrían si se movían del museo barcelonés también se había tratado, pero de una forma casi diríamos que marginal. Desde luego, no se había planteado como fundamental por los abogados de la parte catalana, que se centraron en cuestiones relativas a la legitimidad de las partes denunciantes, la falta de competencia del juzgado oscense, y otras cuestiones de tipo jurídico.

El MNAC había presentado varios informes sobre la conveniencia de que se mantuvieran donde estaban, pero se incidía sobre todo en cuestiones de difusión (mayor en el museo que en Sijena) y de posibilidades de estudio, y en la merma que supondría para la colección románica del establecimiento la pérdida de ese conjunto pictórico. Solo dos conservadoras del MNAC declararon en el juicio, y ambas admitieron (como se hacía también en sus informes) que el traslado era posible.

El asunto no se volvió a tratar por los abogados de la parte catalana en sus recursos a la Audiencia Provincial y al Supremo, pues era ya cosa juzgada. Solo ha vuelto a la palestra, y con toda la contundencia, tras la sentencia de este último tribunal, en mayo del año pasado, confirmando las anteriores que condenaban al MNAC a devolver las pinturas a Sijena.

Es AHORA cuando no se pueden mover, o se destruirán; cuando si se tocan, el conjunto se desintegrará en "una lluvia de pintura"; cuando se desharán "como un terrón de azúcar".

Si esto hubiera sido así, se tendría que haber planteado desde el primer paso que dio el Gobierno de Aragón para recuperarlas, que fue en 2013. Aquel primer paso administrativo, una simple solicitud, que no recibió respuesta siquiera, por lo que hubo que acudir a los tribunales. Si las pinturas están tan mal, tan mal, los responsables de su custodia y cuidado, tanto técnicos como políticos, tendrían que haber dado la voz de alarma ya en ese momento, invitar a los cargos públicos aragoneses y a sus técnicos a que visitaran las pinturas, hacerles ver la imposibilidad de dar curso a su reclamación por la necesidad de preservarlas.

Pero no fue así. A cambio, vimos la callada por respuesta, la sucesión de juicios en los que apenas salieron a relucir cuestiones de conservación, la poca contundencia de aquellos primeros informes aportados, incluso la negativa del MNAC a que los técnicos aragoneses pudieran hacer una visita técnica al museo solicitada varios años antes de que el Supremo emitiera su sentencia.

También hemos visto ataques vitriólicos contra los técnicos que se atreven a afirmar que las pinturas, con las necesarias garantías de profesionalidad en su consolidación previa, manejo y transporte, pueden ser trasladadas; porque no hay unanimidad, como se pretende, acerca de que su traslado a Sijena sea imposible, o que signifique un daño irreparable para el bien. Aunque, claro, son menos voces las que se atreven a negar la supuesta catástrofe, viendo cómo son tratadas las que sí se alzan para hacerlo.

Es una sucesión de hechos que no tiene sentido y que no se puede tapar gritando a toda hora “catalanofobia”, o solicitando ahora -¡ahora!- un informe al Instituto de Patrimonio Cultural de España, del que nadie se ha acordado en todos estos años y al que no se pensó en acudir en su momento, con lo importante que parece ser que era tenerlo.

Tampoco se puede tapar con una querella política y periodística, la que acaban de presentar cuatro ex consellers de Junts, aprovechando que tanto el presidente de la Generalitat como el titular del Ministerio de Cultura pertenecen a partidos no independentistas, tratando de reponer una popularidad perdida a base de hacerse pasar por defensores del arte y el patrimonio.

Solo hay que dejarles hablar, como hicieron cuando presentaron en público la querella, para ver que ese supuesto interés es falso: solo hablaron de "ataques a Cataluña", de que "lo que quieren es acabar con la catalanidad" y, por supuesto, de la nunca suficientemente insistida "catalanofobia". Que me digan cómo se puede pretender borrar la catalanidad por el hecho de trasladar a su lugar de origen unas pinturas; ¿así de frágil es?

*Marisancho Menjón es historiadora y experta en Patrimonio histórico-artístico de Aragón. Exdirectora general de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón

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