Es el 'ave fénix del Pirineo': el característico pueblo de Aragón que volvió a la vida
Este pueblo del Pirineo aragonés que fue desalojado por un embalse, ha resurgido gracias al esfuerzo vecinal y hoy es un ejemplo de recuperación rural y dinamismo cultural.
Lanuza, una pequeña pedanía oscense en el Valle de Tena, representa como pocas localidades la capacidad de resistencia y renacimiento del medio rural. Este núcleo del Pirineo aragonés, que llegó a ser abandonado por completo a finales del siglo XX, ha logrado lo que parecía imposible: resurgir, mantener su identidad y convertirse en un referente de revitalización en pleno entorno natural.
UNA HISTORIA DE DESPOBLACIÓN Y RESILIENCIA
Los orígenes de Lanuza se remontan al siglo XIII, aunque fue en el siglo XV cuando hay constancia de que estaba formado por unas 20 casas. Tradicionalmente ligado a la ganadería, el pueblo tuvo también un peso político significativo en la Corona de Aragón, al ser cuna de hasta nueve “justicias”, figuras encargadas de velar por los derechos del pueblo frente al poder real.
Como ocurrió en otros muchos puntos del Pirineo, la dura vida rural provocó a lo largo del siglo XX una progresiva despoblación. De los casi 300 habitantes que llegó a tener en 1842, la cifra se redujo a menos de la mitad un siglo después.
El golpe definitivo llegó con la construcción del embalse de Lanuza, aprobado en los años setenta. Entre 1976 y 1978, los vecinos abandonaron el pueblo tras vender sus propiedades, en muchos casos a precios irrisorios. En 1980, las aguas del río Gállego inundaron gran parte del término municipal. Sin embargo, una parte del caserío quedó a salvo de la lámina de agua, aunque sufrió actos de saqueo y abandono.
A pesar de ello, a principios de los años 2000, un pequeño grupo de antiguos vecinos decidió impulsar la recuperación de su pueblo. De forma autodidacta y con recursos propios, comenzaron a reconstruir sus viviendas y devolver la vida al lugar donde habían crecido.
TURISMO, CULTURA Y VIDA RURAL
Lanuza se presenta hoy como un destino turístico singular. Con menos de 50 habitantes censados, su población se incrementa notablemente durante los fines de semana, puentes y temporada estival gracias a las casas rurales y alojamientos impulsados por los propios vecinos.
El aspecto del pueblo es el de una postal: casas de piedra, tejados de pizarra, flores en los balcones y vistas panorámicas al embalse. Su patrimonio histórico incluye la iglesia del Salvador, del siglo XIX, erigida sobre restos románicos y que conserva un relicario de plata de 1557 con los restos de Santa Quiteria, patrona local.
Uno de los principales motores de su revitalización ha sido el Festival Internacional de las Culturas Pirineos Sur, que se celebra desde 1994. Conciertos y actividades culturales tienen lugar en un anfiteatro con capacidad para 5.500 personas construido junto al embalse. Un escenario flotante sobre el agua acoge cada verano artistas de renombre nacional e internacional. En su edición de 2025, entre el 10 y el 27 de julio, contará con nombres como Ben Harper, Julieta Venegas, Ara Malikian o Natalia Lafourcade.

