Opinión | Venezuela, ¿y ahora qué?; por Luis Valer

La situación actual de Venezuela plantea una pregunta que trasciende fronteras: ¿puede una democracia surgir de una intervención externa sin crear nuevas formas de dependencia o autoritarismo?

Durante horas, el mundo creyó estar asistiendo al desenlace de una de las dictaduras más longevas y corrosivas del hemisferio occidental. Las imágenes eran escasas, fragmentarias, casi cinematográficas: helicópteros estadounidenses sobrevolando Caracas, apagones repentinos en la capital y una cascada de rumores propagándose por redes sociales a una velocidad de vértigo. Para muchos, aquello parecía el final anunciado del chavismo. 

La idea de una operación quirúrgica estadounidense, ejecutada por fuerzas especiales de élite y dirigida a descabezar directamente al régimen, no surge de la nada. Desde hace años, Washington señala al entorno de Nicolás Maduro como pieza central del denominado Cartel de los Soles, una estructura criminal que, según investigaciones judiciales estadounidenses, habría convertido al Estado venezolano en plataforma logística del narcotráfico internacional. En este contexto, Maduro no sería solo un dictador, sino el eslabón político de una economía criminal transnacional.

Esta narrativa encaja, además, con una lógica ya conocida. Estados Unidos lleva décadas persiguiendo judicialmente a líderes extranjeros vinculados al narcotráfico, y la obsesión de la administración Trump (especialmente durante su campaña) con el fentanilo y la mortalidad asociada al tráfico de drogas reforzaba esa percepción. Para una parte significativa de la opinión pública, la pregunta no era si algo así ocurriría, sino cuándo.

Para muchos analistas, un desenlace tan abrupto, en contraste con las predicciones que hablaban de meses de campaña militar extensa y desgaste progresivo del aparato estatal venezolano, revela dos realidades incómodas. Por un lado, la profundidad de la implicación de elementos del régimen en actividades ilícitas que trascienden la política doméstica; por otro, la fragilidad real de un Estado que, tras años de chavismo, ha visto erosionarse sus instituciones hasta quedar expuestas a este tipo de intervención directa.

La reacción en Venezuela fue inmediata y confusa. Con la desaparición física de Maduro de la escena política y su reemplazo formal por figuras como la vicepresidenta Delcy Rodríguez, se abrió un vacío de poder que ha generado tanto esperanza como incertidumbre. Para algunos, la caída de Maduro representa una oportunidad histórica para avanzar hacia una verdadera transición democrática.

Para otros, el simple reemplazo de un líder por otro dentro de la misma élite chavista no garantiza en absoluto un cambio estructural del sistema. Y no faltan razones para el escepticismo: tanto Rodríguez como Diosdado Cabello han sido pilares del proyecto chavista durante décadas y representan continuidad más que ruptura.

Este punto es crucial. La lógica que impera en Washington puede haber convertido a Estados Unidos en el actor decisivo del momento, pero el riesgo de una “democratización administrada desde fuera” es real y profundo.

La historia de América Latina está plagada de intervenciones externas que, lejos de generar sociedades más libres, han terminado consolidando modelos de dependencia o conflictos prolongados. La unilateralidad de la acción militar estadounidense, denunciada por numerosos gobiernos ha reabierto el debate sobre la violación del derecho internacional y la soberanía de los Estados.

Pero más allá de la legalidad, está la realidad venezolana: un país con la economía devastada, una diáspora masiva, instituciones colonizadas por años de autoritarismo y una sociedad profundamente polarizada. La captura de Maduro puede simbolizar el fin de una etapa, pero no resuelve por sí sola el problema de fondo: reconstruir el tejido político y social venezolano para que una verdadera voluntad democrática salida de las urnas pueda expresarse y sobre todo respetarse.

Si las próximas semanas no traen un compromiso creíble con elecciones libres, supervisadas internacionalmente, con garantías reales para la oposición y respeto a los derechos humanos, este hito quedará reducido a un gesto geopolítico de gran impacto, pero de escasa eficacia para la población.

La situación actual de Venezuela plantea una pregunta que trasciende fronteras: ¿puede una democracia surgir de una intervención externa sin crear nuevas formas de dependencia o autoritarismo? La respuesta marcará no solo el futuro inmediato de los venezolanos, sino también la percepción global sobre el papel de las grandes potencias en la resolución de crisis políticas internas.

Así las cosas, Venezuela no necesita solo el fin de una dictadura personal e ideológica como la chavista, sino el establecimiento de reglas claras, instituciones fuertes y un compromiso genuino con la participación ciudadana en una América que ansía democracia y libertad. Si ese objetivo no se persigue con seriedad y coherencia, lo ocurrido en los últimos días no será recordado como el alba de una nueva Venezuela, sino como otro episodio más en el largo y doloroso laberinto de su historia política.

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