Opinión | Respeto para mí, radial para ti; por Jorge Herrero

Eso es lo que la cruz representaba: que cuando hay respeto, los símbolos suman en lugar de dividir. Que el Pirineo es de todos los que lo suben con honestidad

Alguien subió al Aneto con una radial. Pensó en el plan, preparó el material, cargó con él durante horas de ascensión técnica a 3.404 metros, y cuando llegó arriba cortó la cruz. 100 kilos de hierro, 3 metros de altura, 80 años de historia del montañismo aragonés. La dejó caer, y bajó.

No sabemos quién fue. La Guardia Civil investiga, pero lo que sí sabemos es que no fue un impulso. Fue una decisión.

Y esa decisión me resulta difícil de separar de otra noticia de hace pocos días: la de Eduardo Mendoza afirmando que San Jorge no pinta nada en el 23 de abril, que era un maltratador de animales, que probablemente ni sabía leer. Uno lo dijo en una rueda de prensa con sonrisa de escritor consagrado. El otro lo hizo en silencio, en la cima más alta del Pirineo, con una herramienta eléctrica. Métodos distintos, pero en los dos casos alguien decidió que un símbolo aragonés sobraba.

La coincidencia, tan cerca del día del patrón, tiene una carga simbólica que no necesita exageración.

La cruz del Aneto fue restaurada el pasado agosto tras dos años fuera de su emplazamiento. La operación requirió un helicóptero, especialistas del GREIM de la Guardia Civil y varias horas de trabajo para anclarla correctamente en la roca. Imágenes que emocionaron a la comunidad montañera y que simbolizaban el regreso de algo querido a su lugar. Ocho meses después, alguien la cortó con una radial. En la cima del Aneto solo queda el corte en la roca donde estuvo anclada durante décadas.

 

Pero hay un dato que merece detenerse y es que la cruz del Aneto no la instalaron únicamente los aragoneses. La instaló en 1951 el Centro Excursionista de Cataluña, junto al Centro de Estudios de Montaña de Benasque. Dos comunidades, dos entidades, una cumbre compartida. Eso es lo que la cruz representaba: que cuando hay respeto, los símbolos suman en lugar de dividir. Que el Pirineo es de todos los que lo suben con honestidad.

Destruirla no es un acto de laicismo ni de modernidad. Es borrar la memoria de miles de personas que han cruzado el Puente de Mahoma (ese paso de vértigo bautizado así en el siglo XIX evocando la tradición musulmana del camino estrecho al paraíso) y han llegado arriba con la cruz como referencia, como alivio, como destino.

Resulta inevitable preguntarse si el silencio de algunas instituciones sería el mismo si el ataque hubiera ido dirigido contra el nombre de ese paso; si se pretendiera borrar el rastro de Mahoma de la montaña para no herir sensibilidades o por un laicismo mal entendido, todos sabemos que el escándalo por la falta de respeto a la tradición y a la diversidad cultural sería monumental. Sin embargo, con la cruz se permite el agravio, demostrando que algunos solo son valientes con los símbolos que nosotros mismos hemos dejado de defender.

El alcalde de Benasque dijo que su cabeza no está hecha para entender que alguien pueda hacer algo así. La mía tampoco. Pero hay que intentarlo, porque entender no es justificar. Vivimos un momento en el que atacar ciertos símbolos tiene muy poco coste y, en algunos ambientes, bastante rédito. Y ese clima no surge de la nada, se cultiva desde arriba.

Un Gobierno central que lleva años blanqueando a quienes quieren borrar la historia común, que ha cedido competencias y miradas a cambio de votos, y que ha normalizado el desprecio hacia los símbolos compartidos del país, no puede sorprenderse ahora de que alguien saque una radial en la cima del Aneto. Cuando el poder da cobertura al relato de que hay símbolos de primera y símbolos prescindibles, siempre hay alguien dispuesto a actuar en consecuencia. Sánchez ha sembrado ese viento durante años, que no se extrañe de la tempestad.

La misma gente que exige tolerancia e inclusión demuestra una intolerancia feroz hacia todo aquello que no encaja en su relato. Piden respeto para sus símbolos y niegan el respeto a los ajenos. Reivindican la memoria cuando les conviene y la destruyen cuando no. Eso no es coherencia ideológica, es simplemente intolerancia con mejor marketing.

Aragón, fiel a su costumbre, responde con discreción. Con indignación contenida. Con la denuncia justa y el comunicado institucional de rigor. Sin el ruido que quizás haría falta para que esto no vuelva a ocurrir. Una cruz tardó 80 años en convertirse en parte del paisaje del Pirineo, tardó dos años en ser restaurada y tardó un par de horas en desaparecer con una radial. Lo que se construye despacio se puede destruir deprisa. Eso lo saben los que cortan. Deberíamos saberlo también los que miramos.

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