"Está lleno de marcas y tiendas basura": por qué la calle Alfonso de Zaragoza ya no es lo que era
La calle Alfonso I de Zaragoza está de luto comercial. Despacio, sin que nadie haya tomado una decisión concreta, la arteria que une el Coso zaragozano con la plaza del Pilar ha ido perdiendo una a una las tiendas que durante décadas definieron su carácter. La tienda de telas Julián López, que estos días recibe a sus últimas clientas con descuentos de hasta el 80%, es el último eslabón de una cadena que lleva años rompiéndose.
El Mañico, El Pelícano, Julián López: tres nombres que resumen una época
Quien paseó por la calle Alfonso en los años ochenta o noventa conoce bien esos nombres. El Mañico fue durante décadas la tienda de souvenirs de referencia para los turistas que llegaban a Zaragoza atraídos por la Basílica del Pilar. No era un simple puesto de imanes y postales: tenía personalidad, tenía historia, tenía el sello de un negocio familiar que sabía lo que vendía y a quién se lo vendía. Cerró. En su lugar llegó algo distinto, más genérico, más intercambiable.
Calzados El Pelícano era otro de esos comercios que formaban parte del paisaje de la ciudad casi sin que uno se diera cuenta. Generaciones de zaragozanos compraron allí sus primeros zapatos de comunión, sus primeros tacones, sus primeras botas de trabajo. El tipo de tienda donde el dependiente te miraba el pie antes de ir a por la caja. También echó el cierre.
Y ahora Julián López. La tienda de telas lleva casi medio siglo en el local de la calle Alfonso, un espacio propiedad de la propia empresa que durante décadas resistió donde otros cayeron.
Estos días, los escaparates están vacíos. Dentro, en cambio, no cabe un alfiler: clientas de toda la vida se abalanzan sobre los rollos de cuadros de vichy, blondas, rasos y tejidos técnicos con descuentos que en muchos casos superan el 50% y llegan al 80%. Telas que marcaban 60 euros el metro se venden ahora a 9,99. Los empleados no paran. Se nota que es un comercio de verdad porque aún aconsejan antes de cobrar.
El traslado está previsto a la calle Antonio Candalija, en el mismo Casco Histórico, lo que significa que la tienda no desaparece del todo. Pero el local de la calle Alfonso quedará libre. Y ahí está la pregunta que muchos zaragozanos se hacen estos días en voz alta.
«Está lleno de chinos y marcas que son una basura»
No hace falta recorrer mucho trecho para entender el malestar. Una vecina del centro, clienta habitual de Julián López desde hace más de treinta años, no se muerde la lengua: "Está lleno de 'chinos' y marcas y tiendas que son una basura. Antes venías a la calle Alfonso y encontrabas de todo, tiendas con gente que te atendía de verdad. Ahora es como cualquier otra calle de cualquier otra ciudad".
El diagnóstico es duro, pero no aislado. Una clienta que se acercó estos días a aprovechar las rebajas de Julián López lo resume a su manera: "Mi madre compraba aquí, yo he comprado aquí, y pensaba que mis hijas también comprarían aquí. Me da mucha pena". Otra mujer, de unos sesenta años, confiesa que no sabía que la tienda se marchaba hasta que vio el cartel en el escaparate: "Me quedé parada en la acera. Son cosas que crees que van a estar siempre".
Ese sentimiento de pérdida tiene mucho que ver con lo que representan este tipo de comercios. No son solo tiendas. Son puntos de referencia. Lugares donde la gente sabe lo que va a encontrar, donde el trato tiene memoria, donde el dependiente recuerda que la última vez compraste tela azul marino para unas cortinas. Eso no lo da una franquicia.
Una calle que busca su identidad
La transformación de la calle Alfonso I no es un fenómeno exclusivo de Zaragoza. En toda España, las calles comerciales de los centros históricos han vivido un proceso parecido: la subida de alquileres, la irrupción del comercio online y la expansión de las grandes cadenas han expulsado al pequeño comercio especializado y han dejado en su lugar una mezcla de franquicias low cost, tiendas de telefonía y locales de comida rápida. El resultado es una homogeneización que muchos vecinos perciben como una pérdida de identidad.
En el caso de la calle Alfonso, el proceso tiene además una dimensión simbólica añadida. Es una de las calles más visitadas de Aragón, eje inevitable del turismo que llega hasta el Pilar. Lo que se encuentra allí es, en cierto modo, la tarjeta de presentación comercial de Zaragoza. Y esa tarjeta, según muchos de sus vecinos habituales, ha perdido buena parte de su valor.
El local que deja Julián López es propiedad de la empresa, lo que significa que su destino no depende de ningún propietario externo. Todo apunta a que su valor comercial —ubicación inmejorable, gran superficie, visibilidad máxima— atraerá pronto a algún nuevo inquilino.
La pregunta, de nuevo, es cuál. Si llega otra franquicia de ropa o complementos sin carácter, la calle Alfonso habrá perdido otro pedazo de lo que fue. Si llega algo con identidad, quizás haya sitio todavía para la esperanza.
De momento, mientras queden rollos de tela y las rebajas sigan activas, la gente sigue entrando a Julián López. Algunos a comprar. Otros, simplemente, a despedirse.