Opinión | La ruinosa costumbre de cumplir la ley; Por Jorge Herrero

Nos hemos convertido en la "España de la reserva"

Dicen que quien no conoce su historia está condenado a repetirla, pero en España sucede algo más curioso: quien conoce su historia y la respeta, está condenado a pagarla.

Ahora que nos acercamos a San Valero y desempolvamos el roscón y el orgullo patrio, conviene mirar el mapa con frialdad. Aragón, esa tierra que inventó el parlamentarismo antes que Westminster y que acuñó el "antes Leyes que Reyes", se encuentra hoy en una paradoja fascinante. En la España de 2026, nuestra mayor virtud histórica, que es la lealtad institucional y el sentido de Estado, se ha convertido en nuestro mayor lastre económico.

Miren a su alrededor, vivimos en un ecosistema político donde la cotización del chantaje está en máximos históricos. En el mercado de valores de la financiación autonómica, la deslealtad paga dividendos y la estabilidad se castiga con la indiferencia. Es la lógica perversa del hijo pródigo llevada al BOE: al que rompe los platos se le pone piso nuevo en la costa, y al que friega la vajilla y paga la luz, se le da una palmada en la espalda y, con suerte, las gracias.

Cataluña negocia su cupo como si fuera un estado independiente. País Vasco cobra sus impuestos y luego pone condiciones. Y mientras tanto, Aragón espera pacientemente su turno en la cola de la financiación autonómica, como el alumno aplicado que nunca da problemas y al que el profesor ignora porque tiene que lidiar con los gamberros del fondo.

Como amante de la Historia, me fascina la ironía. Aragón, que vertebró la unidad de España no con la espada, sino con la boda y el pacto, asiste atónita al espectáculo. Somos, permítanme la metáfora empresarial, ese socio fiable y aburrido que siempre cumple los plazos, que no genera escándalos y que mantiene la fábrica funcionando. Y precisamente por eso, en Madrid saben que no somos un problema. Y como no somos un problema, no somos una prioridad.

Nos hemos convertido en la "España de la reserva". Estamos ahí para cuando hacen falta megavatios de nuestros molinos, agua de nuestros ríos o talento logístico. Somos una colonia interior de recursos y paciencia. Una tierra de gente noble que sigue creyendo que la palabra dada vale algo, sin darse cuenta de que en el Madrid de Sánchez la palabra es una divisa devaluada que se cambia según las necesidades de La Moncloa.

Y aquí es donde lanzo el aviso, ahora que el 8 de febrero se nos echa encima. Que tomen nota quienes aspiran a gobernarnos desde el Pignatelli: el aragonés está cansado de ser la moneda de cambio en las estrategias nacionales de sus partidos. Está cansado de presidentes autonómicos que viajan a Madrid con carpetas llenas de reivindicaciones y vuelven con las manos vacías y una sonrisa de circunstancias.

Estas elecciones del 8-F son una oportunidad histórica para que Aragón deje de ser el pagano de España. Para que diga basta a un gobierno central que nos trata como territorio de segunda mientras negocia privilegios con quien le amenaza. Para que mandemos un mensaje claro: queremos un gobierno autonómico fuerte, que plante cara en Madrid, que exija lo nuestro con la misma contundencia con la que otros exigen lo suyo.

Cuando vengan a pedirnos el voto, no nos servirá que se pongan el cachirulo para la foto si luego, cuando cruzan la M-30, agachan la cabeza ante sus jefes de filas. No queremos políticos que se arrodillan ante Sánchez cada vez que éste necesita un voto para seguir en La Moncloa.

Aragón necesita presidentes que entiendan que su única lealtad está con esta tierra. Que sepan decir no cuando toque decir no. Que defiendan nuestros intereses con la misma fiereza con la que otros defienden los suyos. Las urnas no perdonan a los tibios, y mucho menos a los sumisos. Y después de cuatro años viendo cómo Madrid nos ignora mientras regala la caja a quien más escándalo monta, el aragonés tiene las cosas muy claras.

El 8 de febrero no solo elegimos un gobierno autonómico. Elegimos si queremos seguir siendo la comunidad educada que espera su turno mientras otros se cuelan, o si queremos un gobierno que defienda lo nuestro con orgullo y sin complejos. Elegimos entre la sumisión al dedazo de Madrid o la dignidad de una Aragón que exige lo que es suyo.

Quizá ha llegado el momento de explicarle a la Villa y Corte, con mucha educación y mucha somarda, que el precio de nuestra tranquilidad ha subido. Que ser constitucionalista y leal no significa ser tonto. Que no vamos a romper España como hacen otros, pero tampoco vamos a seguir siendo el cajero automático que nunca protesta. Que Aragón empieza a cansarse de que la balanza siempre se incline hacia el platillo de los que gritan, amenazan y chantajean.

Mantengamos la nobleza, por supuesto. Sigamos siendo ese Aragón sensato que no rebla. Pero recordemos, señores candidatos del 8-F y señores ministros de Madrid, que en política, como en la historia, al que agacha la cabeza por humildad, a menudo se la pisan por costumbre.

Y nosotros ya somos demasiado viejos para que nos tomen el pelo.

El próximo 8 de febrero, Aragón tiene una cita con su dignidad. No la desaprovechemos.

Comentarios