El triunfo de los idiotas: Cómo la estupidez organizada se ha convertido en la mayor amenaza de nuestro tiempo
“No será el mal quien destruya la sociedad, sino la estupidez” Así lo advirtió Dietrich Bonhoeffer, teólogo y filósofo alemán, en plena efervescencia Nazi, y así lo estamos viviendo casi 100 años después. La estupidez no es una carencia de inteligencia, sino una renuncia al juicio, la estupidez no necesita argumentos, solo repetición, no busca verdad, solo “viralidad”, en la era del algoritmo, ha aprendido a parecer inteligente. Paradójicamente, la civilización occidental moderna, ha promovido la estupidez en masa, en lugar de la agudeza intelectual.
Las redes sociales, los medios de comunicación y la política, han convertido la ignorancia en espectáculo. Lo familiar, lo repetido, lo que no incomoda, se percibe como cierto; no se examina, no se duda: Se comparte. Así, los más incompetentes avanzan y deciden por todos, no valen los argumentos, solo los límites impuestos por la inmediatez y la efervescencia del momento.
La estupidez se disfraza de certeza: Una idea “segura” y “fiable” —aunque no entendida ni cuestionada—, se impone como verdad, lo vemos en cualquier campo: ciencia, política, medios de comunicación, historia o uso del lenguaje, se decide y opina sin comprender. Es un “gaslighting” colectivo: todos tienen derecho a opinar, y esa opinión se equipara al conocimiento; cada vez que no se corrige lo absurdo, los estúpidos ganan terreno, y así, el estúpido construye nuestro mundo, y la desgracia es que nos veremos obligados a vivir en él. Un suicidio colectivo, lento pero eficaz.
Con la estupidez de nuestro tiempo, ha nacido un nuevo “tertuliano”, sea en televisión, radio, y cómo no, en las redes sociales … no llega desde el mundo académico o profesional, sino desde esas mismas redes que lo aúpan: Joven, combativo, sin una formación sólida, sustituye la serenidad por la bronca, la reflexión por la consigna, el debate por la “performance” ideológica, declarados “opinólogos”, una auténtica plaga de ineptos al servicio de la estupidez colectiva.
“El estúpido no tiene depredador natural, por eso crecen sin control”
Frase cuyo autor ignoro, pero que me parece rigurosa, -créditos para él-: desconoce su propia estupidez, sobreestima sus capacidades (efecto Dunning-Kruger) y se siente fuerte, reforzado por una masa que replica las consignas sin pensar.
En este ecosistema, el pensamiento reflexivo es penalizado, lo que tiene sentido se descarta por “complejo, aburrido o elitista”, ganan, por tanto, los lemas simples, las soflamas, las frases hechas. La duda, el matiz, el estudio, la reflexión, son vistos como debilidad. El que piensa, pierde, el que grita, gana.
Los estúpidos no cargan con la duda, lo saben todo, opinan, votan, comparten, no tienen ejército, pero tienen poder, un poder amplificado por el algoritmo, por la repetición, por la ausencia de filtros, y mientras tanto, los que aún ven venir el desastre se aíslan, agotados de combatir sin resultado.
Brillante ejemplo, en su mensaje, fue la película “Don ´t look up” de 2021, llevando al extremo desorbitado la estupidez colectiva, que, sin embargo, cada vez me parece más plausible.
Resistir a la estupidez, consume energía.
Por eso cada vez más, nos rendimos, la estupidez no necesita convencerte, solo que te calles. Basta con que sonrías, bajes la cabeza, y no corrijas, ese consentimiento pasivo es su victoria; cada vez que no señalamos lo absurdo, cada vez que dejamos pasar la consigna sin sentido, ellos avanzan, y los demás, cansados, les cedemos el mundo.
La certeza sin base es el nuevo dogma, en un entorno donde todo el mundo se cree con derecho a opinar -malentendiendo lo “democrático”-, y además exigiendo respeto a cualquier opinión-, la única opción real es revelarse: pensar por uno mismo. No se trata de sentirse superior, sino de no permitir que te arrastren, esa es la revolución más íntima y poderosa: ser incómodo, no por arrogancia, sino por integridad, el pensamiento crítico es su enemigo.
El silencio puede ser complicidad, pero también puede ser resistencia, el silencio por miedo se convierte en su mejor aliado si lo asumimos así, el estúpido habla sin pausa; tú puedes elegir callar para reflexionar, no para aprobar sus tesis, sino para no reaccionar como rebaño, la masa no piensa, solo reacciona. No se trata de convencer al que no quiere pensar, sino de preservar el espacio para que pensar siga siendo posible.
Igualmente “subversivo”, es decir que no hay por qué tener opinión sobre cualquier cosa, no hay por qué saberlo todo, siempre podrás acudir a la fuente. Lo que sí hay que tener es integridad. Contigo mismo, con tu pensamiento, con los demás, con tu silencio. Porque si no lo hacemos ahora, ¿cuándo?
Cómo actuar: ética personal y colectiva frente al ruido de los estúpidos
Restaurar el valor del conocimiento significa reivindicar el estudio como herramienta de libertad, no de élite. Implica también diferenciar opinión de saber, porque no todo lo que se dice merece el mismo peso ni respeto. Supone fomentar el pensamiento crítico en cualquier entorno, entendiendo que no basta con enseñar datos, sino que hay que enseñar a pensar.
Hablar y opinar cuando importa requiere intervenir con precisión, no discutir todo, pero sí lo esencial. Supone desmontar consignas con preguntas, porque la duda bien formulada desarma el dogma. También exige no normalizar lo absurdo, ya que cada vez que se tolera una falsedad por comodidad, se refuerza su legitimidad. Y, al mismo tiempo, significa dar altavoz a voces reflexivas, porque no basta con callar al ruido, hay que amplificar la razón.
Ejercer liderazgo ético implica que en el entorno profesional se valore la reflexión sobre la reacción, que se aprecie el criterio y no solo la visibilidad, y que se promueva la humildad intelectual, entendiendo que saber decir “no sé” es revolucionario.
Practicar la integridad cotidiana exige investigar antes de reenviar, estudiar antes de repetir y escuchar antes de gritar. Supone también no opinar por presión, porque el silencio informado vale más que la opinión vacía. Implica ser incómodo si es necesario, ya que la comodidad es el terreno fértil para la estupidez.
No rendirse es esencial. La fatiga es comprensible, pero no puede ser definitiva. Resistir no es ganar siempre, es no ceder del todo, porque cada gesto de lucidez es una trinchera abierta. Estamos a punto de ser derrotados, y no por el mal, sino por la estupidez —como advirtió D.B.—, que no es graciosa ni inofensiva, sino una amenaza real. No dejemos que su ruido nos arrastre al desastre: combatir la estupidez no es una guerra de gritos, sino una defensa del sentido. Porque si perdemos, no habrá ruido que recupere el futuro de Occidente.