Trump inicia la demolición de la Casa Blanca para construir un salón de baile por 250 millones
El estruendo de maquinaria pesada ha tomado los jardines de la Casa Blanca y, según varias crónicas en Washington, lo hará durante meses. La Administración ha puesto en marcha un proyecto para dotar al complejo presidencial de un gran salón de actos —promocionado por Donald Trump como parte de su “legado”— con capacidad para alrededor de 900 invitados y un presupuesto que distintas informaciones sitúan en torno a los 200–250 millones de dólares, con financiación privada.
Qué se está construyendo
Los planes describen un nuevo espacio de gran formato, de estética clasicista, concebido como sede de banquetes de Estado, recepciones y actos culturales. El diseño corre a cargo del estudio McCrery Architects y la ejecución la asume Clark Construction, una de las grandes constructoras del país, según han publicado medios económicos y tecnológicos estadounidenses.
La nueva instalación se ha presentado como un “anexo separado sustancialmente” de la estructura histórica, aunque los trabajos visibles son más ambiciosos: varias piezas informativas hablan de derribos parciales en el entorno del Ala Este para levantar y conectar el nuevo volumen. Es un punto clave de la controversia: mientras organizaciones patrimoniales reclaman transparencia sobre el alcance real de la intervención, la Casa Blanca ha transmitido mensajes distintos en las últimas semanas sobre si habrá o no afección estructural al edificio original.
Quién paga y por qué ahora
La Casa Blanca sostiene que el proyecto no usará dinero público y que se costeará con donaciones privadas de grandes fortunes y empresas; la cifra total comunicada oscila, según las fuentes consultadas. En verano se anunciaron contratos y un cronograma de obra que sitúa el arranque en la segunda mitad de 2025. El argumento político de la Presidencia es doble: dotar al país de un espacio representativo “a la altura” de otras capitales y hacerlo sin cargar el presupuesto federal.
La Society of Architectural Historians (SAH) expresó “profunda preocupación” por la intervención y pidió a los organismos federales de planificación que aclaren el perímetro, los permisos y el cumplimiento de las normas de protección histórica. El foco está en tres frentes: si existe o no demolición del Ala Este, cómo se integra el nuevo salón con el conjunto protegido y qué precedentes sienta en términos de alteraciones futuras del complejo presidencial.
Lo pendiente de aclaración pasa por el grado exacto de demolición del Ala Este y la letra pequeña de las autorizaciones: mientras algunas informaciones hablan de “demolición parcial”, mensajes de la propia Casa Blanca han sostenido que “no se derribará nada”, lo que ha encendido el debate técnico y político en Washington.
Un proyecto que se politiza
Más allá de la arquitectura, el plan ya forma parte del discurso de Trump, que lo presenta como símbolo de “grandeza” nacional y continuidad de su sello personal en la residencia presidencial. Ese relato ha avivado la polémica en una ciudad especialmente sensible a cualquier modificación del conjunto histórico y al uso de donaciones privadas en obras de alto impacto simbólico.
