El vino quemado de una villa de Aragón: la bebida caliente que se tomaba como medicina
En Ejea de los Caballeros, capital de las Cinco Villas, hay una bebida que los vecinos llevan generaciones preparando en invierno. No es el vino de siempre.
Es el vino quemado: vino tinto aragonés calentado, prendido en llamas y mezclado con pasas, higos secos y orejones mientras arde. Una receta que durante siglos se usó también como remedio medicinal y que hoy sobrevive como una de las preparaciones más singulares y desconocidas de la gastronomía aragonesa.
Si nunca has oído hablar de ella, estás a tiempo de remedirlo antes de que llegue el próximo invierno.
De dónde viene y por qué se llamaba medicina
El vino quemado nació en las Cinco Villas como tantas recetas tradicionales: de la necesidad y de lo que había. El vino tinto era abundante en la comarca, los frutos secos —pasas, higos, orejones— se conservaban bien durante el invierno, y el calor combinado del alcohol y el azúcar natural de la fruta generaba una bebida que los lugareños empezaron a usar para combatir el frío y aliviar ciertos malestares.
Su uso medicinal está documentado en Ejea de los Caballeros, donde se recetaba en casos de resfriado o como reconstituyente en épocas de frío intenso.
No era una receta de lujo ni de celebración. Era una receta de supervivencia invernal que con el tiempo se convirtió en tradición. Hoy el vino quemado sigue siendo una bebida de invierno —perfecta para las sobremesas navideñas, para acompañar polvorones y turrones, para los días en que el frío aprieta en las Cinco Villas— pero ha perdido casi por completo su dimensión medicinal. Lo que no ha perdido es su sabor ni su ritual de preparación.
Cómo se prepara: el ritual del fuego
La receta del vino quemado de Ejea es sencilla en ingredientes pero requiere atención en la elaboración. Se recomienda hacerla entre dos personas, precisamente porque uno de sus pasos centrales implica manejar fuego.
Se necesita un litro de vino tinto —a ser posible de una Denominación de Origen aragonesa, aunque cualquier tinto de calidad sirve—, una taza de pasas de Corinto —que aportan más dulzor que otras variedades—, una docena de higos secos, cuatro orejones de albaricoque y cuatro cucharadas de azúcar.
No más azúcar: los frutos secos ya endulzan la bebida de forma natural y el exceso arruinaría el equilibrio de sabores.
El proceso empieza calentando el vino en una olla grande sin que llegue a hervir. Una vez caliente, se retira del fuego y se prende con una cerilla o mechero: la llama azulada del alcohol es el momento más vistoso y más delicado de toda la preparación. Con el vino ardiendo, se incorporan las pasas, los higos cortados en mitades y los orejones también en trozos.
Se remueve con el cucharón más largo que haya en la cocina —para mantener distancia del fuego— y se deja arder durante cinco o seis minutos, tiempo suficiente para que el vino absorba todo el sabor y el dulzor de los frutos.
Para apagar la llama, basta con tapar la olla. El vino quemado está listo. Debe beberse muy caliente para disfrutar de toda su intensidad.
Las tres versiones aragonesas
Lo interesante del vino quemado es que no existe una sola receta. Como ocurre con la mayoría de las preparaciones tradicionales, cada localidad y cada comarca ha ido adaptando la receta a sus propios ingredientes y gustos.
En Ejea de los Caballeros está la versión original, la más austera y la más fiel a la receta de supervivencia invernal: solo vino, frutos secos y azúcar mínimo.
En Orés y Layana, también en las Cinco Villas y conocidas por sus farinosos, la receta se enriquece con canela, membrillo, manzanas y un chorrito de ron. Una versión más aromática y más festiva que incorpora sabores otoñales al conjunto.
En el Pirineo aragonés, la receta cambia de nombre y de ingredientes. Aquí se llama vino melado y se prepara sustituyendo el azúcar por miel —habitualmente miel del Pirineo— y añadiendo peras. El resultado es una bebida más suave y floral que la versión de las Cinco Villas, perfectamente adaptada a los sabores y los productos de la montaña aragonesa.
Por qué merece recuperarse
El vino quemado es exactamente el tipo de receta que está en peligro de desaparecer. No está en los restaurantes. No se vende embotellado. No tiene versión industrial. Existe en las casas de quienes la aprendieron de sus padres o abuelos en las Cinco Villas y en algunos rincones del Pirineo, y en las páginas de los recetarios locales que muy poca gente consulta.
Es también una receta que conecta a Aragón con una tradición mediterránea y centroeuropea de vinos calientes invernales —el Glühwein alemán, el vin chaud francés, el mulled wine inglés— pero con ingredientes y técnica propios. El fuego directo sobre el vino es un gesto que no tiene equivalente exacto en ninguna de esas tradiciones. Es, en ese sentido, genuinamente aragonés.
La próxima vez que el frío apriete y haya una botella de vino tinto en casa, merece la pena intentarlo. Los ingredientes son baratos, la receta es sencilla y el resultado es una bebida que huele a invierno aragonés desde el primer momento en que prende la llama.