Opinión | El tesoro navideño que Aragón olvidó en sus catedrales; por Jorge Herrero
Cuando en estas fechas pensamos en la música navideña española, la imagen que nos viene a la cabeza es casi siempre la misma: panderetas, zambombas y villancicos pegadizos y repetidos hasta la saciedad. Es una tradición auténtica y valiosa, sin duda, pero es solo una pequeña parte de una historia mucho más rica que hemos olvidado. Porque hubo un tiempo en que celebrar la Navidad en una catedral aragonesa significaba escuchar polifonía a ocho voces, violines virtuosos, oboes, arpas, órganos imponentes y composiciones barrocas de una complejidad musical que rivalizaba con cualquier capilla europea.
Este tesoro musical no es fantasía. Existe, está documentado y permanece olvidado en los archivos catedralicios de Aragón. La Catedral de Tarazona posee uno de los archivos musicales más importantes de España y Europa: ciento setenta manuscritos, numerosos pergaminos medievales, doscientos cincuenta y ocho incunables y un millar de composiciones manuscritas desde la época barroca. Entre este tesoro se encuentran villancicos navideños que demuestran que la Navidad aragonesa del Siglo de Oro no era precisamente un asunto sencillo.
El villancico barroco que sonaba en nuestras catedrales poco tiene que ver con lo que hoy entendemos por ese nombre. Durante los siglos diecisiete y dieciocho, estos villancicos eran composiciones complejas escritas específicamente por los maestros de capilla para sustituir los responsorios latinos de los Maitines por letrillas castellanas que el pueblo pudiera entender. En la Navidad se cantaban habitualmente ocho villancicos, repartidos en tres nocturnos, y cada uno se componía de estribillo, coplas y estribillo con música de enorme sofisticación.
Tomemos un ejemplo concreto de lo que sonaba en estas fechas en nuestras catedrales. José Ruiz de Samaniego, maestro de capilla de Tarazona antes de pasar al Pilar de Zaragoza, componía villancicos navideños para dos tiples, tenor, dos violines, guitarra, vihuela de arco y clave. No estamos hablando de una simple melodía, sino de verdaderas obras polifónicas que requerían instrumentistas profesionales y cantores altamente cualificados.
La estructura típica de estos villancicos navideños incluía estribillo a solo y a cinco voces, coplas a dúo y estribillo de cierre, todo con acompañamiento instrumental que hacia mil seiscientos treinta incorporó sistemáticamente el arpa. Los violines, inicialmente rechazados por considerarse demasiado profanos para el templo, acabaron imponiéndose durante el siglo dieciocho y se convirtieron en elementos fundamentales de estas Navidades barrocas aragonesas. Los textos mostraban lenguaje elegante y culto, aunque también incluían elementos populares, dialectos y referencias a pastores que aportaban cercanía al pueblo.
La obligación más importante para los maestros de capilla era precisamente componer cada año villancicos nuevos para la Navidad. Solicitaban licencia al cabildo para ausentarse unos días y dedicarse exclusivamente a esta tarea creativa. Estas composiciones atraían gran número de personas que acudían a las catedrales aragonesas en Nochebuena y Navidad para escucharlas, y los maestros procuraban cada año estrenar nuevos villancicos, demostrando su talento y manteniendo el prestigio de la capilla musical.
Durante el siglo dieciocho, el apogeo del villancico barroco español, las catedrales de Tarazona, Zaragoza, Jaca y Albarracín interpretaban estos villancicos con capillas musicales completas: cantores para las cuatro voces tradicionales, más los castrados o capones que con su voz blanca interpretaban los registros agudos, instrumentistas ministriles de viento, violinistas, arpistas, vihuelas de arco, guitarras, claves y organistas que acompañaban con los imponentes órganos catedralicios. En la noche de Navidad, las bóvedas góticas resonaban con una sofisticación musical comparable a lo mejor de Europa.
El archivo musical de Tarazona conserva cuadernos manuscritos con villancicos específicamente dedicados a la Navidad. Muchos son piezas únicas que solo se interpretaban en esta catedral, composiciones que los maestros de capilla escribían expresamente para su propia institución y que nunca circularon por otros archivos. Esto convierte al patrimonio musical turiasonense en un testimonio irremplazable de cómo sonaba la Navidad en el Aragón barroco.
Pero la tragedia es que este patrimonio permanece silenciado. Durante el siglo diecinueve, los villancicos barrocos desaparecieron de las catedrales españolas. La riqueza compositiva, la complejidad polifónica y el esplendor instrumental de aquellas Navidades quedaron relegados al olvido, conservados únicamente en pergaminos que duermen en los archivos mientras nosotros hemos reducido la música navideña aragonesa a su expresión más sencilla.
No se trata de despreciar la tradición popular de panderetas y zambombas, que tiene su propio valor. Se trata de recuperar la memoria de que Aragón tuvo durante los siglos diecisiete y dieciocho una cultura musical navideña de primera línea europea. Las catedrales de Tarazona, Zaragoza, Jaca y Albarracín no eran provincias musicales atrasadas, eran centros de creación musical donde maestros de capilla extraordinariamente cualificados componían obras originales específicamente para la Navidad, donde capillas musicales completas interpretaban estas composiciones ante un público que valoraba su sofisticación.
Estas Navidades que ahora vivimos, mientras cantamos nuestros villancicos populares y mantenemos nuestras tradiciones familiares, deberíamos recordar que en estos mismos días de diciembre, hace trescientos años, las catedrales aragonesas resonaban con una música navideña de extraordinaria complejidad y belleza. Los fieles que acudían a los Maitines de Navidad en Tarazona no escuchaban simples canciones devocionales, sino verdaderas composiciones barrocas escritas expresamente para celebrar el nacimiento de Cristo con todo el esplendor del arte musical.
Los archivos catedralicios aragoneses guardan la banda sonora de una Navidad culta y refinada que hemos olvidado. Recuperar este patrimonio no es nostalgia vacía ni elitismo cultural. Es simplemente justicia histórica: reconocer que nuestros antepasados aragoneses celebraban estas mismas fechas navideñas no solo con devoción sincera sino también con arte musical de la más alta calidad. La Navidad en la Catedral de Tarazona durante el siglo dieciocho no era pandereta barata. Era polifonía de órgano, violín, arpa y voces blancas que rivalizaba con lo mejor que sonaba en cualquier catedral europea.
Y ese patrimonio sigue ahí, en los archivos de nuestras catedrales, esperando ser redescubierto. Quizás haya llegado el momento de que, en estas Navidades aragonesas, junto a nuestras tradiciones populares, rescatemos también aquella otra Navidad más solemne, aquella que resonaba en las bóvedas góticas con la brillantez de los instrumentos barrocos. Porque esa también es nuestra herencia navideña, tan aragonesa como la pandereta, y merece ser conocida y celebrada como testimonio de una época en que celebrar el nacimiento de Cristo en Aragón significaba ofrecer lo mejor del arte musical en su honor.