Elon Musk planea sacar los centros de datos de la Tierra mientras Aragón se llena de ellos: qué hay detrás

El fundador de SpaceX busca energía solar ilimitada en órbita para la IA, mientras la comunidad aragonesa acumula casi 80.000 millones en inversiones en estas infraestructuras
Data Center en el espacio
Data Center en el espacio

Elon Musk ha anunciado que SpaceX pondrá centros de datos en órbita terrestre para alimentar la inteligencia artificial con energía solar ilimitada. El plan, presentado en marzo de 2026, plantea resolver en el espacio el mismo problema que ha convertido a Aragón en uno de los principales polos de infraestructura digital del sur de Europa: dónde encontrar la energía que la IA necesita para seguir creciendo.

La propuesta del multimillonario suena a ciencia ficción, pero responde a una realidad muy concreta que se percibe a escala global y también en el entorno de Zaragoza. La inteligencia artificial devora electricidad a un ritmo que las infraestructuras terrestres apenas pueden sostener. Según la Agencia Internacional de la Energía, el consumo eléctrico de los centros de datos se duplicará hasta alcanzar los 1.000 teravatios-hora antes de que termine la década, una cifra equivalente al gasto anual de un país como Japón. Esa demanda descontrolada es la que empuja a las grandes tecnológicas a buscar soluciones cada vez más audaces —ya sea orbitar satélites con procesadores o, como ocurre en Aragón, concentrar sus instalaciones en territorios con abundante energía renovable y suelo disponible—.

El argumento de Musk: en el espacio siempre brilla el sol

SpaceX, que en febrero de 2026 completó su fusión con xAI —la compañía de inteligencia artificial de Musk— en una operación valorada en 1,25 billones de dólares, ha registrado ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos la solicitud para lanzar hasta un millón de satélites destinados a procesar datos de IA en órbita. La cifra parece desmesurada, pero encaja con la filosofía del fundador de Tesla: Starlink, su red de internet satelital, ya supera los 9.000 aparatos en funcionamiento y da servicio a más de 9 millones de usuarios en todo el mundo.

El razonamiento parte de un dato físico: un panel solar en órbita genera entre cinco y ocho veces más energía que el mismo panel instalado en tierra, sin nubes, sin noches, sin estaciones. El primer prototipo, denominado "AI Sat Mini", cuenta con paneles que se extienden unos 180 metros —más que la envergadura de un Airbus A380—. Musk ha llegado a afirmar que en dos o tres años la forma más barata de generar capacidad de computación para IA será fuera de la Tierra. Esa promesa, eso sí, es también el argumento de venta para la salida a bolsa de SpaceX, prevista para el verano de 2026, que aspira a una valoración de 1,75 billones de dólares y se perfila como la mayor OPV de la historia.

Google también mira al cielo

SpaceX no está sola en esta carrera. Google presentó a finales de 2025 su Project Suncatcher, un plan para desplegar constelaciones de satélites compactos equipados con sus propios chips TPU y conectados por enlaces láser. La compañía lanzará dos prototipos a principios de 2027 en colaboración con Planet Labs. Su enfoque difiere del de Musk: en lugar de satélites gigantescos, Google apuesta por agrupaciones modulares de 81 aparatos que funcionarían como un clúster de computación dentro de un radio de un kilómetro.

Sundar Pichai, consejero delegado de Google, ha expresado su convicción de que en una década los centros de datos orbitales se percibirán como algo normal. Otras empresas como Starcloud —respaldada por Nvidia— ya lanzaron su primer satélite con un procesador de IA a bordo en diciembre de 2025. Jeff Bezos, fundador de Amazon y propietario de Blue Origin, también ha apuntado a centros de datos espaciales con un horizonte de diez años. La carrera por la computación orbital ha pasado de los documentos teóricos a las solicitudes ante reguladores.

Aragón, la respuesta terrestre al mismo problema

Mientras el debate sobre la viabilidad de los centros de datos espaciales se intensifica, Aragón lleva años resolviendo en tierra firme la ecuación que Musk quiere resolver en órbita: energía renovable abundante, suelo disponible y conectividad con los grandes mercados europeos.

