El sorprendente origen de 'Los Baturricos', la gigantesca pareja de acero que vigila el Actur
En la intersección donde confluyen Actur, Juslibol y Parque Goya, en plena Ronda de Boltaña y junto al Campus Río Ebro de la Universidad de Zaragoza, se alza uno de los grupos escultóricos más singulares del urbanismo zaragozano: Los Baturricos, una obra donada por el escultor aragonés Óscar Laínez Hernández en 2009 y convertida hoy en símbolo del folclore y la tradición popular.
El conjunto, compuesto por dos figuras estilizadas en acero corten —un baturro y una baturra—, fue creado en 2008 y posteriormente instalado por el Ayuntamiento de Zaragoza. Su inauguración, el 29 de diciembre de 2009, reunió a representantes municipales, asociaciones vecinales y numerosos vecinos de Juslibol, quienes celebraron la dignificación de una rotonda que, hasta entonces, permanecía completamente vacía pese a ser un punto clave del nuevo trazado viario surgido tras la Expo 2008.
Un homenaje contemporáneo al alma aragonesa
Laínez, especializado en acero corten y forja tradicional, ideó este conjunto como un reconocimiento directo a la figura del baturro, emblema del carácter y la identidad aragonesa. El resultado son dos esculturas de gran tamaño —alrededor de 3,6 metros de altura y 3.600 kilos de peso— construidas mediante planchas de acero corten de dos milímetros, tratadas con tres capas de barniz protector para garantizar su resistencia a la humedad y a los rayos ultravioleta.
La baturra aparece en actitud firme, brazos en jarra, cubierta por un mantón cuyos bordados se aprecian con sorprendente detalle, mientras su rostro permanece prácticamente reducido a una silueta esencializada. El baturro, con el cachirulo anudado a la cabeza, adopta una postura dinámica: baila, con una pierna elevada y cruzada, mientras hace sonar las castañuelas. Ambos se orientan con un ángulo de 90º, una decisión pensada para que cualquier conductor o viandante que se acerque a la rotonda pueda ver una de las figuras de manera frontal.
Arte contemporáneo en un enclave estratégico
La ubicación de estas piezas no es casual. La rotonda donde se sitúan es una de las más amplias y transitadas del norte de Zaragoza, punto de conexión entre barrios en expansión y acceso natural hacia Juslibol y su entorno natural. No obstante, su tamaño —considerablemente grande— ha generado cierto debate entre especialistas y vecinos, ya que la altura relativamente baja de los pedestales y la amplitud del espacio provocan que, en ocasiones, el conjunto parezca quedar un tanto “empequeñecido”.
Aun así, su presencia rompe la monotonía del paisaje urbano, añadiendo un elemento cultural que recuerda el vínculo de la ciudad con sus raíces. Paradójicamente, se encuentra a apenas 800 metros del otro gran homenaje escultórico al folclore aragonés: el Monumento a la Jota, obra de Miguel Cabré Cazcarra, lo que crea una especie de “corredor simbólico” dedicado a la tradición musical y popular.
Una estética naif que divide opiniones
El estilo de Laínez en Los Baturricos juega deliberadamente con un lenguaje plástico sencillo y casi naïf: figuras planas, contornos limpios y rostros reducidos a rasgos mínimos. Esta esencialización ha generado opiniones diversas. Mientras algunos destacan el dinamismo del baturro y la coherencia estética del conjunto, otros consideran que la baturra resulta excesivamente hierática y rígida, con un contraste notable entre zonas muy detalladas —como los bordados del mantón— y otras extremadamente simplificadas.
Hoy, más de quince años después de su instalación, Los Baturricos forman parte del paisaje cotidiano de miles de ciudadanos que circulan por la Ronda de Boltaña. Su presencia recuerda que Zaragoza es una ciudad que crece, se transforma y se moderniza, pero que sigue reivindicando su identidad cultural con orgullo.
