Opinión | Azcón gana y pierde a la vez... con un Vox crecido para pedir y condicionar; por Álvaro Sierra
España se derechiza a velocidad de crucero. La suma de PP y Vox supera holgadamente el 50%. El debate público se mueve en los marcos de la derecha. La izquierda pierde terreno, relato y confianza. En ese contexto, Azcón gana las elecciones, pero pierde margen. Y Vox, sin gobernar, gana poder.
Los electores aragoneses han vuelto a situar al Partido Popular como primera fuerza, pero el resultado deja un regusto amargo que Jorge Azcón no puede disimular. Gana las elecciones, sí, pero pierde el objetivo que justificó el adelanto electoral: ser más fuerte. Forzó las urnas para librarse de la dependencia de Vox y sale de ellas más atado que antes. Gobernar tras provocar elecciones anticipadas sin crecer —y, además, perdiendo diputados— no es una victoria política: es un error de cálculo.
Azcón partía de 28 escaños y desciende a 26. Lejos queda el techo histórico del PP en Aragón, los 30 diputados de 2011. Lejos queda también la promesa implícita de estabilidad, presupuestos y fortaleza institucional. El resultado no desbloquea nada: refuerza a Vox y convierte a Alejandro Nolasco en un socio más exigente, más caro y más consciente de su poder. Aragón no gana estabilidad; gana incertidumbre negociada.
La paradozón es evidente: el PP resiste, pero no despega. Y resistencia no era lo que se vendía. Aragón iba a ser la demostración de fuerza del PP en el ciclo anti-Sánchez. Ha terminado siendo un aviso serio para Génova. El problema del PP no es que Vox exista —eso es una obviedad—, sino que no consigue absorber el descontento ni capitalizar el hundimiento del PSOE. La extrema derecha sigue creciendo, marcando agenda, ensanchando su espacio. El PP, en cambio, aparece atrapado entre expectativas infladas y una realidad que no acompaña.
Porque si algo deja claro esta noche electoral es que Vox gana incluso cuando no gobierna. Duplica sus escaños prácticamente sin hacer nada extraordinario, sin asumir desgaste institucional y con la certeza de que el miedo a la ultraderecha ya no moviliza como antes. Vox no necesita demostrar gestión; le basta con esperar, señalar y exigir. Y ahora tiene margen para hacerlo. Mucho.
En el otro lado del tablero, el PSOE firma una noche aún más dura. Pilar Alegría no ha logrado movilizar a su electorado ni romper la identificación directa con la Moncloa. La estrategia de Pedro Sánchez de enviar a ministros a disputar autonomías vuelve a fracasar. Aragón no es una excepción: es una confirmación. El socialismo aragonés paga la mochila de una propuesta de financiación autonómica mal explicada, el desgaste nacional y la sensación de subordinación a los tiempos e intereses del presidente.
Pero en Ferraz nadie golpeará la aldaba. Las autonómicas importan poco cuando el objetivo es resistir hasta 2027. El PSOE se derrumba en Aragón, pero el sanchismo sigue intacto. El precio es conocido: laminar estructuras territoriales para ganar oxígeno en La Moncloa. Puede servir a Sánchez; no sirve a Aragón.
Las elecciones dejan, además, un mapa político profundamente alterado. Chunta Aragonesista capitaliza el aragonesismo, el descontento con Madrid y la fragmentación de la izquierda. Desaparecen el PAR, histórico en la Comunidad, y Podemos, que llegó a tener una presencia decisiva en las Cortes. El bipartidismo se resiente, pero no por un auge del centro, sino por la presión desde los extremos.
Como ya ocurrió en Extremadura, Aragón confirma una tendencia preocupante: los discursos nacionales de PP y PSOE alimentan el crecimiento de Vox a costa de la estabilidad autonómica. Feijóo deberá revisar su estrategia ante un Abascal en auge. Y Azcón deberá decidir si quiere ser presidente… o rehén.
España se derechiza a velocidad de crucero. La suma de PP y Vox supera holgadamente el 50%. El debate público se mueve en los marcos de la derecha. La izquierda pierde terreno, relato y confianza. En ese contexto, Azcón gana las elecciones, pero pierde margen. Y Vox, sin gobernar, gana poder.
Aragón entra ahora en la fase decisiva: la de los pactos. Y ahí se verá si los partidos están a la altura de una Comunidad con grandes expectativas económicas, sociales y culturales… o si la noche electoral fue solo el prólogo de una legislatura condicionada desde el primer día.