La comunidad aragonesa acumula inversiones comprometidas en infraestructura digital que rozan los 80.000 millones de euros. Solo Amazon Web Services anunció durante el Mobile World Congress de 2026 una ampliación de 33.700 millones de euros para reforzar su región europea con base en Aragón, lo que eleva su inversión total en la comunidad muy por encima de los 15.700 millones iniciales. Microsoft tiene en tramitación tres campus de centros de datos en La Muela, Villamayor de Gállego y Zaragoza —junto a Puerto Venecia—, con una inversión conjunta superior a los 5.300 millones. Y el Proyecto Búfalo de Forestalia ha comprometido otros 12.048 millones para tres instalaciones en Magallón, Botorrita y Alfamén, con la particularidad de que el 50% de su consumo procederá de autoconsumo renovable.

A esa lista se suman Blackstone (7.500 millones en Calatorao), ACS y Benbros Energy (1.250 millones en La Puebla de Alfindén), Azora (2.000 millones en Villamayor de Gállego) y Box2Bit (3.900 millones en Zaragoza), entre otros. El presidente del Gobierno de Aragón, Jorge Azcón, ha señalado en varias ocasiones que la comunidad está ya a la altura de Fráncfort o París en capacidad de computación comprometida, y que se perfila como la región del sur de Europa con mayor inversión tecnológica.

Esa concentración ha generado además un ecosistema derivado. Diamond Foundry anunció una inversión de 1.000 millones de euros para instalar en Zaragoza una fábrica de chips de diamante sintético, y el Ayuntamiento y el Gobierno de Aragón impulsan el Distrito Aragonés Tecnológico Alierta, junto al Campus Río Ebro, con 82 hectáreas pensadas para conectar universidad, empresa e innovación en un solo enclave urbano.

Los obstáculos que la física no perdona en el espacio

Los planes de Musk y Google chocan con desafíos técnicos que la superficie terrestre resuelve con relativa facilidad. El más contraintuitivo es la refrigeración. Aunque el espacio es extremadamente frío, su condición de vacío impide que el calor de los procesadores se disipe de forma natural. Cada satélite necesitaría gigantescos radiadores que muevan líquidos hasta paneles donde la temperatura se libere por radiación térmica, además de los ya de por sí enormes paneles solares. Rebekah Reed, exresponsable de la NASA ahora en el Centro Belfer de la Universidad de Harvard, ha advertido de que la combinación de ambas estructuras exige satélites de un tamaño sin precedentes o constelaciones extraordinariamente grandes.

El mantenimiento plantea otro problema mayúsculo. Un centro de datos terrestre —como los que se levantan en el entorno de Zaragoza— necesita reparaciones constantes, sustitución de componentes y actualizaciones de hardware. Todo eso lo hacen técnicos a pie de máquina, cada día. En órbita, cualquier avería requeriría misiones robóticas o lanzamientos adicionales, con un coste y una complejidad que todavía no tienen solución escalable.

Brandon Lucia, profesor de Carnegie Mellon especializado en computación satelital, ha calificado los plazos de Musk como una interpretación optimista. Matt Garman, consejero delegado de Amazon Web Services —la misma compañía que invierte decenas de miles de millones en Aragón—, fue aún más directo en una conferencia en febrero: los servidores son pesados y la humanidad todavía no ha construido una estructura permanente en el espacio. Quizá por eso Amazon prefiere, al menos de momento, apostar por la tierra firme de la ribera del Ebro.

¿Complemento o competencia?

La pregunta que sobrevuela todo este debate es si los centros de datos orbitales acabarán compitiendo con los terrestres o los complementarán. Google estima que sus satélites no serán rentables hasta que el coste de lanzamiento baje de los 200 dólares por kilogramo, algo que podría ocurrir hacia mediados de la década de 2030. Eso deja una ventana de al menos diez años en la que la infraestructura terrestre seguirá siendo la columna vertebral de la IA.

Para Aragón, ese plazo es una oportunidad y un reto a la vez. La comunidad debe absorber en los próximos tres años una oleada de construcción que, según un informe de la Fundación Basilio Paraíso, exigirá hasta 35.000 trabajadores adicionales hasta 2028 y pondrá a prueba la capacidad de la red eléctrica, las infraestructuras hídricas y el propio mercado laboral. Si consigue gestionarlo, la comunidad se consolidará como hub digital de referencia en Europa mucho antes de que el primer centro de datos espacial procese un solo dato. Si algún día los satélites de Musk o de Google demuestran ser viables, puede que los centros de datos de la ribera del Ebro sigan en pie, procesando información para medio continente, mientras la IA orbita sobre sus cabezas.

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