Granizo, seguros que no cubren y sin temporeros: la campaña de la cereza de Calatayud en alerta
La campaña de la cereza de Calatayud y Aranda arrancó este año con las mejores perspectivas en mucho tiempo. Cosecha abundante, fruta prometedora, buenas previsiones de mercado.
Pero las últimas semanas han torcido ese escenario. Las tormentas y los episodios de granizo registrados desde principios de mayo están dejando consecuencias sobre el cultivo, con daños desiguales según la zona y la variedad.
Y el tiempo no es el único problema: los seguros agrarios que deberían cubrir esas pérdidas tienen franquicias de hasta el 60% que los hacen prácticamente inútiles, y la escasez de temporeros sigue agravándose cada año.
El granizo y la lluvia: daños desiguales según la zona
El primer frente es el meteorológico. Las lluvias persistentes y los episodios de granizo han alterado la evolución normal del cultivo, especialmente en las variedades más tempranas. El problema principal de la lluvia es el rajado: cuando la fruta ya está avanzada en su desarrollo, el exceso de humedad provoca que la cereza se agriete, lo que la hace invendible o reduce significativamente su valor comercial.
Los municipios más afectados hasta ahora son los de la zona más temprana: Ateca, La Vilueña, Sabiñán y El Frasno. En estas localidades la recolección ya ha comenzado o está a punto de comenzar, y son precisamente las que más han sufrido el impacto de las lluvias de las últimas semanas.
En cambio, en zonas con variedades más tardías los daños son menores por el momento. "El granizo perjudica tanto a variedades tempranas como tardías, pero la lluvia está haciendo más daño donde la cereza ya estaba avanzada", explicó Alberto Pérez, presidente de la Asociación para la Promoción de la Cereza de Calatayud y Aranda, en una entrevista en COPE Calatayud.
La recolección en Aranda y Calatayud no arrancará en serio hasta alrededor del 10 de junio, con el grueso de la campaña extendiéndose potencialmente hasta finales de julio, dependiendo de cómo evolucionen las temperaturas.
Las explotaciones que cuentan con mallas antigranizo han resistido mejor los episodios adversos. El problema es que instalar esa protección cuesta cerca de 30.000 euros por hectárea, una inversión que muy pocos productores pueden asumir y que hace imposible su implantación generalizada en una comarca donde predomina el minifundio.
Los seguros agrarios: franquicias del 60% que no protegen a nadie
El segundo frente es el que más indigna a los productores. Cuando el granizo o la lluvia destrozan una cosecha, el seguro agrario debería ser la red de seguridad. En la práctica, muchos agricultores de la zona descubren que esa red tiene agujeros enormes.
La primera son las franquicias elevadas: en el seguro frente al rajado por lluvia, la franquicia puede llegar hasta el 60% de las pérdidas. Eso significa que si un productor pierde 100.000 euros en cereza, el seguro solo cubre a partir de los primeros 60.000 euros sin compensación. En la práctica, muchos agricultores con pérdidas reales no reciben ninguna compensación porque sus daños no superan ese umbral.
La segunda razón son las coberturas limitadas que no se adaptan al valor económico real de la cereza, un cultivo de alto valor añadido pero también de alto riesgo climático. Pérez reclamó a las administraciones una revisión profunda del sistema asegurador para adaptarlo a la realidad del sector. Una demanda que los productores aragoneses llevan años repitiendo sin que haya llegado una respuesta satisfactoria.
La falta de temporeros: de 60 a 700 trabajadores en semanas
El tercer frente es el más estructural. La campaña de la cereza en Calatayud y Aranda requiere una cantidad de mano de obra que varía de forma radical a lo largo de pocas semanas. Según detalló en Cope Calatayud, en la explotación del propio Pérez, por ejemplo, el número de trabajadores puede pasar de unas 60 personas al inicio de la temporada hasta picos cercanos a las 700 durante el momento más intenso de la recolección.
Cubrir esa demanda cada año es más complicado. Pérez reconoció que la escasez de trabajadores temporeros es un problema recurrente que se agrava en cada campaña. Valoró positivamente la regularización de inmigrantes anunciada a nivel nacional como una medida que puede ayudar a paliar el problema, pero advirtió que la dificultad para encontrar mano de obra sigue siendo elevada y que la complejidad administrativa de las contrataciones añade una carga burocrática que muchos agricultores pequeños no pueden gestionar solos.
Es un problema que comparten prácticamente todos los cultivos de recolección intensiva en Aragón —melocotón, pera, manzana— pero que en la cereza se concentra de forma especialmente aguda por la brevedad del periodo de recolección y la necesidad de actuar con rapidez antes de que la fruta se pase.
La buena noticia: la IGP europea está más cerca que nunca
En medio de ese panorama complicado, Pérez avanzó una noticia que el sector lleva años esperando: la Indicación Geográfica Protegida (IGP) de la cereza de Calatayud y Aranda está en una fase avanzada de tramitación.
Actualmente se trabaja en la recopilación del pliego de condiciones que deberá remitirse primero al Gobierno de Aragón, después al Ministerio de Agricultura y finalmente a las instituciones europeas.
Si los plazos se cumplen, el sello de calidad podría comenzar a materializarse en menos de un año. Un reconocimiento que permitiría diferenciar el producto en el mercado, reforzar su identidad y potencialmente mejorar los precios que reciben los productores.
Una buena noticia que llega, eso sí, en medio de una campaña que tendrá que superar todavía varios obstáculos antes de que la cereza aragonesa llegue a las mesas de los consumidores.
