Los 5 lugares de Zaragoza que fueron destruidos y hoy serían muy turísticos
Durante décadas, Zaragoza ha visto desaparecer algunos de sus iconos arquitectónicos, culturales y sociales. Cafés, cines, teatros o comercios emblemáticos han caído víctimas de la desmemoria urbana.
Zaragoza, a diferencia de otras ciudades europeas, no ha destacado por el cuidado de su legado patrimonial. Lejos de apostar por la conservación de su identidad urbana, la capital aragonesa ha asistido impasible, en muchos casos, a la desaparición de lugares cargados de valor histórico y simbólico. Edificios singulares, cafés con alma, cines de época o comercios únicos han sido sustituidos por cadenas impersonales o infraestructuras anodinas, en un proceso que ha vaciado de memoria muchos de sus rincones más reconocibles.
CAFÉS, TEATROS Y CINES: LA CIUDAD QUE VIVÍA EN SUS SALONES
Uno de los ejemplos más notables es el Café Ambos Mundos, inaugurado en 1881 en el Paseo de la Independencia, y considerado una de las mayores cafeterías de Europa en su época. Su decoración modernista, obra del arquitecto Félix Navarro, le otorgaba una personalidad única. Hoy, en su lugar, hay una tienda de moda. El cierre definitivo llegó en 1955.
También fue símbolo de la vida social zaragozana el Café del Suizo, abierto desde mediados del siglo XIX y ubicado durante sus últimos años en la actual Plaza de España. Sus espejos, mármoles y terciopelos rojos forman ya parte de la leyenda, ya que sus puertas cerraron para siempre en 1916.
Del mundo del espectáculo, el Gran Teatro Pignatelli dejó su huella a pesar de su corta vida. Inaugurado en 1878 y también firmado por Félix Navarro, fue una joya efímera que terminó cayendo en 1914, apenas tres décadas después de su estreno. Más resistente fue el Cinema Alhambra, un lujoso cine de estilo neomudéjar que abría en 1911 en el Paseo de la Independencia. Su decoración nazarí y su capacidad para 850 espectadores lo convirtieron en un referente. Cerró en 1965.
DEL GLAMOUR COMERCIAL A LA DESAPARICIÓN SILENCIOSA
La pérdida no ha sido solo cultural, también comercial. En plena calle Alfonso, arteria del comercio zaragozano durante el siglo XX, se erigieron los Grandes Almacenes El Águila. Inaugurados en 1916 por el arquitecto Miguel Ángel Navarro Pérez, su fachada estaba coronada por una impresionante escultura de un águila de bronce. Hoy, el edificio y su emblema han desaparecido, como casi toda la memoria comercial de aquella calle.
La modernidad también tuvo sus capítulos efímeros. En 1973, Zaragoza inauguró El Ibón, una pista de patinaje sobre hielo permanente en la calle Cinco de Marzo. Ofrecía sesiones vespertinas y nocturnas en pleno centro. Fue sustituida poco después por grandes almacenes y, más tarde, por un supermercado. Otra oportunidad perdida de diversificar el ocio urbano.
PATRIMONIO DESAPARECIDO, IDENTIDAD DILUIDA
La lista podría ser aún más larga. Cada generación podría añadir sus propias pérdidas. Lo cierto es que Zaragoza no ha sabido o no ha querido conservar muchos de los espacios que le daban carácter. En lugar de protegerlos o reconvertirlos, ha optado con frecuencia por la demolición o la indiferencia.
Esa falta de sensibilidad hacia el patrimonio no solo borra ladrillos: elimina memoria colectiva, identidad y posibilidades de construir una ciudad con relato propio. Lo que en otras capitales europeas sería conservado y convertido en valor cultural o turístico, en Zaragoza ha terminado en el olvido, bajo capas de hormigón, escaparates sin alma y reformas que no miran atrás.

