La frase que sonó con fuerza en el funeral de Jorge y Natalia en Santa Engracia
“Aprovecharon su tiempo al máximo”. La frase, repetida como un hilo conductor entre bancos y pasillos, quedó suspendida este sábado en la basílica de Santa Engracia.
No fue un eslogan ni una consigna: fue la manera más sencilla que encontró Zaragoza para resumir una despedida imposible, la de Jorge García-Dihinx y Natalia Román, fallecidos el lunes 29 tras quedar atrapados por un alud mientras practicaban esquí de montaña en el pico Tablato, en Panticosa (Huesca).
Dentro, el templo se quedó pequeño. Fuera, en la plaza, decenas de personas siguieron el oficio sin poder acceder, como ocurre cuando una ciudad entera decide acudir al mismo lugar a la misma hora.
El funeral se convirtió en un acto multitudinario no solo por la cercanía familiar y profesional, sino por la dimensión pública que había adquirido Jorge: pediatra de 55 años en el Hospital San Jorge de Huesca, divulgador y rostro muy reconocido en redes entre quienes viven la montaña con devoción.
Jorge y Natalia no eran nombres anónimos en ese mundo. Quienes los conocieron los describen como montañeros expertos, prudentes, metódicos. Y aun así, la montaña —esa que también enseña humildad— les sorprendió. En el mismo alud perdió la vida Eneko Arrastua Barbado, de 48 años y vecino de Irun, recordado también durante la ceremonia.
La escena, por momentos, tuvo dos funerales en paralelo: el íntimo y el colectivo. El primero, el de quienes compartieron mesa, guardias, expediciones y silencios. El segundo, el de quienes solo los “conocían” por una pantalla. Jorge, especialmente activo en redes, había construido una comunidad fiel con publicaciones vinculadas al deporte de montaña, la meteorología y la divulgación.
En los días previos, muchos de esos seguidores se aferraron a mensajes antiguos que hoy suenan a despedida involuntaria: reflexiones sobre el tiempo, la vida y la intensidad con la que se habita cada jornada.
En Santa Engracia, ese vínculo digital se volvió físico. Hubo presencia de autoridades, pero el peso de la mañana lo sostuvo la gente: compañeros de bata, aficionados al esquí de travesía, amigos de cordada, vecinos y ciudadanos que acudieron movidos por una mezcla de conmoción y respeto.
El alud del Tablato deja una evidencia incómoda que el mundo montañero repite desde siempre: la experiencia no inmuniza. Reduce riesgos, ayuda a leer el terreno, pero no elimina lo imprevisible. Por eso, más allá del dolor, la despedida de este sábado también fue un recordatorio —sin moralina— de lo frágil que puede ser el equilibrio en alta montaña.
Cuando el oficio terminó y la plaza empezó a vaciarse, la frase volvió a aparecer en conversaciones sueltas, en abrazos, en miradas: “Aprovecharon su tiempo al máximo”. No como consuelo fácil, sino como la forma más humana de nombrar lo que queda cuando ya no quedan palabras.