El pasado lleno de riqueza del que ahora es el barrio más oscuro de Zaragoza
El barrio de San Pablo, también conocido como El Gancho, es uno de los enclaves con más historia de Zaragoza. Sus orígenes se remontan a poco después de la conquista cristiana de la ciudad por Alfonso I el Batallador en 1118, cuando se menciona por primera vez una pequeña parroquia dedicada a San Blas, que más tarde adoptaría el nombre del apóstol San Pablo. A partir de ahí, comenzó a gestarse el primer ensanche cristiano de Zaragoza, a extramuros de la ciudad romana y musulmana.
SAN PABLO: DE SER UN BARRIO PUJANTE A SER UN LUGAR DE DELINCUENCIA
A lo largo de los siglos, San Pablo creció entre comerciantes, gremios y nobles. El trazado hipodámico de sus calles —San Pablo, Predicadores, Las Armas, San Blas— se mantiene casi intacto desde la Edad Media, ejemplo de planificación urbana sorprendentemente avanzada para la época. Fue un barrio que floreció en torno al mercado medieval, situado donde hoy se levanta el Mercado Central, punto neurálgico de la vida económica, social y política de la Zaragoza medieval.
San Pablo fue también refugio de la nobleza: los duques de Villahermosa instalaron su palacio en la calle Predicadores, entonces la más relevante de la ciudad. El barrio creció hacia el oeste, hasta topar con el convento de los Predicadores, el segundo edificio religioso más imponente tras la Seo. Aquel convento albergó sesiones de las Cortes del Reino y momentos históricos como la ruptura de los Privilegios de la Unión por parte del rey Pedro IV tras su victoria en la batalla de Épila.
Pero el tiempo no ha sido benévolo con este barrio cargado de historia. Hoy, San Pablo es también símbolo del abandono institucional. Su epicentro, la calle Pignatelli, se ha convertido en una de las grandes cicatrices urbanas de Zaragoza, donde a pocos metros de la sede del Gobierno de Aragón y de monumentos históricos como la iglesia de San Pablo —con su icónica torre mudéjar—, se mezclan la prostitución callejera, los locales de alterne, los inmuebles okupados y el tráfico de drogas.
Los vecinos del barrio denuncian una realidad que Google Maps no muestra: una vida cotidiana marcada por la inseguridad y la falta de respuesta institucional. “Los problemas son los de siempre”, asegura un residente. “Cuando desalojan un edificio ocupado o lo tapan por seguridad, a los pocos días lo reocupan o lo hacen en otro”. En la calle Pignatelli, por ejemplo, los vecinos aseguran que de seis locales abiertos, cuatro son clubs de alterne, uno es un sex shop y otro un punto municipal de intercambio de jeringuillas.
No piden milagros ni inversiones millonarias, reclaman dignidad y atención. “La respuesta llegará cuando pase algo gordo”, advierte un residente, consciente del abandono crónico que sufre la zona.
San Pablo, el barrio que una vez fue símbolo de expansión, cultura y poder en Zaragoza, sigue luchando por recuperar la normalidad en sus calles, por reconciliarse con su pasado y aspirar a un futuro que no quede marcado por la marginalidad. Su historia merece más que el olvido.



